Brasa desnuda – Juan Bañuelos

Es el momento del deseo.

Acostada, desnuda,
te extiendes como la piel de una colina mordida por el sol.
Empiezo a contemplarte desde tu pie dormido en el aire,
tus piernas puntuales, mientras subo mis ojos,
se dan cita en una dársena negra, sitiada
por húmedos carbones, carbones de labios,
labios de lianas.
En este instante cumplo la edad del deseo
en el rostro más tierno de la tarde.
La fruta resbala,
cada minuto crece, se hincha ardiendo.
A las seis del espejo entro en ti
como el huésped más esperado,
sencillo como el río del día
te cubro con mi piel de hombre,
soy la lengua que recorre tus venas para callarte,
te quito los ojos dolorosamente,
te doy otros dos brazos para pesar la vida,
mi boca llovizna en tus pechos,
rayo tu espalda para escribir tu nombre,
con mis huesos te hablo,
tu quejido es el más largo que escuchará la noche.
Qué animales humanos más hermosos.

Cuando quedamos solos, desnudos cuando termina todo,
graniza la sensación de que el aire
nos ha descubierto.

Vivo sin vivir en mí – Santa Teresa de Jesús

Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

Diálogo – Silvina Ocampo

Te hablaba del jarrón azul de loza,
de un libro que me habían regalado,
de las Islas Niponas, de un ahorcado,
te hablaba, qué sé yo, de cualquier cosa.

Me hablabas de los pampas grass con plumas,
de un pueblo donde no quedaba gente,
de las vías cruzadas por un puente,
de la crueldad de los que matan pumas.

Te hablaba de una larga cabalgata,
de los baños de mar, de las alturas,
de alguna flor, de algunas escrituras,
de un ojo en un exvoto de hojalata.

Me hablabas de una fábrica de espejos,
de las calles más íntimas de Almagro,
de muertes, de la muerte de Meleagro.
No sé por qué nos íbamos tan lejos.

Temíamos caer violentamente
en el silencio como en un abismo
y nos mirábamos con laconismo
como armados guerreros frente a frente.

Y mientras proseguían los catálogos
de largas, toscas enumeraciones,
hablábamos con muchas perfecciones
no sé en qué aviesos, simultáneos diálogos.

El deseo – Rafael Courtoisie

Animalito de mí, criatura parda, gorrión, el deseo de mí en vos es lo
último que quisiera nombrar; pues si lo nombro, desaparece. Y
lo nombro de todas formas, y crece en mí como quisiera que creciera
en vos, y en cada palmo de soledad el deseo descubre como un
explorador del siglo XVII indígenas, nativos de mi ocasión, salvajes
de mi cuerpo, seres desnudos, guerreros emplumados dispuestos
a matar o a vivir por el silencio blanco de los objetos del universo.

El deseo es barro de la creación, agua que transforma el viento de
la felicidad.

Felicidad que no sabe qué hacer, a dónde ir, dónde quedarse.
Felicidad que es comienzo y fin de ese deseo, felicidad que es tierra
donde nacen los sueños parecidos al amor y acaba el tiempo,
felicidad como una palabra de vidrio que golpea el sol de la muerte
y lo hace trizas.

Nube dormida de todo lo que existe.

Vigilia de vos.

La belleza – Josefa Parra

Solo es hermoso el hermoso cuando alguien lo mira
Safo

No sabéis cómo duele la belleza.
Infecunda,
abierta sobre el lecho, la carne fulgurante
me adelanta un futuro donde estaremos solos.
Coronadme de acónito, no de frescos laureles,
no de rosas fragantes, no de ramas de mirto.
Coronadme más bien para un día de llanto;
hacedme más hermosa, más triste, más oscura.
(Estoy viéndome ya enlutada y ajena)
Coronadme de flores amargas de cicuta,
no de tallos de eneldo ni de enredados pámpanos.
(Estoy viendo el dolor desde que os he mirado,
pero no me arrepiento de este amor sin fortuna)

María – Bibiana Collado Cabrera

Cada mañana el mundo aparece blanco
y ella emprende con ahínco la tarea
de volver a crearse en el lenguaje.
Recompuestos unos pocos nombres,
adjudica a cada objeto un uso,
incluido su propio cuerpo.

Lo cotidiano se ha convertido
en perturbadoramente extraño.

Desconcertada,
se acerca a cajones y baúles
y palpa los restos de los ajuares
que las hijas no quisieron llevarse
‒ni hablamos, por supuesto, de las nietas‒.
Mientras tanto, Marta, que permanece
y la cuida, busca con obsesión
la dignidad en la limpieza.

La niñez, altiva, es la única
que persevera en su memoria.
Aunque nadie sabe a ciencia cierta
si el José de sus murmullos llegó
por fin a la ermita o si su padre
partió el cayado contra la higuera.

Endecha – Mario Rivero

Estábamos perdidos
cuando nos encontramos
en aquel retraso de aeropuerto.

Yo estaba lleno de noche y de frío,
aunque había pasado tres días
en el “San Francisco”,
con una muchacha de nalgas redondas.

Tu creíste que yo era un camionero.
Admiraste la vulgaridad de mi estilo
y me amaste por ello.
-No lo era.-

Yo creí que tú eras una princesa,
que arrastraba hasta mí su aburrimiento.
-Y es verdad.-

Como es verdad que seguimos estando perdidos.
Yo, por no poder soportar la realeza,
tú, por no saber nunca lo que estás haciendo.

Idilio – Jaime García Terrés

Adolezco de fútiles cariños
unos con otros ayuntados.
Bebo no sin ternura mi taza de café. Conservo
retratos azarosos y animales domésticos.
Me absorben los rumores en la calle,
los muros blancos al amanecer,
la lluvia, los jardines públicos.
Mapas antiguos, mapas nuevos, llenan mi casa.
La música más frívola complace mis oídos.
Innumerables, leves,
como la cabellera de los astros,
giran en torno a mi destino minucias y misterios.
Red que la vida me lanza;
piélago seductor entre cuyo paisaje voy sembrándome.

Cuando ella pasa – Fernando Pessoa

Sentado junto a la ventana,
A través de los cristales, empañados por la nieve,
Veo su adorable imagen, la de ella, mientras
Pasa… pasa… pasa de largo…

Sobre mí, la aflicción ha arrojado su velo:-
Una criatura menos en este mundo
Y un ángel más en el cielo.

Sentado junto a la Ventana,
A través de los cristales, empañados por la nieve,
Pienso que Veo su imagen, la de ella,
Que no pasa ahora… que no pasa de largo…

Poesía de todas la épocas y nacionalidades