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Los Cuerpos – Bibiana Collado Cabrera

Tus rodillas

La bisagra de mi alma está en tus rodillas,
las ansias se me pliegan sobre tus talones,
violáceos, eternos, anclados…
quebrada la espera resbala por tus muslos,
genuflexión de carne, amarilla,
expectante,
la vida doblada junto a tus piernas,
rugosa y manchada de café.

Tus muñecas

Tus muñecas como un estigma de agua,
el brumoso susurro de tus capilares
corriéndome por las sienes,
dejando un reguero de humedad palpitante,
convirtiendo el movimiento de rotación en diluvio,
me aspiras cuando se mueven
tus dedos en aspersión.

Tu garganta

Tu garganta, desgajada y roja,
se me derrama manchándome la cara,
salpicando las neuronas,
dejándome trémulos resquicios de silencio
entre las arrugas,
mis poros exhuman el espacio en blanco de tus versos,
tu recuerdo es asmático.

Tu nuca

Tu nuca es un ruido que
interfiere con la lavadora cada tarde
(quizá la oreja la esté
oyendo desde el salón),
se expande y se concentra
a intervalos casi perfectos,
un aceite pétreo
que me desencaja la vista,
mientras sigo con la ropa sucia.

Tu hombro

Tu hombro se inflama lentamente, junto a las violetas.
Esta mañana, mientras regaba las plantas,
un azufre vidrioso se me ha colado
por las costillas, en un rincón
seguía él, ardiendo imperceptiblemente.

Las manos – Bibiana Collado Cabrera

I

Las manos de mi madre
tienen el olor ácido
de las naranjas –y las uñas negras–.
Quince minutos de descanso.
Un termo de café.
Cuatrocientas mujeres en una nave
industrial apilando cítricos.
Tienen el olor de lo casi podrido
y recolocan con prisa las sábanas,
temerosas de corromper
la niñez con el aliento exhausto
de los días.
En los recuerdos infantiles,
mi madre no tiene manos.
Y las fotografías obturan
la aspereza y las astillas
de los cajones.
También para ella,
crecer era escapar del escozor.
Tiempo de madrugadas escarchadas
donde miedo de madre y de hija
se confunde.

II

Fingimos haber coincidido
en algún punto de la edad adulta.
Fingimos que mi padre
es cualquier hombre y no entendemos
por qué ellos duermen plácidamente
mientras nosotras velamos.
Fingimos complicidad y, a veces,
hasta nos la creemos.
Pero el peso es demasiado grande.
Pagamos el café y nos vamos,
antes de que alguna de las dos
exhiba demasiado su tristeza
y no podamos evitar sentir
que algo hemos hecho mal.

III

Yo vuelvo de vez en cuando a casa
e intento devolverle
las manos a mi madre.
Recuerdo con ella aquel tiempo,
ya sin madrugadas escarchadas,
y difumino con paciencia el escozor.
Hoy preparamos juntas la ropa de cama
para la enfermedad venidera
y nos miramos, en silencio,
sin atrevernos a preguntar
si estaremos a la altura.
Otra vez los miedos confundidos.
Quizá ahora, al menos, lo sepamos.