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Lamento por el sur – Salvatore Quasimodo

La luna roja, el viento, tu color
de mujer del Norte, la llanura de nieve…
Mi corazón está ya en estas praderas,
en estas aguas anubladas por la niebla.
He olvidado el mar, la grave
caracola que soplan los pastores sicilianos,
las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos
donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos,
he olvidado el paso de las garzas y las grullas
en el aire de las verdes altiplanicies
por las tierras y los ríos de Lombardía.
Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria.
Ya nadie me llevará al sur.

Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos
a la orilla de las ciénagas de malaria,
está cansado de soledad, cansado de cadenas,
está cansado en su boca
de las blasfemias de todas las razas
que han gritado muerte con el eco de sus pozos,
que han bebido la sangre de su corazón.
Por eso sus hijos vuelven a los montes,
sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,
comen flores de acacia a lo largo de las pistas
nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas.
Ya nadie me llevará al Sur .

Y esta tarde cargada de invierno
es aún nuestra, y aquí te repito
mi absurdo contrapunto
de dulzuras y furores,
un lamento de amor sin amor.

En el justo tiempo humano – Salvatore Quasimodo

Yace en el viento de profunda luz
la amada del tiempo de las palomas.
De mí, de agua, de hojas está formada.
Sola entre los vivos, oh dilecta razón,
es una noche desnuda.
Su voz consuela
al ardor luminoso, a la alegría.
Como nos desilusiona la belleza,
la memoria se limpia
de las formas extrañas,
nuestro espejo interior se va limpiando
de afectos y fulgores.
Pero de lo profundo de tu sangre,
en el justo tiempo humano
renaceremos sin dolor.

Color de lluvia y de hierro – Salvatore Quasimodo

Decías: muerte silencio soledad;
como amor, vida. Palabras
de nuestras provisorias imágenes.
Y el viento se ha alzado leve cada mañana
y el tiempo color de lluvia y de hierro
ha pasado sobre las piedras,
sobre nuestro cerrado zumbido de malditos.
La verdad todavía está lejos.
Y dime, hombre quebrantado en la cruz,
y tú, el de las manos hinchadas de sangre,
¿qué le contestaré a los que preguntan?
Ahora, ahora: antes de que más silencio
entre en los ojos, antes de que más viento
se alce y más herrumbre florezca.

Nieve – Salvatore Quasimodo

Desciende la noche:
todavía permanecen
las queridas visiones de la tierra,
árboles, animales,
pobre gente encerrada
bajo mantos de soldado,
madres con el vientre agostado
por las lágrimas.
Y la nieve en los prados
como una luna apenas descubierta.
Oh, estos muertos. Golpead
las frentes, golpead hasta el corazón.
Que por lo menos uno
nos grite en el silencio;
en este blanco cerco de los sepulcros.

Bajo la fronda de los sauces – Salvatore Quasimodo

¿Y cómo podíamos cantar nosotros
con el pie extranjero sobre el corazón,
entre los muertos abandonados en las plazas
sobre la hierba helada,
escuchando el lamento de cordero de los niños,
el grito negro de la madre
que corría hacia el hijo
crucificado en un palo de telégrafo?
A la sombra de los sauces
dejamos nuestras cítaras;
oscilaban leves bajo el triste viento.

Carta a la madre – Salvatore Quasimodo

“Mater dolcissima, ahora desciende la niebla,
el Naviglio choca confusamente sobre los diques,
los árboles se hinchan de agua, arde la nieve;
no estoy triste en el norte, no estoy
en paz conmigo mismo, pero no espero
el perdón de ninguno, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives
como todas las madres de los poetas, pobre
y escasa en tu provisión de amor
por los hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe.” Finalmente, dirás, dos palabras
de aquel muchacho que se fugó de noche, con una capa corta
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan impetuoso,
lo matarán cualquier día, en cualquier lugar.
“Claro, lo recuerdo, fue de aquella gris estación
de trenes que llevábamos almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, el río lleno de urracas,
de sal, de eucaliptos. Pero ahora te agradezco,
es mi deseo, la ironía que has puesto
en mis labios, suave como la tuya.
Aquella sonrisa me ha salvado de llanos y dolores.
y no importa si ahora derramo lágrimas por ti,
por todos aquellos que como tú esperan
quién sabe qué. Ah, gentil muerte
no se te ocurra tocar el reloj de la cocina que suena en el muro
toda mi infancia ha pasado sobre el esmalte
de su marco, sobre aquellos diseños floridos:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
¿Pero acaso alguno responde? Oh muerte de piedad,
muerte de pudor.
Adiós, querida. Adiós mi dolcissima mater.”

Los muertos – Salvatore Quasimodo

Me pareció como si se abrieran voces,
como si labios buscasen aguas,
como si se alzaran manos a los cielos.

¡Qué cielos! Más blancos que los muertos
que siempre me despiertan despacio;
llevan los pies descalzos, no llegan muy lejos.

¿Bebían las gacelas en las fuentes,
el viento revolvía los enebros,
y alzaban las ramas las estrellas?