Santoral agreste – Rafael Alberti

¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!

Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.

El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,

corre tras la paloma de la sierra,
para glorificarla en los altares,
bajo la luz de este soneto mío.

Crónica – Mário Quintana

El Objeto Amado me mira de reojo.
¡Dios mío, qué anticuado es,
si ya no se enamora así,
si se perdió hace mucho cualquier romanticismo!
Antes fluían los deseos
a distancia, mediante ondas hertzianas.
Y una mirada apenas hubo quien la guardó
toda su vida, como una joya intransferible.
Era igual que en los libros y en el cine,
aunque ésos no copiaban la vida, en realidad.
Como ya no hay suspiros, se fueron los poetas
y el mundo ha terminado con una cuerda menos.

Lugares – Ulalume González de León

No sé donde está el árbol
que me hace estar tán lejos
ahora que se acerca

No sé si yo lo traigo
o si es él quien me lleva

Un hilo desde el fondo de su tiempo
tira de mí y me arrastra

mientras tiro de un hilo
para arrancarlo al fondo de su tiempo

Él llega -árbol entero
Yo de mí misma falto

La memoria nos cambia de lugares
sin movernos de nuestros sitios

IMRAM – Antonio Rivero Taravillo

Una navegación extraordinaria.
Eachtraí: aventuras maravillosas
cruzando el mar. Así ahora
he venido a esta isla que dejaron
los marinos atrás. Marcó su estela
la senda de las focas y delfines,
camino de ballenas, hasta aquí,
empedrado de espumas
y con losas de algas y de arenques.

Una navegación extraordinaria
no desde Irlanda, hacia su costa.
San Brendan no viajó a lugar más mágico.

Sobre la colina de Tara,
vi yo
         mi sombra,
mi luz.

Reseña del poeta

Serenidad – Gabriela Mistral

Y después de tener perdida
lo mismo que un pomar la vida,
—hecho ceniza, sin cuajar—
me han dado esta montaña mágica,
y un río y unas tardes trágicas
como Cristos, con qué sangrar.

Los niños cubren mis rodillas;
mirándoles a las mejillas
ahora no rompo a sollozar,
que en mi sueño más deleitoso
yo doy el pecho a un hijo hermoso
sin dudar...

Estoy como el que fuera dueño
de toda tierra y todo ensueño
y toda miel;
¡y en estas dos manos mendigas
no he oprimido ni las amigas
sienes de él!

De sol a sol voy por las rutas,
y en el regazo olor a frutas
se me acomoda el recental:
¡tanto trascienden mis abiertas
entrañas a grutas, y a huertas,
y a cuenco tibio de panal!

Soy la ladera y soy la viña
y las salvias, y el agua niña:
¡todo el azul, todo el candor!
Porque en sus hierbas me apaciento
mi Dios me guarda de sus vientos
como a los linos en la flor.

Vendrá la nieve cualquier día;
me entregaré a su joya fría
(fuera otra cosa rebelión).
Y en un silencio de amor sumo,
oprimiendo su duro grumo
me irá vaciando el corazón.

cura para lo inconfesable – Regina Salcedo

a la señora le parece que la cura podría hallarse en una imitación aproximada.
por supuesto: prohibidos los espejos; dentro y fuera.
nada de detenerse
a quebrarle la cáscara a tan precaria nuez.

si le fuera posible,
buscaría financiación pidiendo un crédito
o por medio de un crowdfunding  fraudulento.

si de algo está segura
es de que el universo no va a proporcionarle patrocinio
ni a honrarle con la vista de todas sus peonzas
centrifugando unísonas.

por el contrario, teme
que su único aporte consista en unas risas enlatadas
cuando ella se resbale en una roca,
cuando pase los tres primeros días
magullada en urgencias.

así que de momento, para siempre,
se conforma tejiendo tiritas discursivas,
escribiendo secretos en recibos
que introduce en toperas y otros huecos.

y luego, cada noche,
se acuesta unos minutos más temprano,
la huida, cada noche,
un poco más temprano.

El amante – Herman Hesse

Ahora yace tu amigo despierto en la noche templada,
tibio de ti todavía, lleno de tu aroma todavía,
de tu mirada y de tu pelo y de tu beso, ¡oh medianoche,
oh luna y estrella, y aire azulado de neblina!
A ti, amada, asciende mi sueño
hondamente, como dentro del mar, el monte y el abismo,
salpicado en la rompiente y desvanecido en espuma,
es sol, bestia, raíz,
sólo en torno a ti,
para estar cerca de ti.

Saturno gira lejos, y la luna, no los veo,
sólo tu rostro veo como pálida flor,
y río en silencio y extasiado lloro,
ya no hay más dicha, no más sufrimiento,
sólo estás tú, sólo nosotros, sumergidos
en el profundo Todo, en el profundo mar,
allí estamos perdidos,
allí morimos y para renacer volvemos.

Inventario galante – Antonio Machado

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano,
negras noches sin luna,
orilla al mar salado,
y el chispear de estrellas
del cielo negro y bajo.
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.
Y tu morena carne,
los trigos requemados,
y el suspirar de fuego
de los maduros campos.

Tu hermana es clara y débil
como los juncos lánguidos,
como los sauces tristes,
como los linos glaucos.
Tu hermana es un lucero
en el azul lejano...
Y es alba y aura fría
sobre los pobres álamos
que en las orillas tiemblan
del río humilde y manso.
Tu hermana es un lucero
en el azul lejano.

De tu morena gracia,
de tu soñar gitano,
de tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.
Me embriagaré una noche
de cielo nebro y bajo,
para cantar contigo,
orilla al mar salado,
una canción que deje
cenizas en los labios...
De tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.

Para tu linda hermana
arrancaré los ramos
de florecillas nuevas
a los almendros blancos,
en un tranquilo y triste
alborear de marzo.
Los regaré con agua
de los arroyos claros,
los ataré con verdes
junquillos del remanso...
Para tu linda hermana
yo haré un ramito blanco.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades