Archivo de la categoría: Premio Nacional de Poesía

Muerte del capitán don Francisco de Aldana – Guillermo Carnero

El mar rompiendo mudo, el sol de Agosto
que no abrasa ni ciega, el vocerío
distante y apagado: al fin reposo
sin urgencia ni peso de las armas.

Flotan y se disuelven los sentidos;
desciende un leve velo y los aquieta
en una densa paz de sueño y sangre,
con pulcritud y aroma de guirnalda

negra, mientras apaga un amorcillo
su antigua antorcha, y tiembla como llama
—espejismo de amor reverberado—
una mujer muy relamida y suelta,

señalando por burla con el dedo
la nada a donde voy, con mi tesoro
de gentil amoroso acatamiento,
de versos en su honor tan bien medidos.

Tu soledad, Abril, todo lo llena… – Luis Rosales

Tu soledad, Abril, todo lo llena.
Colma de luz la espuma y la corriente.
Aurora niña con la piel reciente.
Todo en golpe de mar sobre la arena.

¿Qué sueño de varón te hizo serena
isla de fiebre de mirada ausente?
¡Ay, búscame sin ti, convaleciente,
revocando de cal fachada y pena!

Y ¡ay!, busca tú la sangre tierra adentro,
y olvidarás la voz por el encanto,
abierta a ti, mientras resbala el día.

Soledad sin abril será el encuentro,
y en tu ofrenda de paz, cierva de llanto
la sombra siempre y luz sin la luz mía.

Rememoraciones de incidentes – Carlos Bousoño

En una cueva de la memoria, en su larga llanura oxidada,
en su estéril cardenillo verdoso, en su desolado atardecer,
lento y un poco oscurecido como si fuese ya tarde,
como si nacer no hubiera sido posible
aquel remoto día, perdido en el confín;
e imposible fuese asimismo
el otro amargo día, no puedo decirte su nombre,
algo ladeado y ya en las afueras de súbito,
en el suburbio y el terrible descampado de súbito,
lívidamente azul de pronto;

con tazas desportilladas, abanicos devorados por la ansiedad,
relicarios de madera envejecida, espejos,
miserables espejos de azogue saltado, horrendos maniquíes
sin cabeza, emisarios inmóviles de más allá del río
solitario, emisarios sin brazos y sin cabeza, inmóviles,
y por eso no pueden sonreír;

y todo subía como una marea feroz por la memoria cárdena,
y todo subía amargamente cárdeno por el recuerdo de una
noche,
trepaba por la penosa rememoración, por el jadeante
ascender y acordarse
de una noche, saliendo de la sombra, un momento tan solo;
reconstruir aquella adoración

hecha de pétalos, de palabras y polen de palabras, de
cansancios o incrustaciones lamentables, quejidos,
de quemaduras y desolaciones
junto a un andén que no llegaba nunca como si fuese un
tren,
un tren de súbito como si fuese aquella adoración.
Y todo en la memoria se retorcía agitado por el vendaval,
como un gran bosque movido por la ira de un huracanado
renacer.
El parto terrible de la memoria era el viento,
la noche terrible de la memoria se llamaba aquilón.

Todo vibraba y era movido por una propagación llameante
que fulguraba en medio de la tempestad y se extendía y
encrespaba en la música,
vibraba entre los acordes de una multitud de guitarras,
sonando en el estruendo de un día terso y limpio, destrozado
tan secamente como un espejo en una habitación.
Ay, en la oscuridad, atenazados por el deseo
dos cuerpos se buscaban a tientas como si fuese posible vivir,
como si la verdad existiese en la tiniebla oscura
y hubiese que buscarla apretando una carne duramente,
y hubiese que buscarla atravesando duramente la
interminable oscuridad
de una carne, toda una noche larga, y más allá quebrase ya
una luz:
el alba hermosa y pura donde todos
existen otra vez,
salvados y otra vez, vivos, salvados...
...Y he aquí que nosotros, aún no salvados, vivos,
golpeamos la sombra, en medio de la noche...

Oídme. Hablo… – Chantal Maillard

Oídme.          Hablo
de cosas muy concretas.

Hace tiempo me atrajo la eufonía
confortante de las palabras su
cadencia y el brillo
impertinente del espíritu —¿espíritu?—
en la cuerda floja de la nada.
Fui de aquéllos.
Fortalecí el ansia de saber porque el yo
se refuerza sabiendo y
quería ser más.
Pero al fin sigue siendo nada
el yo bajo el decir.

Os hablo de cosas muy concretas.
Quien habla es lo de menos.

Oídme. Vengo… – Chantal Maillard

Oídme.          Vengo
de inhóspitos parajes.
Territorios que nadie querría
haber hollado.
Para hablar necesito la fuerza
que no tengo.
Son tantos los obstáculos.
Aquel lugar abajo sin cerrar
este de aquí por nuestro siempre
hambriento y aquél
aún tan otro.

Oídme. Soy de aquellas
que vagan en los límites.
Quien me escuche sin ansia entenderá.
No somos libres de enseñarle
a nadie
lo que importa.

Por qué te olvidas, y por qué te alejas… – José Hierro

Por qué te olvidas, y por qué te alejas
del instante que hiere con su lanza.
Por qué te ciñes de desesperanza
si eres muy joven, y las cosas viejas.

Las orillas que cruzas las reflejas;
pero tu soledad de río avanza.
Bendita forma que en tus aguas danza
y que en olvido para siempre dejas.

Por qué vas ciego, rompes, quemas, pisas,
ignoras cielos, manos, piedras, risas.
Por qué imaginas que tu luz se apaga.

Por qué no apresas el dolor errante.
Por qué no perpetúas el instante
antes de que en tus manos se deshaga.

Insaciable – Yolanda Castaño

Recuerdos que refrigerar, madrugadas, insulina,
un vestido, dos vestidos,
verde, azul, tostado, a rayas,
una careta de plástico,
rifles en punta en las cortinas,
tres vestidos, cuatro vestidos,
una ortodoncia para los miembros fonadores,
tofu, conejitos de pascua,
una pizca de razón, coartadas rosas,
cinco, seis, siete vestidos,
eslóganes, tapones, escalas,
todos los timbres del salvoconducto,
pases, entradas, jabones tramados,
ocho vestidos, nueve vestidos,
la pastilla del ayuno, un cardo blanco, reliquias,
quince, dieciséis vestidos, una túnica, brazaletes,
debe haber un agujero en la base de todo esto
veinte, veintiséis vestidos,
tímpanos, pantallas, peldaños,
cuatro motivos, karaoke, un grito
todo precisa imperiosamente más vestidos.

Rusia – Julio Martínez Mesanza

Me puse a divagar y pensé en Rusia;
también pensé que el alma es como Rusia
y que son sus fronteras las de Rusia,
amenazadas por las mismas hordas.
Después pensé en un carro de combate
que avanza por la estepa día y noche
dejando sus rodadas infinitas
en los fangales del primer deshielo.
Por su torreta asoma la figura
de un hidalgo espectral y delirante
que a grandes voces desafía al mundo
y pide a Dios la salvación del diablo.

Clávame con tus ojos esa nube – Claudio Rodríguez

Clávame con tus ojos esa nube
y esta esperanza de hombre que me queda.
¿Por dónde yo si estaba en la alameda
de tus ojos mintiendo cuando estuve?

Disciplina de todo lo que sube.
De lo que mira y ve, mientras se enreda
su triste agilidad, como en la rueda
de tus campos del cielo que no anduve.

Y es por seguir cegueras sin mancilla
por lo que tanta bruma nos separa
y hace del resplandor su maravilla,

su clavel mudo. ¡Y qué ajenos al daño
después, cuando tus ojos son la clara
locura de no verme siempre extraño!

A la cintura de una muchacha – Vicente Gaos

Oh, delgado contorno de la vida.
El fluir de la sangre en él acaba.
Oh, columna de luz y ansia de lava.
Volcán para mi mano estremecida.

Límite de la tarde preferida,
bajo un torso de niebla enajenada.
No hay tránsito a la noche enamorada,
pájaro sometido y sin salida.

Oh, ese cerrado cielo en que se unen
el poderoso mare y el labio suave
de la tierra: horizonte atormentado.

Cómo acecha la muerte ese volumen
hermoso, tan levísimo e ingrave.
Oh, la flecha de Dios en tu costado.