Archivo de la categoría: Poesía Ecuatoriana

Canción para una muchacha de ojos verdes – César Dávila Andrade

Mujer de ojos verdes, como el recuerdo dulce de la vida campestre.
Arbolillos de leche tiemblan en tu retina
junto a islas de verde sustancia evaporada.

El más pálido aire, reverdece a tu paso;
como un libro de alfombras y nardos deshojados;
como un ángel desnudo en un claro del bosque ;
como el color muriente que atraviesan los nómades...

Tú, en las manos que imploran, al caer, con los náufragos;
en las alas que arrastran los sauces caminantes;
en el sulfato ileso del océano amargo ,
en la albúmina tierna que roen las cigarras;
en el ramo erizado que abrazan las novicias
muriendo como lirios, en soledad de sexo...

Tú en el agua viajera, redonda como el mundo,
en el éxtasis breve de la hierba naciente.

Suavidad en la escala más tierna del Domingo.
Ligera como un ala de menta en las falanges.
Ligera como el hoyo de un nido en los manzanos.

Vaporosa nodriza de una cuna de tréboles,
ala de margarita que retoña las hadas...

Tu mirada es la infancia del color de la tierra.
El camino de azúcar que abre la primavera,
con una cuadrilla exacta de golondrinas ágiles
en la clara materia que alimenta los campos...

El practicismo – Ileana Espinel

El practicismo práctico sugiere que me case
con un buen comerciante,
porque así dejaré de recibir suspiros
y de dar recitales...

El practicismo práctico alega que no puedo
vivir sólo de versos.
Que necesario es pasar donosamente
y dejar manjares
y no frijoles secos...

Mi madre de mi alma
está de acuerdo en esto.
Y lo mismo mi abuela,
mi tía,
mi cuñado,
mis dos lindos hermanos
y todos los amigos de mi querida gente...

De la raíz más honda del practicismo, brota:
“¡Illeana, un comerciante...! Un comerciante, Illeana.”

Pero Illeana,
la tonta,
la lírica,
la loca,
se casa
—si se casa—
con un poeta pobre.

(De Piezas líricas, 1957)

Agonías de un caribú – Alfredo Gangotena

Bajo el paso incierto y vegetal de angustia,
Levanto el polvo de la nada.
Toda pupila emerge
en esta soledad suspensa,
Toda concentración oscura,
En violencia tal
De hacinamiento y llama pura entre las rocas.

La luna atenta y circundada
A su vez aclara
Aquel espacio de su prenda
Fluente y nemoroso.
Atormentados cascos van a mengua
Redoblando el eco
En mil contornos de la estéril claridad polar.

Único en sí repercute el gemido entre la fronda
De un balido incauto.
Ventajas cruentas de la selva:
Desvalidos pasos del garañón herido
Que ya en las turbias aguas del escajo su condición aplaca
Su pesar consume.
Yacentes ojos a su propia luz ocultos
Bajo el ámbito nocturno de este vuelo.

Ver adentro, el cazador también escucha
El retiro alado de tanta lejanía inclusa.
Y en murmullos que la brisa asume, cuanto más cercanos, se acrecienta el rocío de las fieras.

A aquellas cuencas vuelvo, al conjunto aquél,
Saturado y tenso,
De fragancia y brotes.
Los continuos árboles
De vertical sustento, de fiero embate,
Allí persisten
Como la postrera vibración del aire.

Tantas voces en el eco. ¡Oh luna te reflejas en mi mente!
Como el ave en las alturas de su vuelo contenida,
Tan solo aún, Noche mía, voy en ti, tan duro de distancias.
La pradera de tierno espacio en tanto me recibe,
Que en jugos desbordantes de los aires resplandece.

¿Mas, volverá el cedeño pasto
a brotar de luces?
De lo remoto el ciervo acude
A tal empeño de este clamor vedado.

Carta a mí misma – Ana María Iza

¿Recuerdas
cuando era el teléfono un pájaro
cantando en el alambre... ?

Nunca creíste
que sólo se trataba de un vil artefacto.

Eras insoportable.
Por eso hasta quisiste un lunes
regalarte.

Tenías la mirada llena de barcos.
Dabas de comer
a los perros del parque
y te sabías de memoria el número
de árboles,
a fuerza de ser viento,
de ser hoja,
de husmear
no sé qué estrella entre las ramas.

Eras
un raro espécimen,
una degeneración futura,
un grifo siempre yéndose,
ya ni sé qué decirte,
eras
algo bastante feo que me gustaba.

Te pregunto,
por preguntarte,
porque sí,
porque llueve
y algún entremetido te ha empujado:
¿Qué harías si te dejara libre,
si de un manotón quitara la montaña ...?

De ley
irías a refugiarte en la ternura,
a estrellarte en el borde de un retrato.
A escabar en el suelo un sucio anillo
del que nacieron rosas,
lombrices,
telarañas.

Tú,
siempre serás tú.

No habrá abracadabra que te cambie.
No habrá

reencarnación que te libre del lodo de los sueños.
No habrá forma
de librarse de ti
ni estrangulándote.

Oye:
no vayas
a suicidarte.
Me es indispensable tu presencia:
triste,
desafiante.

Terminada en punta
-como una hoja-
detrás de la ventana.

Tempestad secreta II – Alfredo Gangotena

¡Abrid de juntas, de par en par las puertas,
Y las alas tiernas del encuentro, abridlas!
De llegada me sorprenden tu latido,
Las urgencias consabidas de la noche.

¡Oh mundo, cuán cargado está mi pecho!
¡Ay! tan corto voy de brazos,
¡Corto y lento en poquedad de mis primicias,
Poquedad de las miradas!

Ni lámparas en zaguanes,
Ni las flores en su asunto.
¡Qué ceñiglos, qué albañales!
Daos prisa de esponsales, dadme al punto
Acicalada de umbrales la morada,
Las delicias de encontrarla
Toda adentro de jardines y rumores.

No hay pregón de luz que la compare.
Ya se cumplen las edades.
En las huellas de su paso reverberan los leones;
Ya sus senos encendidos me circundan de inmanencia.
¡Heredad tan seca, oh tienda de desierto!
Acudid, vosotros todos los del soto, con palmeras y cristales,
Con la fiebre de los ojos y otras tantas claridades.

¡Oh ímpetu total de ansias
En los senos temblorosos de la espera!
Las manos agobiadas a expensas de este peso duro de los montes.
Vedme el pecho jadeante,
Y la boca en su premura.
Cerrado bosque, atiende unánime al sol de mi llamada,
Como un solo golpe de alas.
El velamen se acrecienta
Y alza vuelos en mi sangre.
A sien de muros el cortinaje oscuro de la estancia
Tal se empaña en los alientos
De un sudor sanguinolento.
Altas horas de este mundo,
Dadme aviso: ¿Cuánto llega?
Vuestro péndulo mortal de movimiento
Únicamente late en la cavidad de mis latidos.

Con rojo mirar de sentimiento,
A poco, la veréis:
Bajo el indijado manto de sus párpados,
En la oculta transparencia de los muros.
Dadme esfuerzo.
¡Ya en la sed de los ijares
Un derrame tan profundo
De estos senos!
Y aquel rayo de los altos,
Desnudo y devorante como el tiempo, de parte en parte me atraviesa.

¡Perdí, en ascuas, cuánta imagen de la vista?
Y las puentes alabadas;
Grandes plazas y caminos, los cerrojos;
En gonces de alas, las puertas entornadas.
¡Oh quejido de mis ansias!
¡Qué profundidad de soplo!
Adentro, tan adentro, me sorprendes, me das caza.
El mundo está a la mira, la noche en vela,
Y el espíritu
Desatado en los arrecios, Adorada, de tu cuerpo.

¡Sobrada noche de cuita y menester!
¡Oh secretos esponsales de este sumo conocer!
Ni la sal de mis heridas,
Ni entrañas éstas como pulso de sangre de otras lágrimas,
Nada queda de poder si hoy aliño mis enojos:

¡Abridme a vida las puertas, los portales,
Cuantos lechos,
Los holanes!
¡Dadme aliento!
Es de cena la holganza:
Ya en mi cauce, a grandes vasos,
Se desborda, a plena fuente,
Tan adentro,
La inaudita, deseada,
Sangre viva de la Amada.

Los amotinados – Alfredo Gangotena

¡Ah, risa loca!
¿Henos aquí tus compañeros
Ilustres en la ciudad de los políperos?
¡Dispara y modela la línea de nuestra muerte!
Anda, corre y toma entre los astros tu noble impulso.
¡La tierra para nosotros!  ¡Y en nuestra angustia
Más bien el cieno de los cerdos
Que el hueso que flota
Como leño podrido del alud!
Escucha cómo, avarienta, la oreja ronca,
Encenegada, después de los calados.
Pero cuídate, sostén de nuestro amor:
Los perros que te rodean
Sabremos allanar los caos y los letargos.
¡Ya la uña se aguza en el viento de altamar!

El cinto y el carbúnculo en la muchedumbre,
¡El anillo constrictor para extenuarte!
Basta de palabras de embrujo
Y del filtro que extraemos de nosotros mismos.
¡Ah! ¡Qué bien se vacía el odre de la sierpe
En el artificio de tus canciones!

La mariposa negra – Antonio Preciado

La mariposa negra
vino temprano.
Llegó la misma noche
y se fue volando.

¡Ah, niño, si algún lucero
llenara de luz tu cuarto!...

La muerte viene cerrando
una sombra que te alcanza.
Ves, niño, la mariposa
te abrió sus alas.

¡Ah la lumbre de un lucero
en el filo de tu cama!...

Pero, ya ves, los luceros
crecen a mucha distancia, 
y tendríamos que andar
abismos para alcanzarla.

¡Ay, niño, la mariposa
hacía tiempo te buscaba!...

Sabana de injusticia – Ana María Iza

Quemó sus naves timbró su hora de salida sin retro sin retroacción sin disyuntivas A veces se prolongan los restos del naufragio sin un negocio de baratijas Si todas las mujeres vendieran y compraran otro gallo cantaría la cartilla De todos modos las gardenias marcan sus hitos entre las cordilleras de la sabana de la injusticia Verídica la sal pis0teada por impúdicas leoninas El hielo taladre sus talones mantenga a raya sus cenizas El Bajo Beirut le invada sin armisticios.

La antesala del orgasmo – Eduardo León

Tu boca siempre está oportuna para mi beso
es mi dulce favorito, me gusta y lo demuestro
es el origen del erotismo, el motivo romántico,
el sueño del poeta, el manantial del inspirado,
el momento excitante, tus labios incendiados.

Me gusta morder el deseo, despertar mojado,
el destello alucinante, fantasía del enamorado,
la pasión excesiva, la antesala del orgasmo,
la sensación impredecible, el calor del verano,
la ansiedad del travieso, la virtud del descarado,
el premio para el astuto, la locura del espontáneo,
la gloria para el tímido, el hecho consumado.