Archivo de la categoría: Premio Nobel

Tendida y desgarrada – Octavio Paz

Tendida y desgarrada,
a la derecha de mis venas, muda;
en mortales orillas infinita,
inmóvil y serpiente.
Toco tu delirante superficie,
los poros silenciosos, jadeantes,
la circular carrera de tu sangre,
su reiterado golpe, verde y tibio.
Primero es un aliento amanecido,
una oscura presencia de latidos
que recorren tu piel, toda de labios,
resplandeciente tacto de caricias.
El arco de las cejas se hace ojera.
Ay, sed, desgarradora,
horror de heridos ojos
donde mi origen y mi muerte veo,
graves ojos de náufraga
citándome a la espuma,
a la blanca región de los desmayos
en un voraz vacío
que nos hunde en nosotros.
Arrojados a blancas espirales
rozamos nuestro origen,
el vegetal nos llama,
la piedra nos recuerda
y la raíz sedienta
del árbol que creció de nuestro polvo.
Adivino tu rostro entre estas sombras,
el terrible sollozo de tu sexo,
todos tus nacimientos
y la muerte que llevas escondida.
En tus ojos navegan niños, sombras,
relámpagos, mis ojos, el vacío.

El alma – Vicente Aleixandre

El día ha amanecido.
Anoche te he tenido en mis brazos.
Qué misterioso es el color de la carne.
Anoche, más suave que nunca:
carne casi soñada.
Lo mismo que si el alma al fin fuera tangible.
Alma mía, tus bordes,
tu casi luz, tu tibieza conforme.
Repasaba tu pecho, tu garganta,
tu cintura: lo terso,
lo misterioso, lo maravillosamente expresado.
Tocaba despacio, despacísimo, lento,
el inoíble rumor del alma pura, del alma manifestada.
Esa noche, abarcable; cada día, cada minuto, abarcable.
El alma con su olor a azucena.
Oh, no: con su sima,
con su irrupción misteriosa de bulto vivo.
El alma por donde navegar no es preciso
porque a mi lado extendida, arribada, se muestra
como una inmensa flor; oh, no: como un cuerpo
maravillosamente investido.
Ondas de alma..., alma reconocible.
Mirando, tentando su brillo conforme,
su limitado brillo que mi mano somete,
creo,
creo, amor mío, realidad, mi destino,
alma olorosa, espíritu que se realiza,
maravilloso misterio que lentamente se teje,
hasta hacerse ya como un cuerpo,
comunicación que bajo mis ojos miro formarse,
organizarse,
y conformemente brillar,
trasminar,
trascender,
en su dibujo bellísimo,
en su sola verdad de cuerpo advenido;
oh, dulce realidad que yo aprieto, con mi mano, que por
una manifestada suavidad se desliza.
Así, amada mía,
cuando desnuda te rozo,
cuando muy lento, despacísimo, regaladamente te toco.
en la maravillosa noche de nuestro amor.
Con luz, para mirarte.
Con bella luz porque es para ti.
Para engolfarme en mi dicha.
Para olerte, adorarte,
para, ceñida, trastornarme con tu emanación.
Para amasarte con estos brazos que sin cansancio se
ahorman.
Para sentir contra mi pecho todos los brillos,
contagiándome de ti,
que, alma, como una niña sonríes
cuando te digo: «Alma mía...»

Canción del macho y de la hembra- Pablo Neruda

Canción del macho y de la hembra!
La fruta de los siglos
exprimiendo su jugo
en nuestras venas.

Mi alma derramándose en tu carne extendida
para salir de ti más buena,
el corazón desparramándose
estirándose como una pantera,
y mi vida, hecha astillas, anudándose
a ti como la luz a las estrellas!

Me recibes
como al viento la vela.

Te recibo
como el surco a la siembra.

Duérmete sobre mis dolores
si mis dolores no te queman,
amárrate a mis alas
acaso mis alas te llevan,
endereza mis deseos
acaso te lastima su pelea.

¡Tú eres lo único que tengo
desde que perdí mi tristeza!
¡Desgárrame como una espada
o táctame como una antena!
Bésame
muérdeme,
incéndiame,
que yo vengo a la tierra
sólo por el naufragio de mis ojos de macho
en el agua infinita de tus ojos de hembra!

Balada de la estrella – Gabriela Mistral

Estrella, estoy triste.
Tú dime si otra
como mi alma viste.
—Hay otra más triste.

—Estoy sola, estrella.
Di a mi alma si existe
otra como ella.
—Sí, dice la estrella.

—Contempla mi llanto.
Dime si otra lleva
de lágrimas manto.
—En otra hay más llanto.

—Di quién es la triste,
di quién es la sola,
si la conociste.

—Soy yo, la que encanto,
soy yo la que tengo
mi luz hecha llanto.

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo… – Pablo Neruda

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
y por las calles voy sin nutrirme, callado,
no me sostiene el pan, el alba me desquicia,
busco el sonido líquido de tus pies en el día.

Estoy hambriento de tu risa resbalada,
de tus manos color de furioso granero,
tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
quiero comer tu piel como una intacta almendra.

Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
la nariz soberana del arrogante rostro,
quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas

y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
buscándote, buscando tu corazón caliente
como un puma en la soledad de Quitratúe.

Amor feliz – Wislawa Szymborska

El amor feliz. ¿Es normal,
es serio, es positivo?
¿De qué le sirven al mundo dos seres
que no ven el mundo?

Enaltecidos mutuamente sin merecerlo,
dos cualesquiera entre un millón, mas convencidos
de que les sucedería. ¿En recompensa de que? De nada.
La luz cae de ninguna parte.
¿Por qué da en ellos y no en otros?
¿Ofende a la justicia? Sí.
¿Infringe las normas establecidas con esmero,
despeña la moraleja desde la cumbre? Infringe y despena.

Mirad a los felices:
¡Si al menos se escondieran un poco,
si fingieran agobio para reconfortar a los amigos!
Escuchad cómo ríen: es una afrenta
En qué lengua hablan, al parecer comprensible.
Y esos ceremoniales, esos miramientos,
esas primorosas y mutuas atenciones,
¡diríase un complot a espaldas de la humanidad!

Aviados estaríamos
si su ejemplo se imitara.
A qué recurrirían la religión y la poesía,
qué sería recordado y qué olvidado,
quién elegiría permanecer encerrado en el círculo.

El amor feliz. ¿Es necesario?
El tacto y el juicio obligan a silenciarlo
como si fuera un escándalo de las altas esferas de la Vida.

Criaturas magníficas nacen sin su ayuda.
Nunca lograría poblar la tierra
ya que pocas veces sucede.
Que quienes desconocen el amor feliz
sostengan que no existe en ningún lugar del mundo.

Con esa fe les será más fácil vivir y morir.

A mi alma – Juan Ramón Jiménez

Siempre tienes la rama preparada
para la rosa justa; andas alerta
siempre, el oído cálido en la puerta
de tu cuerpo, a la flecha inesperada.

Una onda no pasa de la nada,
que no se lleve de tu sombra abierta
la luz mejor. De noche, estás despierta
en tu estrella, a la vida desvelada.

Signo indeleble pones en las cosas.
luego, tornada gloria de las cumbres,
revivirás en todo lo que sellas.

Tu rosa será norma de las rosas;
tu oír, de la armonía; de las lumbres
tu pensar; tu velar, de las estrellas.

Serenidad – Gabriela Mistral

Y después de tener perdida
lo mismo que un pomar la vida,
—hecho ceniza, sin cuajar—
me han dado esta montaña mágica,
y un río y unas tardes trágicas
como Cristos, con qué sangrar.

Los niños cubren mis rodillas;
mirándoles a las mejillas
ahora no rompo a sollozar,
que en mi sueño más deleitoso
yo doy el pecho a un hijo hermoso
sin dudar...

Estoy como el que fuera dueño
de toda tierra y todo ensueño
y toda miel;
¡y en estas dos manos mendigas
no he oprimido ni las amigas
sienes de él!

De sol a sol voy por las rutas,
y en el regazo olor a frutas
se me acomoda el recental:
¡tanto trascienden mis abiertas
entrañas a grutas, y a huertas,
y a cuenco tibio de panal!

Soy la ladera y soy la viña
y las salvias, y el agua niña:
¡todo el azul, todo el candor!
Porque en sus hierbas me apaciento
mi Dios me guarda de sus vientos
como a los linos en la flor.

Vendrá la nieve cualquier día;
me entregaré a su joya fría
(fuera otra cosa rebelión).
Y en un silencio de amor sumo,
oprimiendo su duro grumo
me irá vaciando el corazón.

El amante – Herman Hesse

Ahora yace tu amigo despierto en la noche templada,
tibio de ti todavía, lleno de tu aroma todavía,
de tu mirada y de tu pelo y de tu beso, ¡oh medianoche,
oh luna y estrella, y aire azulado de neblina!
A ti, amada, asciende mi sueño
hondamente, como dentro del mar, el monte y el abismo,
salpicado en la rompiente y desvanecido en espuma,
es sol, bestia, raíz,
sólo en torno a ti,
para estar cerca de ti.

Saturno gira lejos, y la luna, no los veo,
sólo tu rostro veo como pálida flor,
y río en silencio y extasiado lloro,
ya no hay más dicha, no más sufrimiento,
sólo estás tú, sólo nosotros, sumergidos
en el profundo Todo, en el profundo mar,
allí estamos perdidos,
allí morimos y para renacer volvemos.

M.R. – Yorgos Seferis

El jardín con sus surtidores en la lluvia
tan sólo lo verás de la ventana baja
detrás de los cristales empañados. Solamente
la llama de la chimenea dará luz a tu cuarto
y alguna vez, en los relámpagos lejanos, aparecerán
las arrugas de tu frente, viejo Amigo.

El jardín con los surtidores que eran en tu mano
ritmo de la otra vida, más allá de los mármoles
rotos y de las columnas trágicas,
y en los laureles rosas una danza
cerca de las canteras nuevas,
un cristal empañado lo habrá cortado de tus días.
No respirarás: la tierra y la savia de los árboles
se lanzarán de tu memoria para chocar
con este cristal herido por la lluvia
desde el mundo exterior.