Archivo de la categoría: Premio Adonáis

Génesis – Sergio Navarro Ramírez

LOS novios se aman en su oscuridad,
solo suya, la noche de este mundo.
Les fue entregado el día en el altar
como un regalo que gozaron, prósperos
en la felicidad, hasta agotarse.
El cansancio provoca la torpeza
cariñosa con la que se desnudan,
y la piel queda como tierra abierta
donde desciende una respiración
que trae consigo primavera y lluvia.
Atrás quedan las horas solitarias,
como fragmentos de un momento pleno
que reúne por fin una presencia.

Ahora culmina tanta espera, ya,
hundidas las barreras de la carne,
los cuerpos confundidos en las sombras,
mientras celebran el advenimiento
de la tan anhelada compañía.
Ella le siente respirar, cernirse
sobre su cuerpo de tiniebla y agua.
Él fluctúa, mecido sobre un mar
que se estremece.

EL LENGUAJE DEL AGUA – Carmen María López

LA piedad está en la lluvia: si la miras
despacio, si detienes relojes
del mundo y solo miras esta lluvia,
esta que cae ahora, arrecia y barre
la vida con su canto humedecido,
esta que lava en su misericordia
la herrumbre de las cosas,
esta que habla el lenguaje de los muertos
y te dice palabras y al decirlas
orea el aire vivo y nutre de agua la tierra,
esta que huele a luz recién nacida
y es hermosa cayendo, hermosa y vertical…

La piedad está en la lluvia.
La piedad es el lenguaje del agua.

Por qué – María Elvira Lacaci

Tú pudiste evitar
que me rasgara el alma
en los alambres
espinados y puestos por los hombres.
Yo bien te pregunté
si tras aquella senda——en apariencia clara——
habría noche para los sentidos. Y noche para ti. A ti te alcanza.
Tú nada respondiste. Yo creí que asentías.
Caminé
poniendo mucha luz en las pupilas.
Caminé... Tú pudiste evitarlo. Tú veías... Lo veías, Señor.
Y, lo mismo que ahora,
jugaste con el brillo
de una estrella asustada y fugacísima.
Y me dejaste ir. Pisar. Hundirme.
Pero aun así
siento que yo te lato
en la divina arteria de tu Esencia (los humanos decimos corazón).
Aun así
ciegamente confío
en esa muda voz que te reclamo.
Sólo digo a menudo:
«No comprendo..., no sé. ¡Porque Tú podías!»

La mariposa blanca – Martha Asunción Alonso

En el velador de la residencia,
la mariposa blanca
y los cabellos blancos de mi abuela.

Mi abuela.

Con sus 91 años recién cumplidos,
apoyada en su bastón,
se queja porque esto está lleno de viejos con bastón.

Y se mira los ríos de las manos
y no le teme al mar.

¿Quién se ha posado sobre quién?

(De Balkánica, Torremozas, 2018)

El mendigo – Francisco Brines

Extraño, en esta noche, he recordado
una borrada imagen. El mendigo
de mi niñez, de rostro hirsuto, torna
desde otro mundo su mirada dura.
Llegaba al mediodía, y un gruñido
de animal viejo le anunciaba. (Toda
la casa estaba abierta, y el verano
llegaba de la mar.) Andaba el niño
con temor a la puerta, y en su mano
depositaba una moneda. Era
hosca la voz, los ojos fríos de odio,
y sentía un gran miedo al acercarme,
la piedad disipada. Violenta
la muerte me rondaba con su sombra.
Sólo después, al ver a los mayores
hablar indiferentes, ya de vuelta,
se serenaba el pecho. Me quedaba
cerca de la ventana, y frente al mar
recordaba las sombrías historias.

Esta noche, pasado tanto tiempo,
su presencia terrible y misteriosa
me ha desvelado el sueño. Ningún daño
he sufrido de aquella voluntad,
y el hombre ya habrá muerto, miserable
como vivió. Aquellos años, otros
muchos mendigos iban por las casas
del pueblo. Todos, sin venganza, yacen.
Los extinguió el olvido. Vagas, rotas,
surgen sus sombras; la memoria turba
un reino frío y solitario y vasto.
Poderosos, ahora me devuelven
la mísera limosna: la piedad
que el hombre, cada día, necesita
para seguir viviendo. Y aquel miedo
que de niño sentí, remuerde ahora
mi vida, su fracaso: un anciano
me miraba con ojos inocentes.

Capgras- María Paz Otero

UN rostro sin efecto no es un rostro.
Una madre sin amor no es una madre, es una extraña.
Pero el dolor de la madre sí existe y yo lo veo:
se multiplica y se expande, se traga la luz,
nos arrastra.
En la penumbra él la mira, pero no la reconoce,
y a pesar del sufrimiento trata al rostro
incierto con cuidado. Lo interroga,
intenta comprender lo inexplicable.
La extrañeza: una grieta imperceptible, un sendero,
y al final sus ojos azules, agotados, 
cálidos como nidos y profundos.

Meditación en el umbral – Juan Herrero Diéguez

COMO quien va tirando de un hilo sin saber
a dónde le conduce,
te has quedado a mirar los negativos
del día que bajasteis unos cuantos
a bañaros al río sin permiso.

Los padres no querían que salierais 
a explorar los caminos, pero claro:
el peligro, los límites.

Circulaban entonces las leyendas
de niños que jamás
volvieron al calor de sus hogares,
pero nadie sabía de quien eran,
ni cuál era su calle y os decían
que era imposible ver desde la presa
la negrura del fondo.

La oscuridad enseña a no burlarse
de lo desconocido, pero ¿Cuál 
sería el precio entonces? ¿Qué darías
a cambio de saber lo que hay debajo?