En el velador de la residencia,
la mariposa blanca
y los cabellos blancos de mi abuela.
Mi abuela.
Con sus 91 años recién cumplidos,
apoyada en su bastón,
se queja porque esto está lleno de viejos con bastón.
Y se mira los ríos de las manos
y no le teme al mar.
¿Quién se ha posado sobre quién?
(De Balkánica, Torremozas, 2018)
Archivo de la categoría: Premio Adonáis
El mendigo – Francisco Brines
Extraño, en esta noche, he recordado
una borrada imagen. El mendigo
de mi niñez, de rostro hirsuto, torna
desde otro mundo su mirada dura.
Llegaba al mediodía, y un gruñido
de animal viejo le anunciaba. (Toda
la casa estaba abierta, y el verano
llegaba de la mar.) Andaba el niño
con temor a la puerta, y en su mano
depositaba una moneda. Era
hosca la voz, los ojos fríos de odio,
y sentía un gran miedo al acercarme,
la piedad disipada. Violenta
la muerte me rondaba con su sombra.
Sólo después, al ver a los mayores
hablar indiferentes, ya de vuelta,
se serenaba el pecho. Me quedaba
cerca de la ventana, y frente al mar
recordaba las sombrías historias.
Esta noche, pasado tanto tiempo,
su presencia terrible y misteriosa
me ha desvelado el sueño. Ningún daño
he sufrido de aquella voluntad,
y el hombre ya habrá muerto, miserable
como vivió. Aquellos años, otros
muchos mendigos iban por las casas
del pueblo. Todos, sin venganza, yacen.
Los extinguió el olvido. Vagas, rotas,
surgen sus sombras; la memoria turba
un reino frío y solitario y vasto.
Poderosos, ahora me devuelven
la mísera limosna: la piedad
que el hombre, cada día, necesita
para seguir viviendo. Y aquel miedo
que de niño sentí, remuerde ahora
mi vida, su fracaso: un anciano
me miraba con ojos inocentes.
Agua limpia – Jesús Bernal
Veo saltar el agua entre los musgos
y las piedras lamidas.
Escucho en el silencio de las frondas
su promesa vibrante
y su respiración.
Ha quebrantado
cavernas de granito; amasó el lodo
de las profundidades.
Fue ascendiendo hasta ser esta agua limpia
que nace de la roca.
Victoria Menor- Luis Escavy
En el final no encontrarás el miedo
y tampoco la euforia, que lo encubre
con sus falsos desfiles de entereza,
sino un dolor sereno y victorioso.
Agua – Nuria Ortega Riba
OJALÁ ser agua
solo agua
y no llamarme Nuria
sino agua
Capgras- María Paz Otero
UN rostro sin efecto no es un rostro.
Una madre sin amor no es una madre, es una extraña.
Pero el dolor de la madre sí existe y yo lo veo:
se multiplica y se expande, se traga la luz,
nos arrastra.
En la penumbra él la mira, pero no la reconoce,
y a pesar del sufrimiento trata al rostro
incierto con cuidado. Lo interroga,
intenta comprender lo inexplicable.
La extrañeza: una grieta imperceptible, un sendero,
y al final sus ojos azules, agotados,
cálidos como nidos y profundos.
Meditación en el umbral – Juan Herrero Diéguez
COMO quien va tirando de un hilo sin saber
a dónde le conduce,
te has quedado a mirar los negativos
del día que bajasteis unos cuantos
a bañaros al río sin permiso.
Los padres no querían que salierais
a explorar los caminos, pero claro:
el peligro, los límites.
Circulaban entonces las leyendas
de niños que jamás
volvieron al calor de sus hogares,
pero nadie sabía de quien eran,
ni cuál era su calle y os decían
que era imposible ver desde la presa
la negrura del fondo.
La oscuridad enseña a no burlarse
de lo desconocido, pero ¿Cuál
sería el precio entonces? ¿Qué darías
a cambio de saber lo que hay debajo?
Cuando yo aún soy la vida – Francisco Brines
La vida me rodea, como en aquellos años
ya perdidos, con el mismo esplendor
de un mundo eterno. La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los huertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida.
Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,
y un amor fatigado.
¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
y amar, mientras se agota el corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.
Amar el sueño roto de la vida
y, aunque no pudo ser, no maldecir
aquel antiguo engaño de lo eterno.
Y el pecho se consuela, porque sabe
que el mundo pudo ser una bella verdad.
Perdedores – Ana Merino
Perdedores, este desierto es un espejismo
por donde la luz de los sueños
va filtrando extrañas sensaciones,
soplos de viento que a veces se confunden
con la vida anhelada de los vaqueros solitarios.
Este lugar es el que eligieron los legendarios pioneros
que creían en Dios a su manera, por eso forjaron el oeste
con lentos carromatos y familias resignadas,
caminos llenos de piedras, rutas que luego se abrirían
a las veloces diligencias y a los trenes de vapor.
Horizonte de aves carroñeras y graznidos,
remolino de polvo, ladridos que hacen eco,
cansancio que relincha y se siente desgraciado
y se moja los labios en el abrevadero
y nota las espuelas clavarse en el costado.
Perdedores que compartís la derrota,
esa señal de vuestra estirpe que siempre os encarcela,
ese abismo de ingenuidad malvada, de celos acuchillados
y ataques grises de ira sin sentido que os convierten
en serpiente de cascabel temblando sobre la tierra.
Vuestras armas se encasquillan, vuestros planes se desbaratan;
el infinito es polvo seco de fracaso,
la vida un desaliento rabioso parecido a las pataletas infantiles,
que a veces explosionan con gritos y llantinas
cuando ya está todo perdido.
La escenografía desgraciada de los niños que quieren
complacer a su madre, demostrar que son hombres
con alma de bandidos;
demostrar que podrían llevarse todo el oro de los bancos,
para luego esconderlo en un lugar secreto.
Decorados de cartón piedra
para los hermanos malos que son crédulos
y quieren ser invencibles gigantes
y creen en los poderes de la magia invisible
que habita en un simple sombrero.
Hermanos fracasados que mastican derrotas
pero no se arrepienten ni se cansan,
y están siempre tramando ese golpe maestro,
impregnado en un sueño con pésimas ideas
y errores repetidos como una melodía de días circulares.
Paisaje de meseta – Jesús Bernal
He bajado a la fuente tras la lluvia
para dar un paseo.
Salpicado de charcos, el camino
serpentea entre encinas.
Oigo cantar
las últimas cigarras y contemplo
en la linde del muro
unas flores menudas y anodinas
cuyo nombre no sé.
Pienso que todo es pobre en esta tierra.
Apreciar su hermosura nos exige
cierta disposición de la mirada.
En su vulgaridad, este paisaje
de algún modo es perfecto
para quien lo examina sin premura,
hermoso pese a ser
tan sencillo y humilde
como estas flores cuyo nombre ignoro.
