Archivo de la categoría: Premio Nobel

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo… – Pablo Neruda

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
y por las calles voy sin nutrirme, callado,
no me sostiene el pan, el alba me desquicia,
busco el sonido líquido de tus pies en el día.

Estoy hambriento de tu risa resbalada,
de tus manos color de furioso granero,
tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
quiero comer tu piel como una intacta almendra.

Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
la nariz soberana del arrogante rostro,
quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas

y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
buscándote, buscando tu corazón caliente
como un puma en la soledad de Quitratúe.

Amor feliz – Wislawa Szymborska

El amor feliz. ¿Es normal,
es serio, es positivo?
¿De qué le sirven al mundo dos seres
que no ven el mundo?

Enaltecidos mutuamente sin merecerlo,
dos cualesquiera entre un millón, mas convencidos
de que les sucedería. ¿En recompensa de que? De nada.
La luz cae de ninguna parte.
¿Por qué da en ellos y no en otros?
¿Ofende a la justicia? Sí.
¿Infringe las normas establecidas con esmero,
despeña la moraleja desde la cumbre? Infringe y despena.

Mirad a los felices:
¡Si al menos se escondieran un poco,
si fingieran agobio para reconfortar a los amigos!
Escuchad cómo ríen: es una afrenta
En qué lengua hablan, al parecer comprensible.
Y esos ceremoniales, esos miramientos,
esas primorosas y mutuas atenciones,
¡diríase un complot a espaldas de la humanidad!

Aviados estaríamos
si su ejemplo se imitara.
A qué recurrirían la religión y la poesía,
qué sería recordado y qué olvidado,
quién elegiría permanecer encerrado en el círculo.

El amor feliz. ¿Es necesario?
El tacto y el juicio obligan a silenciarlo
como si fuera un escándalo de las altas esferas de la Vida.

Criaturas magníficas nacen sin su ayuda.
Nunca lograría poblar la tierra
ya que pocas veces sucede.
Que quienes desconocen el amor feliz
sostengan que no existe en ningún lugar del mundo.

Con esa fe les será más fácil vivir y morir.

A mi alma – Juan Ramón Jiménez

Siempre tienes la rama preparada
para la rosa justa; andas alerta
siempre, el oído cálido en la puerta
de tu cuerpo, a la flecha inesperada.

Una onda no pasa de la nada,
que no se lleve de tu sombra abierta
la luz mejor. De noche, estás despierta
en tu estrella, a la vida desvelada.

Signo indeleble pones en las cosas.
luego, tornada gloria de las cumbres,
revivirás en todo lo que sellas.

Tu rosa será norma de las rosas;
tu oír, de la armonía; de las lumbres
tu pensar; tu velar, de las estrellas.

Serenidad – Gabriela Mistral

Y después de tener perdida
lo mismo que un pomar la vida,
—hecho ceniza, sin cuajar—
me han dado esta montaña mágica,
y un río y unas tardes trágicas
como Cristos, con qué sangrar.

Los niños cubren mis rodillas;
mirándoles a las mejillas
ahora no rompo a sollozar,
que en mi sueño más deleitoso
yo doy el pecho a un hijo hermoso
sin dudar...

Estoy como el que fuera dueño
de toda tierra y todo ensueño
y toda miel;
¡y en estas dos manos mendigas
no he oprimido ni las amigas
sienes de él!

De sol a sol voy por las rutas,
y en el regazo olor a frutas
se me acomoda el recental:
¡tanto trascienden mis abiertas
entrañas a grutas, y a huertas,
y a cuenco tibio de panal!

Soy la ladera y soy la viña
y las salvias, y el agua niña:
¡todo el azul, todo el candor!
Porque en sus hierbas me apaciento
mi Dios me guarda de sus vientos
como a los linos en la flor.

Vendrá la nieve cualquier día;
me entregaré a su joya fría
(fuera otra cosa rebelión).
Y en un silencio de amor sumo,
oprimiendo su duro grumo
me irá vaciando el corazón.

El amante – Herman Hesse

Ahora yace tu amigo despierto en la noche templada,
tibio de ti todavía, lleno de tu aroma todavía,
de tu mirada y de tu pelo y de tu beso, ¡oh medianoche,
oh luna y estrella, y aire azulado de neblina!
A ti, amada, asciende mi sueño
hondamente, como dentro del mar, el monte y el abismo,
salpicado en la rompiente y desvanecido en espuma,
es sol, bestia, raíz,
sólo en torno a ti,
para estar cerca de ti.

Saturno gira lejos, y la luna, no los veo,
sólo tu rostro veo como pálida flor,
y río en silencio y extasiado lloro,
ya no hay más dicha, no más sufrimiento,
sólo estás tú, sólo nosotros, sumergidos
en el profundo Todo, en el profundo mar,
allí estamos perdidos,
allí morimos y para renacer volvemos.

M.R. – Yorgos Seferis

El jardín con sus surtidores en la lluvia
tan sólo lo verás de la ventana baja
detrás de los cristales empañados. Solamente
la llama de la chimenea dará luz a tu cuarto
y alguna vez, en los relámpagos lejanos, aparecerán
las arrugas de tu frente, viejo Amigo.

El jardín con los surtidores que eran en tu mano
ritmo de la otra vida, más allá de los mármoles
rotos y de las columnas trágicas,
y en los laureles rosas una danza
cerca de las canteras nuevas,
un cristal empañado lo habrá cortado de tus días.
No respirarás: la tierra y la savia de los árboles
se lanzarán de tu memoria para chocar
con este cristal herido por la lluvia
desde el mundo exterior.

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,… – Pablo Neruda

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
amar es un combate de relámpagos
y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
y el fuego genital transformado en delicia

corre por los delgados caminos de la sangre
hasta precipitarse como un clavel nocturno,
hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

De tierna mujer echada entre las flores – Salvatore Quasimodo

Se adivinaba la estación oculta
por el ansia de las lluvias nocturnas,
por los cambios de las nubes en el cielo,
undosas leves cunas;
y yo estaba muerto.

Una ciudad suspendida en el aire
era mi último exilio,
y en torno me llamaban
las suaves mujeres de otros tiempos,
y la madre, renovada por los años,
con su dulce mano escogía entre las rosas
y con las más blancas ceñía mi cabeza.

Afuera era de noche
y los astros precisos seguían
ignotos caminos en curvas de oro
y las cosas vueltas fugitivas
me llevaban a rincones secretos
para hablarme de jardines abiertos de par en par
y del sentido de la vida;
pero a mí me dolía la última sonrisa

de tierna mujer echada entre las flores.

En la demente dispersión… – Giorgos Seferis

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos
paralizan los miembros de los hombres.
Las almas
apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar
jarro de tierra cocida.