Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Muerte del capitán don Francisco de Aldana – Guillermo Carnero

El mar rompiendo mudo, el sol de Agosto
que no abrasa ni ciega, el vocerío
distante y apagado: al fin reposo
sin urgencia ni peso de las armas.

Flotan y se disuelven los sentidos;
desciende un leve velo y los aquieta
en una densa paz de sueño y sangre,
con pulcritud y aroma de guirnalda

negra, mientras apaga un amorcillo
su antigua antorcha, y tiembla como llama
—espejismo de amor reverberado—
una mujer muy relamida y suelta,

señalando por burla con el dedo
la nada a donde voy, con mi tesoro
de gentil amoroso acatamiento,
de versos en su honor tan bien medidos.

Rosa saudade – Carmelina Soto

Siempre la rosa. Siempre agonizante.
Inclinada o erguida, turbadora.
Al filo de la tarde o de la aurora,
coronada en sereno de diamante.

Estancia del amor, rosa fragante.
El fango no la ve y ella lo ignora.
Estancia triste donde apenas mora
la rosa silenciosa y el instante.

Aquí vivió la rosa. Noche y día
en la saudade del recuerdo crece
y se copia y dilata en su perfume.

y sigue prolongando su agonía
por el mal de la espina que padece
y fa llama de amor que la consume.

Remolino de humareda en el concierto – Toriko Takarabe

“En mi concierto arremolinan humaredas de cañones,
mi concierto es relativamente violento,
mi concierto es amado”,

dice el cantante con un gesto exagerado.
Dedica sus canciones con fervor
a los americanos necrofílicos,
que no dejan de amar la humareda y la violencia,
que no dejan de desparramar cadáveres en todo el mundo

Un sonido grave y retumbante vibra
en los corazones de las mujeres.
Y lo que vibra en los corazones
es algo violento
es algo obsceno.

Las mujeres se convulsionan con vergüenza,
pero no dejan de querer el sudor del cantante.

“Ay, Dios, dame los ojos para ver sin falla.
Como un arcoíris de misil que sobrepasa la montaña desierta,
te voy a dar un consuelo tremendo”,

el cantante lanza con un beso
la bufanda empapada de sudor a los gritos.
Con una sonrisa de broma en una mejilla, inicia el concierto
en medio de la reverberación de las lentejuelas

“Aunque no conozco España,
me gusta el flamenco.
Aunque no conozco el paraíso,
dicen que es donde yo nací”.

Aunque el cantante no parece un ángel,
ha de ser una variación.

Ha pasado medio siglo sin que nadie se dé cuenta,
y la poeta llora ante la broma de los años.
“Vamos, doncella platinada”,
cantaba para cortejar y señalaba el cielo
ese cantante que murió hace mucho tiempo,
pero la poeta insiste en repetir el remolino de humareda,
quiere vengarse con un ritmo violento,
aun cuando todos los contrincantes estén muertos.

Canción del amor herido – Carlos Castro Saavedra

Tengo las manos muy tristes
y no sé qué hacer con ellas,
porque anoche me corté
los dedos en las estrellas.

Estaba pensando en ti,
en tus ojos estrellados,
y me pasé por la frente
los dedos enamorados.

Fue allí donde me corté,
en mi frente, con tus ojos,
y se me pusieron grandes
los pensamientos y rojos.

Hoy no he podido sembrar
mi tierra, mi agricultura,
y la comida me sabe
a tierra de sepultura.

Tengo las manos deshechas
por tus pupilas, mi amor,
por pensar en tus pupilas
y tocar su resplandor.

Quisiera ser – Gerardo Diego

Quisiera ser convexo
para tu mano cóncava,
y como un tronco hueco
para acogerte en mi regazo
y darte sombra y sueño.
Suave y horizontal e interminable
para la huella alterna y presurosa
de tu pie izquierdo
y de tu pie derecho.
La de todas las formas
como agua, siempre a gusto, en cualquier vaso,
siempre abrazándote por dentro.
Y también como vaso
para abrazar por fuera al mismo tiempo.
Como el agua hecha vaso
tu confín —dentro y fuera— siempre exacto.

Destino del hombre – Magda Portal

Has perdido el perfume de las noches azules
y el sonreír de las estrellas,
y ya no sabes cómo son
los días de primavera.

Tienes los sueños vacíos
de paisajes agrestes,
de voces de muchachas,
de trinos de pájaros,
de murmullos de río.

Ya no conoces la canción del agua.
No te puedes asomar
tras de las altas montañas,
ni la lluvia te moja la cara,
ni sientes el olor de la tierra,
su fuerte vaho a entraña.

¡Ya no se cansan tus pies
de tanto caminar!
¡Ay! una sola visión y un solo canto:
la prisión y las rejas.

¡Y todavía tienes dulces los ojos,
y la mirada pace los rebaños del sueño,
y la mano blanda y sonríes!
Oh, hermano ¿de qué estará hecho tu corazón,
y cuál será tu estrella de esperanza?

Sólo que a veces tu sonrisa
sube como del fondo de un poro
de aguas salobres:
sangre y lágrimas.

Y tus manos tiemblan,
y en tu voz se ahogan
todos los pájaros del canto.

No queda más lustroso y cristalino… – Lope de Vega

No queda más lustroso y cristalino
por altas sierras el arroyo helado
ni está más negro el ébano labrado
ni más azul la flor del verde lino;

más rubio el oro que de Oriente vino
ni más puro, lascivo y regalado
espira olor el ámbar estimado
ni está en la concha el carmesi más fino,

que frente, cejas, ojos y cabellos
aliento y boca de mi ninfa bella,
angélica figura en vista humana;

que puesto que ella se parece a ellos
vivos están alli, muertos sin ella,
cristal, ébano, lino, oro, ámbar, grana.