Animales Seniles V – Adriana Tafoya

 

Al cuerpo de Andrea

Envuelta en el cristal

del vítreo y quebradizo ataúd

húmeda te encuentras

para que nadie te empañe

de sus gruesas pupilas

de lascivos ancianos

                 de pómulos resecos

rodeas tu cuerpo

con ramilletes de encarnadas gardenias

que aroman con el perfume

de un animal negro y yerto

carne de cera

tu mano

que curvada y elástica

te arropa

el lánguido pudor de la cara

la ceniza

pelusa en tus pestañas

indicios de la tierra

donde tus ojos fueron sepultados

                              pausa el tiempo

te germinan ángeles antiguos

también velludos gatos enroscados

que retorciéndose levemente

se estremecen

bajo las satinadas mantas

En este matraz ornamental

no te quebranta el dolor de las caricias

ni el desgaste por el tacto

La mordedura de la boca

carna otros labios

que develan de la muerte

su nítido e invisible significado

El derrame

de tu cabello

embadurna

de sombra

el descenso

hacia los pies

minúsculos pequeños

y atrofiados

Nacer bajo las gasas del luto

ondularse inmune

al daño

al tedio

al espanto

y laxa al fin

no florecer más

en los jardines

agria

seda

desvaneciéndote

Días y noches te he buscado… – Vicente Huidobro

Días y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde cantas
Te he buscado por el tiempo arriba y por el río abajo
Te has perdido entre las lágrimas

Noches y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde lloras
Porque yo sé que estás llorando
Me basta con mirarme en un espejo
Para saber que estás llorando y me has llorado

Sólo tú salvas el llanto
Y de mendigo oscuro
Lo haces rey coronado por tu mano

Lo que nos diste – César Simón

Avena diste, nubes.
Diste el silencio de la tierra,
la densa pulsación de un vino
que lamía la carne. Diste el ocre
ribazo que alimenta
esas brozas.

Sabíamos de las piedras
-de noche allí se posan los mochuelos-,
las diferentes copas y los modos
de estar, de ser ásperos, duros,
el olivo, el almendro, el algarrobo.

Para nosotros era el tiempo raudo,
más difícil la llama de la sangre;
pues yo creía ver
en el tostado rosa de la piel
los puntos
de arena aún,
la sal ya seca en finos
encajes, en el pelo aún mojado
de aquella agua del mar que en él olía;
yo allí creía ver algo más hondo
que un fácil cuerno de abundancia.

Oh ribazo clemente, entonces vino
tu cuerpo, vino tu sustancia,
tu hondura, tu volteo
en la luz, en las nubes y la broza.
Vino entonces el acto de las ropas,
tosco, el tanteo de los frutos
que a las manos prendían en sus cepos.
Y nosotros sabíamos, no obstante.
que estábamos perdidos,
hundidos en la tibia madriguera,
en el vergel viscoso de un instante.

Allí, prietos, como un canto rodado
en el lecho del río; allí, entregados,
mas sin perder la aguja que te punza
la frente. Y, por eso mismo,
serios, humanos, con la vida cierta,
verdadera, en sus límites tenaces.
Aquí había de ser la salvación
o no sería nunca.

No, no lo sería.
Así había que ser, amargos
como el baladre en medio de la rambla;
ásperos, duros, como la carrasca;
simples, intensos, sin quererlo ser ,
como el tomillo; sabedores mudos,
como la roca, como el cielo raso,
que allí están y allí insisten, y allí esperan.

Ruido – Elvira Sastre

Si te marchas
hazlo con ruido:
rompe las ventanas,
insulta a mis recuerdos,
tira al suelo todos y cada uno
de mis intentos
de alcanzarte,
convierte en grito a los orgasmos,
golpea con rabia el calor
abandonado, la calma fallecida, el amor
que no resiste,
destroza la casa
que no volverá a ser hogar.
Hazlo como quieras,
pero con ruido.

No me dejes a solas con mi silencio.

SÁTIRO Y NINFAS (Trío) – Óscar Hahn

Hermosas ninfas que en el río metidas
contentas habitáis.
Garcilaso

Quiénes son estas ninfas estos seres
de aguas tibias y dulces como ellas:

pechos que ondulan suaves nalgas bellas
almas de ninfas cuerpos de mujeres

Entro en el agua azul de la bañera
lamo sus muslos gozo su delicia

ríen con esa risa que acaricia
una me da el pezón la otra espera

Mientras mi mente alucinada fragua
posiciones y ardientes fantasías

nos acostamos en la cama de agua
Tres fuegos suman una sola llama

Y reinventamos las mitologías
sobre las tibias aguas de la cama

El Tambor – Nancy Morejón

Mi cuerpo convoca la llama
Mi cuerpo convoca los humos
Mi cuerpo en el desastre
Como un pájaro blando
Mi cuerpo como islas.
Mi cuerpo junto a las catedrales.
Mi cuerpo en el coral
Aires los de mi bruma
Fuego sobre mis aguas.
Aguas irreversibles
En los azules de la tierra
Mi cuerpo en plenilunio
Mi cuerpo como las codornices
Mi cuerpo en una pluma
Mi cuerpo al sacrificio
Mi cuerpo en la penumbra
Mi cuerpo en claridad
Mi cuerpo ingrávido en la luz
Vuestra, libre, en el arco.

CAPECE FARAONE – Vicente Lamas

Aquel muchacho triste, huraño y sensitivo
que amó la novia trágica de Poe y de Verlaine,
se fue tras la derrota de un ensueño perdido
vistiendo sus miserias de olímpico desdén.

Bohemio trashumante, su sueño extenuativo
supo de lo divino, de lo humano también.
Capece Faraone, hermano intelectivo,
que olvidado te pudras, de los hombres. Amén.

¡Qué mala fue la vida contigo! Solitario.
tus penas arrastraste hasta el Monte Calvario,
con la dulce sonrisa de la resignación.

¡Qué mala fue la vida! Qué larga tu agonía
¿Tu delito? La gracia de soñar noche y día
y tener, como brazos, abierto el corazón.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades