Archivo de la categoría: Paulina Vinderman

Tan antiguo esto de robar un sueño… – Paulina Vinderman

Tan antiguo esto de robar un sueño
a alguien que pasa.
El mismo sueño que rueda por entre las mesas
de esta fiesta abandonada.
De esta ciudad vacía de celebraciones
verdaderas.
Nadie posee nada en esta calle.
Las cosas se acumulan
en cajas, en números,
en miedos vigilantes
que se suman como otra cosa más
a las palabras impuestas.
Lo único que existe,
es este sueño oscuro e imperioso
de otra ciudad.
Donde no sea necesario
robar un sueño a alguien que pasa.

Y si hubiera nacido hombre… – Paulina Vinderman

Y si hubiera nacido hombre
habría sido marinero
con una azul mortaja como lecho.

Madre, no me dijiste nunca
que había que pagar un precio
para hablar con las flores.
Detrás de tantas ventanas
las mujeres se peinan para recibirlos.
No me enseñaste nunca
que había que pagar un precio
por haber nacido mujer
y marinera.

Mi amor a punto de morir
no sabe
que amo únicamente ahora
que no hay vientre ni ola ni deseo.

Mi amor a punto de morir
no sabe
que únicamente lo amo porque muere
y quedo libre de todo excepto
de escribirlo
eligiendo los momentos del goce
como un conquistador antes del oro.

Mi amor no sabe
que el único al que amé
fue aquel marino de la fotografía
que jamás conocí.

Porque me enamoraba únicamente
de los derrotados.
Porque habrá naufragado
con una azul mortaja como lecho.

Porque sus ojos eran huérfanos
como los míos,
sucios de tormentas y remedios solitarios
contra el amor, la blandura,
la nostalgia de tierra.

Madre, no me enseñaste nunca
a ordenar mis pedazos
Me dejaste cortarme, cortarme,
con cuchillos de mar y de ventanas.
«Las mujeres se peinan, decías,
para recibirlos.»

La mujer – Paulina Vinderman

Porque no duerme
juega a creer que todos en el silencio de
la casa
se apagan para que la luna
obtenga el permiso para entrar.
De rodillas frente a la ventana
toma conciencia de su piel,
del hoyo en el brazo por la vieja quemadura.
(La abuela le decía ante las velitas
que si soplaba fuerte crecería más rápido)
— Debo haber soplado muy fuerte—
piensa
y mira hacia abajo pero no hay hormigas,
sólo un muslo blanco
como las calas de la tía Flora
hundiendo el invierno sobre la mesa.
Con la primera claridad la mujer
ve despeñarse, sin perder —sin ganar,
una a una las estrellas.
— Un corto, blanco resplandor— se dice,
siempre es un resplandor.
Como aquel tramo de río a atravesar.
Como el dibujo de una flecha
en el aire.