Me llevan al éxtasis sus labios locuaces de taclo de rosa
que el alma derriten y sirven de umbral a una boca
que el néctar empapa y aquellas pupilas que relampaguean
bajo negras cejas — son trampas y redes para mis entrañas—
sus muy bellos pechos de láctea blancura, un par armonioso
que llama al deseo y más placenteros que cualquier capullo...
Pero... ¿a santo de qué muestro el hueso a los perros? Moraleja
de una boca sin puerta son las cañas de Midas.