Archivo de la categoría: Poesía nicaragüense

Autorretrato – Claribel Alegría

Malogrados los ojos
Oblicua la niña temerosa,
deshechos los bucles.
Los dientes, trizados.
Cuerdas tensas subiéndome del cuello.
Bruñidas las mejillas,
sin facciones.
Destrozada.
Sólo me quedan los fragmentos.
Se han gastado los trajes de entonces.
Tengo otras uñas,
otra piel,
¿Por qué siempre el recuerdo?
Hubo un tiempo de paisajes cuadriculados,
de gentes con ojos mal puestos,
mal puestas las narices.
Lenguas saliendo como espinas
de acongojadas bocas.
Tampoco me encontré.
Seguí buscando
en las conversaciones con los míos,
en los salones de conferencia,
en las bibliotecas.
Todos como yo
rodeando el hueco.
Necesito un espejo.
No hay nada que me cubra la oquedad.
Solamente fragmentos y el marco.
Aristados fragmentos que me hieren
reflejando un ojo,
un labio,
una oreja,
Como si no tuviese rostro,
como si algo sintético,
movedizo,
oscilara en las cuatro dimensiones
escurriéndose a veces en las otras
aún desconocidas.
He cambiado de formas
y de danza.
Voy a morirme un día
y no sé de mi rostro
y no puedo volverme.

Como tinaja – Gioconda Belli

En los días buenos,
de lluvia,
los días en que nos quisimos
totalmente,
en que nos fuimos abriendo
el uno al otro
como cuevas secretas;
en esos días, amor
en mi cuerpo como tinaja
recogió toda el agua tierna
que derramaste sobre mí
y ahora
en estos días secos
en que tu ausencia duele
y agrieta la piel,
y el agua sale de mis ojos
llena de tu recuerdo
a refrescar la aridez de mi cuerpo
tan vacío y tan lleno de vos.

Apuntes sueltos sobre un atardecer – Sergio Ramírez

Alguien está soplando entre los árboles
con sus pulmones de cristal.

Un hombre va de esquina en esquina
encendiendo las luces en los rieles
y un niño patina en el parque
y va sonriendo como
si le hubieran nacido alas
encima de su camisa,
y otro niño se mece en un trapecio,
y pasa un hombre descalzo
y otro está sentado en el atrio
y alguien quema su basura.

De la torre ha huido un pájaro
porque están repicando las campanas.

Un barrilete ha aparecido en el cielo
encima de los techos y los árboles
y hay un anciano en la puerta de su casa.

En el cielo hay una mano
cerrando todas sus puertas
y abajo un pueblo queda encendido
entre sus casas y sus hombres.

La luz azul de un avión
se va lentamente desplazando
y los niños la saludan con las manos.

Un niño ha guardado sus patines
y se quitó sus alas de la camisa.
Otro abandonó el trapecio,
y alguien perdió su barrilete,
que quedó suelto en medio de las nubes.
Una muchacha dijo “adiós”
en todas las esquinas
—adiós,
—adiós,
pero a mí no,
no me dijo “adiós”
porque vio que tenía
tomada de las manos
a esta tarde de Masatepe.

DESAPEGO DE LA HIJA – Gioconda Belli

Desde que creció me esquiva.
Alondra volando sola
alas con filo tomando altura
para desde lo alto
sacudirse mi amor como un estorbo.
La pájara pinta
mi muchacha con el garbo de una garza
a la orilla del mar
tiene la mirada lejana
de quien se sabe llegada de un lugar distante
extranjera en una tierra donde otros se reconocen.
¿Cómo sorber el aire que la aleja
soltar las plumas de los cisnes
para labrarle un nido mullido y seguro
donde atracar?
¿Cómo traducirle a su idioma de pájara
el amor del cuerpo que sin hacerla la hizo
que sin nacerla la nació
que la amará a través del espacio
a través del largo viento y la nube
que ella cabalga
evitando acercarse?
¿Cómo puedo yo
sin usar estrategias de guerra
cortarle la retirada?

Ayer te vi – Ernesto Cardenal

Ayer te vi
en la calle,
Myriam y

Te vi tan bella,
Myriam, que

(¡cómo te explico
que bella te vi!)

Ni tú Myriam,
te puedes ver
tan bella
ni imaginar
que puedes ser
tan bella para mi
y tan bella te vi
que parece que

Ninguna mujer
es más bella que tú

Ningún enamorado
ve ninguna mujer
tan bella,
Myriam,
como yo te veo a ti

Y ni tú misma
Myriam,
eres quizás
tan bella

¡Por qué
no puede ser
real tanta belleza!

Como yo te vi
de bella ayer en la calle

O como hoy me parece,
Myriam
que te vi

CONSEJOS PARA LA MUJER FUERTE – Gioconda Belli

Si eres una mujer fuerte
protégete de las alimañas que querrán
almorzar tu corazón.
Ellas usan todos los disfraces de los carnavales de la tierra:
se visten como culpas, como oportunidades, como
precios que hay que pagar.
Te hurgan el alma; meten el barreno de sus miradas o sus
llantos
hasta lo más profundo del magma de tu esencia
no para alumbrarse con tu fuego
sino para apagar la pasión
la erudición de tus fantasías.

Si eres una mujer fuerte
tienes que saber que el aire que te nutre
acarrea también parásitos, moscardones,
menudos insectos que buscarán alojarse en tu sangre
y nutrirse de cuanto es sólido y grande en ti.

No pierdas la compasión, pero témele a cuanto conduzca
a negarte la palabra, a esconder quién eres,
lo que te obligue a ablandarte
y te prometa un reino terrestre a cambio
de la sonrisa complaciente.

Si eres una mujer fuerte
prepárate para la batalla:
aprende a estar sola
a dormir en la más absoluta oscuridad sin miedo
a que nadie te tire sogas cuando ruja la tormenta
a nadar a contracorriente.

Entrénate en los oficios de la reflexión y el intelecto.
Lee, hazte el amor a ti misma, construye tu castillo
rodéalo de fosos profundos
pero hazle anchas puertas y ventanas.

Es menester que cultives enormes amistades
que quienes te rodean y quieran sepan lo que eres
que te hagas un círculo de hogueras y enciendas en el
centro de tu habitación
una estufa siempre ardiente donde se mantenga el hervor
de tus sueños.

Si eres una mujer fuerte
protégete con palabras y árboles
e invoca la memoria de mujeres antiguas.

Has de saber que eres un campo magnético
hacia el que viajarán aullando los clavos herrumbrados
y el óxido mortal de todos los naufragios.
Ampara, pero ampárate primero.
Guarda las distancias.
Constrúyete. Cuídate.
Atesora tu poder.

Defiéndelo.
Hazlo por ti.
Te lo pido en nombre de todas nosotras.

LA AGONÍA DE LA MARIPOSA – Gioconda Belli

Más allá de la medianoche
en solitaria vigilia mientras la casa y sus ocupantes duermen
de puntillas me acerco a buscar la fruta,
el pedazo de pan para el hambre del insomnio.
Desplomada en el piso
agitándose moribunda
agoniza una mariposa.
El batir de sus alas se escucha en el silencio
como una llamada de auxilio.
Nunca he atendido o curado a una mariposa.
¿Qué haré? ¿Cómo impediré que perezca?
Nada puedo. Tan solo acompañar su agonía
sentarme en el suelo a su lado.
La oscura mariposa nocturna
tiene ojos de gato en las alas
dibujos y jeroglíficos de los seres míticos que la dibujaron
y la hicieron bella para la corta temporada de su vida.
Se queda quieta al fin.

Yo regreso a mi cama.
Torpe criatura que no pudo ayudarla.

Salmo 5 – Ernesto Cardenal

Escucha mis palabras oh Señor
Oye mis gemidos
Escucha mi protesta
Porque no eres tú un Dios amigo de los dictadores
ni partidario de su política
ni te influencia la propaganda
ni estás en sociedad con el gangster

No existe sinceridad en sus discursos
ni en sus declaraciones de prensa

Hablan de paz en sus discursos
mientras aumentan su producción de guerra

Hablan de paz en las Conferencias de Paz
y en secreto se preparan para la guerra

Sus radios mentirosos rugen toda la noche

Sus escritorios están llenos de planes criminales
y expedientes siniestros
Pero tú me salvarás de sus planes

Hablan con la boca de las ametralladoras
Sus lenguas relucientes
son las bayonetas…

Castígalos oh Dios
malogra su política
confunde sus memorandums
impide sus programas

A la hora de la Sirena de Alarma
tú estarás conmigo
tú serás mi refugio en el día de la Bomba

Al que no cree en la mentira de sus anuncios comerciales
ni en sus campañas publicitarias ni en sus campañas políticas
tú lo bendices
Lo rodeas con tu amor
como con tanques blindados

Salmo 1 – Ernesto Cardenal

Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido
ni asiste a sus mítines
ni se sienta en la mesa con los gangsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus slogans.

Será como un árbol plantado junto a una fuente.

Imitación de Propercio (extracto) – Ernesto Cardenal

De pronto suena en la noche una sirena
de alarma, larga, larga,
el aullido lúgubre de la sirena
de incendio o de la ambulancia blanca de la muerte,
como el grito de la cegua en la noche,
que se acerca y se acerca sobre las calles
y las casas y sube, sube, y baja
y crece, crece, baja y se aleja
creciendo y bajando. No es incendio ni muerte:
Es Somoza que pasa.