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Muerte del capitán don Francisco de Aldana – Guillermo Carnero

El mar rompiendo mudo, el sol de Agosto
que no abrasa ni ciega, el vocerío
distante y apagado: al fin reposo
sin urgencia ni peso de las armas.

Flotan y se disuelven los sentidos;
desciende un leve velo y los aquieta
en una densa paz de sueño y sangre,
con pulcritud y aroma de guirnalda

negra, mientras apaga un amorcillo
su antigua antorcha, y tiembla como llama
—espejismo de amor reverberado—
una mujer muy relamida y suelta,

señalando por burla con el dedo
la nada a donde voy, con mi tesoro
de gentil amoroso acatamiento,
de versos en su honor tan bien medidos.

Segunda lección del páramo – Guillermo Carnero

Veo anegarse la llanura helada
en marea de sombra que creciente
al rojo sumidero del poniente
conduce la blancura amordazada
y a la noche cerrada
unas cuantas palabras que prudente
conseguí, menos sabio que paciente,
traigo como remedio de la nada.
Solo para regalo de mis ojos
brillan y aroman y por un momento
chisporrotean en la llama huidiza;
después, con otros restos y despojos
de voluntad y de conocimiento,
perecen hechas brasas y ceniza.

El Maelstrom en la sopa – José Luis Rey

En el viaje al confín del alimento,
al fondo de la luz no masticatile,
en esta expedición al sol hirviendo, en nuestro descender
a los misterios de otro corazón
que burbujea en el volcán, volando
en los lagos del norte, en nuestra vida gótica,
en azafrán dorado de los fiordos,
en este remolino acaba el mundo.
La cuchara del náufrago y el cuerpo adolescente
ya no sirven, se quiebran en la fuerza del descenso.
Y el vacío nos lleva, ni siquiera una pluma escapará
de tanta clara gloria.
En el borde del plato se congregan las ranas
como monjas en torno de una espiga.
Acordaos de mí, acordaos de mí,
dice el hombre que va a ser absorbido
y alzando así los ojos
ve arriba una vez más el jarrón con las flores amarillas,
el día puesto allí, desordenado,
el viejo humilde don
que se aleja en el aire. El remolino
ya convierte sus piernas en raíces del mar
y en círculos desciende, más amplios cada vez,
con cangrejos, sirenas y podrido pescado.
Todos los hombres se hunden en la sopa.
Abismo, ten piedad,
pues en la rueda azul del alimento
solamente quisimos ser muy jóvenes
para apretar los pájaros que cantan
en las axilas de una mujer.
Suena, sopa, despierta a tus ahogados.
Y lánzalos, escúpelos de nuevo
a la tierra caliente de Abraham.
En los tobillos del día, en sus escamas,
han de tenderse los despiertos y
cantar, cantar, cantar.
Y del cuerpo aterido, encallado en la costa,
se derrama otra vez
el primero y el siempre último amor.

Venecia, como entonces – Antonio Lucas

A Venecia, créeme, se llega huyendo.
Es la ruta más directa, la epidemia de todos.
Huyendo de los pasos que no has dado,
del feo imperativo del deber.
La vida es algo así,
con sus torres, con sus gatos, con su soborno roto,
con el sol retirándose del sol,
y eso lleva tiempo.

Venecia es, muy despacio, un agua que se hunde.
Y al final desconocemos si el triunfo es la ciudad o su escenario.

Por eso nunca evites su cruenta mercancía,
su meditado engaño.

Vivir es desplazarte alrededor de ti,
como hacen la sangre y los conserjes,
como saben los pájaros.
Venecia no es distinta a su amenaza
si no pierdes los ojos frente a ella.
Tampoco es evidente.
A veces parece irrepetible,
como la fruta o la clausura,
allí donde está el mar a punto de quemarse.

Y aceptas de algún modo
el primer acuerdo con la muerte, que es soñar.
Igual que hay belleza en todos esos niños
que juegan a matarse.
El cielo estuvo amable en lo alto de Venecia.
Levantó las manos contra el tiempo y no tuvimos miedo.
Porque somos más fuertes que la luz,
más necesarios.
Porque todo lo que importa
se explica por sí mismo.

Rulfo en la hora de su muerte – Óscar Hahn

Había una luna grande en medio del mundo

Era vieja de muchos años y flaca
Como si le hubieran estirado el cuero

Esta es mi muerte dijo
Si usted viera el gentío de ánimas
Que andan sueltas por la calle

Estoy aquí boca arriba
Pensando en aquel tiempo para borrar mi soledad

Me mataron los murmullos

Y se fue montado en su macho sin mirar hacia atrás
Dejándonos la imagen de la perdición

Él duerme
No lo despierten
No hagan ruido

Duró varias horas luchando con sus pensamientos
Tirándolos al agua negra del río

Y se fue desmoronando
Como un montón de piedras

En la playa nudista del inconsciente -Óscar Hahn

Un hombre está tendido en la playa nudista del
Inconsciente

A esa hora de la noche en que salen dos soles

La parte mujer de hombre corre graciosamente hacia el
Agua
La parte hombre camina en dirección a la orilla

En la playa nudista del inconsciente
Las dos partes se bañan tomadas de la mano

El sol negro se baña en el horizonte
El sol blanco se pone al rojo vivo
La mujer y el hombre hacen el amor hasta el vértigo
Sus cuerpos luchan en la arena fosforescente

Y el firmamento se llena de aerolitos
Que se desplazan a la velocidad de la luz

Nacimiento del fantasma -Óscar Hahn

Entré en la sala de baño
cubierto con la sábana de arriba

Dibujé tu nombre en el espejo
brumoso por el vapor de la ducha

Salí de la sala de baño
y miré nuestra cama vacía

Entonces sopló un viento terrible
y se volaron las líneas de mis manos
las manos de mi cuerpo
y mi cuerpo entero aún tibio de ti

Ahora soy la sábana ambulante
el fantasma recién nacido
que te busca de dormitorio en dormitorio

Bárbara Azul – Óscar Hahn

Aquella dulce muerte tu hermosísimo amor
Me ha traído a la orilla de este río nevado
De pronto en pleno invierno la descongelación
Descubre rosas rojas y bárbaras azules

Los pájaros helados se entibian sorprendidos
Un trino de color rosado pinta el cielo
A las diez de la noche: y un alba deslumbrante
Se levanta a deshora limpiándose las plumas

Aquella dulce muerte tu hermosísimo amor
Me ha rozado los ojos con su estela celeste
Y ahora en vez de lágrimas una constelación
De hipocampos dorados rueda por tus mejillas.

Tú que me diste el sol no me des toda… – José Luis Rey

Tú que me diste el sol no me des toda
la oscuridad un día.
Tú que me diste
palabra de misión
dame ahora un camino entre las sombras,
porque yo te escuché y te fui fiel,
un devoto noruego en campanarios
que proclaman tu gloria. Tú que me
diste tantas visiones
dame el ojo que no se cierra nunca.
Tú que me diste música
dame el oído en que golpea el Ser.
Los patos y las arpas se rebelan,
los muy maleducados,
contra tormentas de tu mal carácter.
¡Forjador de mi fuego!
Tú que me diste paz dame batalla.
Tú que me diste todo
lo que un hijo desea y no se atreve
a pedir dame ahora
el nadar por las venas amarillas
de otro abril.
Si en abril desperté,
en otro abril despierte
y cante yo y cante
yo tu melancolía,
general arruinado con casaca
cosida por los grillos y la estrella.
Tú que me diste el dar
no me quites aún este
recibir, recibir.
Soy esa espiga de oro tan gigante
que el niño ve en la noche
al final del pasillo
y por eso recuerda el paraíso.
Dorado, tú me diste
un pasar por la gloria pronunciando
la transfiguración.
Dame el ponerme en pie cuando me duerma.
Tú que me diste el don dame la vida.