Archivo de la categoría: Premio Nacional de Poesía

A la cintura de una muchacha – Vicente Gaos

Oh, delgado contorno de la vida.
El fluir de la sangre en él acaba.
Oh, columna de luz y ansia de lava.
Volcán para mi mano estremecida.

Límite de la tarde preferida,
bajo un torso de niebla enajenada.
No hay tránsito a la noche enamorada,
pájaro sometido y sin salida.

Oh, ese cerrado cielo en que se unen
el poderoso mare y el labio suave
de la tierra: horizonte atormentado.

Cómo acecha la muerte ese volumen
hermoso, tan levísimo e ingrave.
Oh, la flecha de Dios en tu costado.

Súplica final dela mujer – Carmen Conde

Señor, ¿Tú no perdonas? Si perdonara tu olvido
ya no pariría tantos hombres con odio,
ni seguiría arando cada día más estrechas
las sendas de los trigos entre zanjas de sangre.
La fuente de mi parto no se restaña nunca.
Yo llevo las entrañas por raíces de siglos,
y ellos me las cogen, las hunden, las levantan
para tirarlas siempre a las fosas del llanto.

Señor, mi Dios, un día creí que Tú eras mío
porque bajaste a mí alumbrando mi carne
con el alma que allá, al sacarme del hombre,
metiste entre mis huesos con tu soplo de aurora.

Más, ¿no perdonas Tú? Y no es gozo el que tuve
después del gozo inmenso en el jardín robado.
Me sigues en la tierra, retorciendo mis pechos
con labios de criaturas, con dientes demoníacos.
No hay lecho que me guarda, ¡ni de tierra siquiera!
Los muertos me sepultan, y obligada a vivir
aparto sus plomadas y vuelvo a dar la vida.

¡Oh, tu castigo eterno, tu maldición perenne:
brotar y aniquilarme lo que brotó a la fuerza,
porque un día yo quise que el hombre por Ti hecho
repitiera en mi cuerpo su estatua, tu Figura!

¿Sembrando he de seguir, pariendo más hombres
para que todos maten y escupan mis entrañas
que cubren con el mundo los cielos, tus estrellas,
y hasta el manto de brisas con que Tú paseabas
por tu Jardín soñado, cuando yo era suya?

¿Por qué me visitaste, Señor? ¿Por qué tu Espíritu
entrose a mi angostura dejándome tu Hijo?
¿Por qué te lo llevaste a aquella horrible cueva
que el odio de los hombres le abriera como tumba?
¡Oh! ¿No perdonas, Dios? Pues sigue tu mirada
teniéndome presente: joven, bella e impía
delante de tus árboles, que yo ya ni recuerdo...

Pues soy vieja, Señor. ¿No escuchas cuánto lloro
cuando el hombre, dormido, me vuelca su simiente
porque Tú se lo ordenas sin piedad de mi duelo?
¿No ves mi carne seca, mi vientre desgarrado;
no escuchas que te llamo por bocas estalladas,
por los abiertos pechos de niños, de mujeres?...
¡En nada te ofendieron sino en nacer!
Soy yo la que Tú olvidas y a ellos los devastas;
me obligas a que siga el lúbrico mandato
de aquella bestia horrible nacida en contra mía.

Tan vieja soy y labro. Tan vieja y cubro muertos.
No estéril porque quieres que sufra mi delirio
de un solo día hermoso del que guardo el aroma.
Ni Tú, Señor, lo olvidas. Que por ello me quejo.

Soy madre de los muertos.
De los que matan, madre.
Madre de Ti seré si no acabas conmigo.
Vuélveme ya de polvo. Duérmeme. Hunde toda
la espada de la llama que me echó del Edén,
abrasándome el cuerpo que te pide descanso.
¡Haz conmigo una fosa, una sola, la última,
donde quepamos todos los que aquí te clamamos!

Norfeu – Joan Vinyoli

Cuando al atardecer la brisa sopla
y en la escollera ilumina la noche
de golpe el faro, silenciosamente,
alguien lo mira todo en el Café
de Pescadores, con ron de recuerdos
y ojos húmedos, de sueños manchado.
Norfeu exacto, inmóvil, en el mar
la proa de la quilla, no secciona
las aguas negras.
Extraño, ¿qué quieres?

Las barcas bajo el candil no dan miedo,
lo da el barco del holandés errante
que no va por la mar sino por dentro
de mí y percibo que quiere hacer noche
en mi puerto de viejo demolido.

Reloj noctámbulo del firmamento,
las olas marcan constantes el tiempo.
¿Tú qué quieres, Extraño?
Ni nunca lo sabré
ni puedo adivinar. Soy un lamento,
encallado para siempre en el ron
del pasado. ¡Qué ojos! Un ausente.

Inocencia – Félix Grande

Aquí
pocos pájaros:
un aleteo espectral acaso,
como de ciegas aves entre muros.

Aquí
pocas flores;
tal vez algunos pétalos concisos,
caídos entre grama de invierno.

Aquí
pocas sonrisas;
muecas inoportunas,
dulces, correctas, tímidas
y sofocadas de fatiga al cerrarse.

Aquí
unos céntimos oxidados
y el mendrugo de unas ideas
que el miedo tritura, paciente;
terror
a vivir y a morir,
terror
al prójimo que necesitas,
lástima a ti y a tu mujer
y a tantos como sudan a la sombra o al sol;
es una pesadilla.
Terror a la locura
–o envidia a la locura.

Aquí
poca belleza;
no es hermoso esto:
demasiado profundo,
sucio de origen,
pegajoso aún
de la placenta de la creación,
lastimado aún
por el dolor del parto del mundo,
dubitativo aún de caos primario
(aquí
no se quiere matar,
se está cansado,
se es inocente sin destino).

Ya no quedan resoluciones
que miren al otro borde del morir;
nada que viajar, ninguna espera;
esto es un lento cataclismo
que comenzó en la informe penumbra de la selva
entre alimañas
y fieras amenazadoras
y que abdicó una noche en la prehistoria
como un rey bárbaro en el otro.

Aquí
vehemencia acaso
pero entusiasmo no.
A veces
la alegría parece una calumnia,
y esas veces impiden a la herida cerrarse
y a la convalecencia afluir a la salud.

Aquí
se entiende al que abandona y busca rincón,
se entiende al que se sienta frente a la puerta
con la espalda guardada por el muro,
al que camina rozando la pared,
al que amaina el paso, cauteloso,
en las esquinas de vivir.
Siniestra es nuestra comprensión,
somos feroces de la nada;
una de nuestras manos da al vacío
y regresa a la frente,
la otra permanece en el horno del siglo
y se quema y no disimula
su dolor ni su aullido natural.

Aquí
el pasado es absurdo,
residual
e inexistente a fuerza de ser sombra;
el futuro,
ajeno
y amurallado de clamor y de crimen;
el presente,
esta cuarentena
poblada de palabras en mitades
que casan mal y que se roen unas a otras
con precaución y con monotonía.

Aquí
se está casi desvanecido;
un paso más y es sueño,
dos pasos más y es muerte,
tres pasos más y es un no haber nacido
nunca.

Santoral agreste – Rafael Alberti

¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!

Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.

El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,

corre tras la paloma de la sierra,
para glorificarla en los altares,
bajo la luz de este soneto mío.

Viento de otoño – José Hierro

Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento
gloria final a las hojas doradas.
Arder, fundirse el monte en llamaradas
crepusculares, trágico y sangriento.

Gira, asciende, enloquece, pensamiento.
Hoy da el otoño suelta a sus manadas.
¿No sientes a lo lejos sus pisadas?
Pasan, dejando el campo amarillento.

Por esto, por sentirnos todavía
música y viento y hojas, ¡alegría!
Por el dolor que nos tiene cautivos,

por la sangre que mana de la herida
¡alegría en el nombre de la vida!
Somos alegres porque estamos vivos.

Segunda lección del páramo – Guillermo Carnero

Veo anegarse la llanura helada
en marea de sombra que creciente
al rojo sumidero del poniente
conduce la blancura amordazada
y a la noche cerrada
unas cuantas palabras que prudente
conseguí, menos sabio que paciente,
traigo como remedio de la nada.
Solo para regalo de mis ojos
brillan y aroman y por un momento
chisporrotean en la llama huidiza;
después, con otros restos y despojos
de voluntad y de conocimiento,
perecen hechas brasas y ceniza.

Oda del ansia – Luis Rosales

No sólo yo. Silencio. Hay que afirmar el ansia.
Todo asombro profundo se convierte en milagro.
Tú solo, amor, tu sola evidencia desnuda
sobre el árbol sin agua que agoniza en el ojo.

Tú solo, amor, tú solo, primavera morena,
y los barcos que llevan tu ternura en el ancla.
La mano más pequeña desplegará la honda,
y aceptaré tu sueño sin preferencia alguna.

La fe es una visión temblorosa y alada.
Cuando crezca en el mar la emoción de la yerba
con un vasto temblor de prodigios tirantes,
tú solo, amor, tú solo y alerta, alerta, alerta.

Amor, amor de labios apretados, sin dientes,
todo arena de mar y disciplina oculta.
¿Tendrá sobre mi carne rubores de bautismo
tu ceniza colmada de sombra dolorida?

¿Será una adolescencia de mar? Tendrá una libre
movilidad sin norma de ciprés enclaustrado,
desplegada obediencia —simplísima— del hombro
taciturno de soles y sereno equilibrio.

¿Será un toro dormido sobre el pasto olvidado
tan henchido de sangre, soledad y ternura?
¿O un vuelo de palomas tiránico en la nieve,
evangelio de puentes y porvenir de arroyo?

La tierra, sí, la tierra; voy a hablar lentamente
de la rosa desnuda sin poder, del aroma
de tu fiebre sin nombre en infancias de almendro,
del silencio del remo acogido en el agua,

de enmohecidas veletas con dirección inmóvil,
y de angustias de largas y azules cabelleras.
No sólo yo. Silencio. Como un galgo tendida
mi oración se recorta definida en tu nombre.

Todo asombro profundo se convierte en milagro.
Tú solo, amor, tú solo, que te sueño desnudo
como un varal de nardos angustiados, tú solo
como un ciervo, en mi frente derramada en el agua.

Ambición de ser mar de las manos viriles.
La presencia es un ala del amor de las cosas,
ascensión hasta el vuelo que agoniza en el ojo
con la angustia imposible de la concha en la arena.

La mano más pequeña desplegará la honda.
¡Dame el cántico, amor, del puro vencimiento!
¡Mis manos son el mar y la brisa y la nube!
¡Tú solo, amor, tú solo, y alerta, alerta, alerta!