Libertad – Dámaso Alonso

Qué hermosa eres, libertad. No hay nada
que te contraste. ¿Qué? Dadme tormento.
Más brilla y en más puro firmamento
libertad en tormento acrisolada.

¿Que no grite? ¿Mordaza hay preparada?
Venid: amordazad mi pensamiento.
Grito no es vibración de ondas al viento:
grito es conciencia de hombre sublevada.

Qué hermosa eres, libertad. Dios mismo
te vio lucir, ante el primer abismo
sobre su pecho, solitaria estrella.

Una chispita del volcán ardiente
tomó en su mano. Y te prendió en mi frente,
libre llama de Dios, libertad bella...

El desposeído – Cintio Vitier

No son mías las palabras ni las cosas.
Ellas tienen sus fiestas, sus asuntos
que a mí no me conciernen,
espero sus señales como el fuego
que está en mis ojos con oscura indiferencia.

No son míos el tiempo ni el espacio
(ni mucho menos la materia).

Ellos entran y salen como pájaros
por las ventanas sin puertas de mi casa.

Alguien habla detrás de esta pared.

Si cruzara, sería en la otra estancia:
el que habla soy yo, pero no entiendo.

Tal vez mi vida es una hipótesis
que alguno se cansó de imaginar,
un cuento interrumpido para siempre.

Estoy solo escuchando esos fantasmas
que en el crepúsculo vienen a mirarme
con ansia de que yo los incorpore:
¿querría usted negar, sufrir, envanecerse?
No es mía, les respondo, la mirada,
negar sería espléndido, sufrir, interminable,
esas hazañas no me pertenecen.

Pero de pronto no puedo disuadirlos,
porque no oigo ya mi soledad
y estoy lleno, saciado, como el aire,
de mi propio vacío resonante.

Y continúo diciéndome lo mismo, que no tengo
ninguna idea de quién soy,
dónde vivo, ni cuándo, ni por qué.

Alguien habla sin fin en la otra estancia.
Nada me sirve entonces. No estoy solo.
Estas palabras quedan afuera, incomprensibles,
como los guijarros de la playa.

Bubólica – Vicente Molina Foix

Arrancar florecillas
del campo
está hecho para nosotros.

Y saltar riachuelos
sin que el salto
nos impida seguir
con la mirada
los deslices plateados
del pez vivo.

Oír la esquila y ver
las nubes bajas
confundidas
con los recién nacidos
del rebaño.

Recostarse a la sombra
del arbolito
que apenas tiene
y observar cómo crecen
las crías de la reina
de las rapaces.

Una naturaleza pequeña
le conviene
a nuestro repentino
y algo escuálido amor.

Historia de mi muerte – Leopoldo Lugones

Soñé la muerte y era muy sencillo:
Una hebra de seda me envolvía,
Y a cada beso tuyo,
Con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
Era un día;
Y el tiempo que mediaba entre dos besos
Una noche. La muerte es muy sencilla.

Y poco a poco fue desenvolviéndose
La hebra fatal. Ya no la retenía
Sino por sólo un cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría,
Y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.

Canción del desamor – Mariluz Escribano

Ahora, cuando recuerdo
tus labios de cereza,
vagabundos de amor entre las calles,
y la dulce penumbra de tus ojos,
viajeros del ocaso.
Cuando sé positivamente cierto
que no hubo corazón más traspasado
que el que yo te ofrecí,
escríbeme una carta
o llama por teléfono
para que alguien recoja mi persona
que dejo abandonada en el asfalto
donde los coches claman
su impaciencia fallida en el semáforo,
y los hombres soportan
su soledad de estatua indiferente.

Y si alguien me encontrara
con los ojos cerrados,
aunque caballos lancen mi corazón al cielo,
será que ya estoy muerta
y alguien me dejará una flor en las manos.

La venganza es un cerco de barro – Isabel Bono

mira
envejecen los vivos
con sus zapatos nuevos
envejecen las manos de sus hijos
también nuevas
como las tuyas, recorriendo mi cara
cada noche
después de la primera noche

después tus manos nunca más
como los vivos que mueren
como sus hijos
que también mueren

hasta los árboles mueren
porque no saben ser nómadas
como tus manos

cortaron los árboles, queda una palmera
las piedras no parecen las mismas

si rezara rezaría por ti
por los vivos
por las manos de sus hijos
por todos los árboles

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo… – Pablo Neruda

Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
y por las calles voy sin nutrirme, callado,
no me sostiene el pan, el alba me desquicia,
busco el sonido líquido de tus pies en el día.

Estoy hambriento de tu risa resbalada,
de tus manos color de furioso granero,
tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
quiero comer tu piel como una intacta almendra.

Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
la nariz soberana del arrogante rostro,
quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas

y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
buscándote, buscando tu corazón caliente
como un puma en la soledad de Quitratúe.

Si esta paloma se quema… – María Zambrano

SI ESTA paloma se quema,
no es sólo en la zarza ardiente
sino bebiendo una fuente
que corre entre la alhucema.
Fuente viva y con amor
que va hacia la noche oscura,
pero nace de la pura
claridad de un ancho frescor
de Misericordia que es llave
del mejor humano
y tierra y sol de su mies.
Y esta p[aloma] en su vuelo
lleva un aire castellano
por lo universal del cielo.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades