Afrodita – Alfonso Cortés

Cuando, ante el rojo grita de la aurora,
calló el silencio de la noche, vino
sobre el mar la celeste Pecadora.

En ella había todo don divino,
y he aquí que al verla, los distantes astros
detuvieron a un tiempo su camino,

los dioses, cual lobos, tras sus rastros,
disputaban a eternas dentelladas
sus rosas de sagrados alabastros;

y ella, con el poder de sus miradas,
sin inquietarla el Bien y el Mal apenas,
hacía arder olímpicas ilíadas…

—Venus, tú eres la mar porque en tus venas
eternas ondas van; tú eres la Vida
y la Helena inmortal de las helenas.

Tú eres la mar, y de la mar nacida
yo sé que tus cabellos aun son algas
y que, sobre tu vientre, el adanida

es frágil barco; sé que tú cabalgas
el planeta, y que son maravillosas
las dos valvas de nácar de tus nalgas;

que tus orejas son conchas preciosas,
y en tu nariz un caracol labrado
abre sus dos ventanas misteriosas.

Desde la nívea frente hasta el rosado
pulgar del pie, se ve un temblor sonoro
como en un mar de mármol agitado.

Tú eres la llave de esencial tesoro,
y tú echaste a rodar al pavimento
de los abismos la manzana de oro.

Tú eres la Comunión del pensamiento,
la verídica Hipótesis del alma,
la Música de Dios, el Movimiento

de la Creación, Luz de los astros, Palma
de la Verdad, Hora perenne, Fruto
del Árbol sin raíz, Boca que ensalma

a lo Infinito, Don cuyo atributo
sacia a la Eternidad, sueño existente…
¡oh, Venus, Venus… Cosmos! ¡Absoluto!

Yo te veo venir sobre el potente
tumulto de las olas primordiales
a tu misma belleza indiferente.

Saltas del tiempo sobre los umbrales,
casta al amor, impúdica al deseo,
y llena toda de ti misma. Sales

desnuda y clara como un grito. El feo
mirar del caos fugitivo y triste,
no te avergüenza ni te asombra. Veo

cómo a tu desnudez tu forma viste
y cómo tu alma crece en cada cosa,
porque tu traje es todo lo que existe.

Yo te veo, celeste mariposa
del corazón en flor, que entre las ramas
del Árbol de la Vida, victoriosa

vuelas, como los vientos y las llamas
libre a la ley de afectos que te norma
porque siendo de todos a nadie amas.

Y Dios, cuyo deseo se conforma
con tus actos, sonándote en palabras,
le dio a la Vida el alma de tu forma.

Y dándote sus llaves, para que abras
las puertas del infinito a la existencia,
te hizo la sola ruta de sus abras…

Y te dijo: —El amor es la experiencia
de lo ignorado; tómalo y camina:
Yo soy la luz y tú eres mi conciencia.

Si estás entre los hombres, adivina
mi secreta intención, pues en mis planes
la maldad de los hombres es divina.

No te acuerdes de nada. A tus afanes
no les ha dado origen lo que ha sido,
y después de cruzarlo capitanes

y marinos, el mar cierra atrevido
su boquerón, pues por instinto sabe
que está hecho de recuerdos el olvido.

La flor, la nube, la ilusión y el ave
den motivo a tus sueños, y comprende
que es dulce el beso cuando el alma es grave.

Dale la mano a todo lo que asciende
y los brazos a todo lo que aspira,
que en cada ser un corazón se prende

en ansias de tu amor. El Orbe gira
y el azar es un místico proceso
en que, lo mismo el canto de la lira

que la roca, el dolor, la luz o el beso,
todo tiene alas, pues para los cielos
las alas de la piedra son su peso.

¡Oh!, los vuelos efímeros, los vuelos
de la necesidad siempre en zozobra
sobre el mar de mis íntimos anhelos.

Un comentario en “Afrodita – Alfonso Cortés”

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