Tú pudiste evitar
que me rasgara el alma
en los alambres
espinados y puestos por los hombres.
Yo bien te pregunté
si tras aquella senda——en apariencia clara——
habría noche para los sentidos. Y noche para ti. A ti te alcanza.
Tú nada respondiste. Yo creí que asentías.
Caminé
poniendo mucha luz en las pupilas.
Caminé... Tú pudiste evitarlo. Tú veías... Lo veías, Señor.
Y, lo mismo que ahora,
jugaste con el brillo
de una estrella asustada y fugacísima.
Y me dejaste ir. Pisar. Hundirme.
Pero aun así
siento que yo te lato
en la divina arteria de tu Esencia (los humanos decimos corazón).
Aun así
ciegamente confío
en esa muda voz que te reclamo.
Sólo digo a menudo:
«No comprendo..., no sé. ¡Porque Tú podías!»
Divagación X – Yolanda Pantin
Antes de abrir esta boca es mía
decir que es esto lo que quiero
sufro dictando un número pierdo
el café la cucharilla la rodilla o Vallejo
Antes de amar
-que es tan solemne-
largo a sudar el quejo del estado
ya diviso los obstáculos el salto me impresiona
trastabilleo un caballo
todo me asalta un miedo formidable
Antes de besar
-que es tan humano-
resumo del peso alocución de esclavo
paño lagrimeo amor hasta el detalle
Antes de llegar ya me voy
y de nada me pierdo que no sea la muerte
Retórica del sí – Ida Vitale
DESDE el cuchillo descendió la orden:
—No más dudas.
Descolguemos del árbol
las preguntas de cuerpo inanimado.
No más cuándos ni nuncas.
El expolio se ofrece en beneficio
del poeta futuro.
Entre la sangre, el miedo
y sus mortales invenciones,
en la centuria de ceguera insana,
contra hogueras
que un frío viento tinto reconstruye,
se exige fuertes pasos,
palabras positivas y enjoyadas.
Con la suma de dudas excluidas
qué fantasmal corona de ciprés aseguran.
LLANURA DE TULUÁ – Fernando Charry Lara
Al borde del camino, los dos cuerpos
uno junto del otro,
desde lejos parecen amarse.
Un hombre y una muchacha, delgadas
formas cálidas
tendidas en la hierba, devorándose.
Estrechamente enlazando sus cinturas
aquellos brazos jóvenes,
se piensa:
soñarán entregadas sus dos bocas,
sus silencios, sus manos, sus miradas.
Mas no hay beso, sino el viento
sino el aire
seco del verano sin movimiento.
Uno junto del otro están caídos,
muertos,
al borde del camino, los dos cuerpos.
Debieron ser esbeltas sus dos sombras
de languidez
adorándose en la tarde.
Y debieron ser terribles sus dos rostros
frente a las
amenazas y relámpagos.
Son cuerpos que son piedra, que son nada,
son cuerpos de mentira, mutilados,
de su suerte ignorantes, de su muerte,
y ahora, ya de cerca contemplados,
ocasión de voraces negras aves.
El mueble – Manuel del Cabral
Por escupir secretos en tu vientre,
por el notario
que juntó nuestros besos con un lápiz,
por los paisajes que quedaron presos
en nuestra almohada a trinos desplumados,
por la pantera aún que hay en un dedo,
por tu lengua
que de pronto desprecia superficies,
por las vueltas al mundo sin orillas
en tu ola con náufragos: tu vientre;
y por el lujo que se dan tus senos
de que los limpie un perro que te lame,
un ángel que te ladra si te vistes,
cuatro patas que piensan cuando celan;
todo esto me cuenta solamente tu cuerpo,
un volumen insólito de sueldos regateados,
un ponerme por dentro detectives,
cuidarme en las esquinas de tu origen,
remendar mi heroísmo de fonógrafo antiguo,
todo el año lavando mis bolsillos ingenuos,
atrasando el reloj de mi sonrisa,
haciendo blando el día cuando llega visita,
poniéndole gramática a tus ruidos,
poniendo en orden
el manicomio cuerdo de tu sexo;
déjame ahora
que le junte mis dudas a la escoba,
quiero quedarme limpio como un plato de pobre;
tú,
que llenaste mi sangre de caballos, tú,
que si te miro me relincha el ojo,
dobla tu instinto como en una esquina
y hablemos allí solos,
sin el uso,
sin el ruido
del alquilado mueble de tu cuerpo.
La llave – María Victoria Atencia
Me despoja de mí el silencio en las torres
que una llave de piedra o de plata me abren,
y a las veras del agua se desnuda de aljófar
y nácar la nostalgia. Deja escurrir el mirto
una gota de aroma que sacude a la alberca.
Puedo ungirme las yemas para dar luz a un ciego.
Discurro con la noche. Los cipreses se alzan.
Soy el vacío ya. Ni una voz me sostiene.
La mariposa blanca – Martha Asunción Alonso
En el velador de la residencia,
la mariposa blanca
y los cabellos blancos de mi abuela.
Mi abuela.
Con sus 91 años recién cumplidos,
apoyada en su bastón,
se queja porque esto está lleno de viejos con bastón.
Y se mira los ríos de las manos
y no le teme al mar.
¿Quién se ha posado sobre quién?
(De Balkánica, Torremozas, 2018)
DOMINGO A SOLAS – Guillermo Marco Remón
Es cierto que creí
que el dolor me guiaría
por las habitaciones de la casa
a la que a veces llamo sin saber si hay alguien.
Esperando en la puerta
de ese hogar nos perdimos,
Dios y yo
nos hicimos humanos con la espera.
Él trajo las preguntas a la orilla
de la memoria cuando el balbuceo
era fe.
Y ahora evoco la oración, la duda.
Después de tantos domingos a solas,
perdóname:
he olvidado tu nombre.
Canto XXXV – Antonio Colinas
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.He respirado al lado del mar fuego de luz.Lento respira el mundo en mi respiración.En la noche respiro la noche de la noche.Respira en labio el labio el aire enamorado.Boca puesta en la boca cerrada de secretos,respiro con la savia de los troncos talados,y como roca voy respirando el silencio,y como las raíces negras respiro azularriba en los ramajes de verdor rumoroso.Me he sentado a sentir cómo pasa en el caucesombrío de mis venas toda la luz del mundo.Y yo era un gran sol de luz que respiraba.Pulmón el firmamento contenido en mi pechoque inspira la luz y espira la sombra,que recibe el día y desprende la noche,que inspira la vida y espira la muerte.Inspirar, espirar, respirar: la fusiónde contrarios, el círculo de perfecta conciencia.Ebriedad de sentirse invadido por algosin color ni sustancia, y verse derrotadoen un mundo visible por esencia invisible.Me he sentado en el centro del bosque a respirar.Me he sentado en el centro del mundo a respirar.Dormía sin soñar, mas soñaba profundoy, al despertar, mis labios musitaban despacioen la luz del aroma: Quien lo ha conocidose calla y quien habla no lo ha conocido.
Canción para una muchacha de ojos verdes – César Dávila Andrade
Mujer de ojos verdes, como el recuerdo dulce de la vida campestre.
Arbolillos de leche tiemblan en tu retina
junto a islas de verde sustancia evaporada.
El más pálido aire, reverdece a tu paso;
como un libro de alfombras y nardos deshojados;
como un ángel desnudo en un claro del bosque ;
como el color muriente que atraviesan los nómades...
Tú, en las manos que imploran, al caer, con los náufragos;
en las alas que arrastran los sauces caminantes;
en el sulfato ileso del océano amargo ,
en la albúmina tierna que roen las cigarras;
en el ramo erizado que abrazan las novicias
muriendo como lirios, en soledad de sexo...
Tú en el agua viajera, redonda como el mundo,
en el éxtasis breve de la hierba naciente.
Suavidad en la escala más tierna del Domingo.
Ligera como un ala de menta en las falanges.
Ligera como el hoyo de un nido en los manzanos.
Vaporosa nodriza de una cuna de tréboles,
ala de margarita que retoña las hadas...
Tu mirada es la infancia del color de la tierra.
El camino de azúcar que abre la primavera,
con una cuadrilla exacta de golondrinas ágiles
en la clara materia que alimenta los campos...

