En el velador de la residencia,
la mariposa blanca
y los cabellos blancos de mi abuela.
Mi abuela.
Con sus 91 años recién cumplidos,
apoyada en su bastón,
se queja porque esto está lleno de viejos con bastón.
Y se mira los ríos de las manos
y no le teme al mar.
¿Quién se ha posado sobre quién?
(De Balkánica, Torremozas, 2018)
DOMINGO A SOLAS – Guillermo Marco Remón
Es cierto que creí
que el dolor me guiaría
por las habitaciones de la casa
a la que a veces llamo sin saber si hay alguien.
Esperando en la puerta
de ese hogar nos perdimos,
Dios y yo
nos hicimos humanos con la espera.
Él trajo las preguntas a la orilla
de la memoria cuando el balbuceo
era fe.
Y ahora evoco la oración, la duda.
Después de tantos domingos a solas,
perdóname:
he olvidado tu nombre.
Canto XXXV – Antonio Colinas
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.He respirado al lado del mar fuego de luz.Lento respira el mundo en mi respiración.En la noche respiro la noche de la noche.Respira en labio el labio el aire enamorado.Boca puesta en la boca cerrada de secretos,respiro con la savia de los troncos talados,y como roca voy respirando el silencio,y como las raíces negras respiro azularriba en los ramajes de verdor rumoroso.Me he sentado a sentir cómo pasa en el caucesombrío de mis venas toda la luz del mundo.Y yo era un gran sol de luz que respiraba.Pulmón el firmamento contenido en mi pechoque inspira la luz y espira la sombra,que recibe el día y desprende la noche,que inspira la vida y espira la muerte.Inspirar, espirar, respirar: la fusiónde contrarios, el círculo de perfecta conciencia.Ebriedad de sentirse invadido por algosin color ni sustancia, y verse derrotadoen un mundo visible por esencia invisible.Me he sentado en el centro del bosque a respirar.Me he sentado en el centro del mundo a respirar.Dormía sin soñar, mas soñaba profundoy, al despertar, mis labios musitaban despacioen la luz del aroma: Quien lo ha conocidose calla y quien habla no lo ha conocido.
Canción para una muchacha de ojos verdes – César Dávila Andrade
Mujer de ojos verdes, como el recuerdo dulce de la vida campestre.
Arbolillos de leche tiemblan en tu retina
junto a islas de verde sustancia evaporada.
El más pálido aire, reverdece a tu paso;
como un libro de alfombras y nardos deshojados;
como un ángel desnudo en un claro del bosque ;
como el color muriente que atraviesan los nómades...
Tú, en las manos que imploran, al caer, con los náufragos;
en las alas que arrastran los sauces caminantes;
en el sulfato ileso del océano amargo ,
en la albúmina tierna que roen las cigarras;
en el ramo erizado que abrazan las novicias
muriendo como lirios, en soledad de sexo...
Tú en el agua viajera, redonda como el mundo,
en el éxtasis breve de la hierba naciente.
Suavidad en la escala más tierna del Domingo.
Ligera como un ala de menta en las falanges.
Ligera como el hoyo de un nido en los manzanos.
Vaporosa nodriza de una cuna de tréboles,
ala de margarita que retoña las hadas...
Tu mirada es la infancia del color de la tierra.
El camino de azúcar que abre la primavera,
con una cuadrilla exacta de golondrinas ágiles
en la clara materia que alimenta los campos...
Ante unos sarmientos – Jacobo Cortines
Oda a Carmen Laffón
Sobre un fondo de blancos y de grises,
esculpidos en bronce unos sarmientos
con sus hojas frondosas
de la pared frontal en alto cuelgan.
Son tus «Sarmientos», Carmen, los que hiciste
para el sitio elegido: el paramento
desnudo y estucado que recubre
el tiro del hogar, la chimenea
de planos lisos que en el techo mueren.
Viste ese espacio un día como un reto
y llenaste de vida su vacío
para dar cumplimiento a una promesa,
en prueba de amistad larga y fecunda.
Este lugar te sugirió la idea,
y te aplicaste presta a darle forma:
su textura, grosor, y colorido,
teniendo muy en cuenta
todo aquello que al sitio rodeaba:
la luz de las ventanas, las paredes,
la pálida techumbre, el pavimento
de rojizos ladrillos, las alfombras,
los muebles, los objetos
surgidos con el uso y la costumbre.
Y todo ahora, Carmen, se fusiona
con tus «Sarmientos», que serenos, firmes,
sus límites expanden,
inundando la sala de sosiego.
Desde sí mismos ellos sobrepasan
lo que fueran entonces:
vástagos de unas cepas que darían
pámpanos verdes y jugosas uvas.
Ahora son bronce y óleo no sujetos
al ciclo de estaciones,
sino esencias que al tiempo desafían.
Ahora sombras parecen que se esfuman
como unas manchas de carbón difuso.
Ahora relieves de perfiles claros,
según la luz y el ojo los observe.
¡Cuánto detrás de estos «Sarmientos», Carmen!
¡Cuántas historias como savias corren
por los tallos leñosos y los nervios
de las hojas en plenitud abiertas!
¡Cuánta vida interior fija en la plancha
que de soporte sirve,
donde además de grises y de blancos
asoman tonos ocres y celestes!
Al contemplar estos «Sarmientos», Carmen,
pienso en tu infancia junto al ancho río,
allá en la Jara de arenosas tierras,
con sus viñas de higueras salpicadas,
sus huertas y frutales
frente al inmenso y misterioso Coto,
tan cambiante en su luz a mar abierto.
¡Cuántos amaneceres, mediodías,
siestas, ocasos, noches. Bajamares
con algas entre brumas!
¡Cómo amaste ese río y sus orillas,
sus aguas fango rosa, o barro, o plata.
Cómo supiste ver ya cauce adentro
ese blancor de las salinas frías,
el silencio de la marisma oscura,
la paz de esos remansos
de sauces y de mimbres,
y llegar a Sevilla y descifrarla
con su torre dorada como eje
y el perfil de la esbelta en el celaje!
Sanlúcar y Sevilla, una morada,
un espacio interior para adentrarse
en el ser de las cosas y salvarlo
del olvido tenaz y su silencio.
Plantaste allí tu viña, que cultivas
año tras año con amor constante.
Vendimias ya su fruto y lo transformas
no en el dorado vino de la tierra,
sino en otro más dulce para el alma,
ansiosa de verdad y de belleza.
Gracias, querida Carmen, por tu ejemplo,
por tus lienzos, carbones y esculturas,
por tu amistad abierta de horizontes.
Y gracias por el don de estos «Sarmientos»,
en cuyo resplandor hallan mis horas
su necesaria paz y su sentido.
Es algo tan nimio llorar… – Emily Dickinson
Es algo tan nimio llorar –Es tan mínimo un suspiroY a pesar de este tamaño¡Mujeres y hombres morimos!
¡Qué carajo! – María Rosal
Fuera vara de nardo, si no fuera
mástil, felicidad, sin par badajo,
dedo de luz divina, ¡qué carajo!
que tan sólo en ausencia sabe a tuera.
Nadie ignore su don, ninguna muera
ajena a las delicias del colgajo,
que en mostrando su afán no habrá destajo
ni hospitalario hogar pondrá barrera.
¡Danzad doncellas junto al palo santo!
Vuestra frente inclinad ante el icono
que izará desigual con vuestro abono.
Pues sólo así sabrá animarse tanto,
rendid honores, gusto, pleitesía,
hasta que os dé tributo en ambrosía.
No puedo fingir más – Isla Correyero
Sin ti la soledad vuela en la casa,
a ceniza me sabe la comida.
Tengo un grito perdido en la cabeza
y una amargura rota entre los dientes.
La duda apenas cubre mi cerebro,
la miel tampoco endulza mi saliva.
Es salvaje la luz de tu delirio,
es ácido el recuerdo de tu soga.
No me tengas así ya más, en muerte;
la libertad suplico de esta cárcel.
Ábreme el corazón, si quieres, come.
Se caníbal, amor, me muerdas toda.
El practicismo – Ileana Espinel
El practicismo práctico sugiere que me case
con un buen comerciante,
porque así dejaré de recibir suspiros
y de dar recitales...
El practicismo práctico alega que no puedo
vivir sólo de versos.
Que necesario es pasar donosamente
y dejar manjares
y no frijoles secos...
Mi madre de mi alma
está de acuerdo en esto.
Y lo mismo mi abuela,
mi tía,
mi cuñado,
mis dos lindos hermanos
y todos los amigos de mi querida gente...
De la raíz más honda del practicismo, brota:
“¡Illeana, un comerciante...! Un comerciante, Illeana.”
Pero Illeana,
la tonta,
la lírica,
la loca,
se casa
—si se casa—
con un poeta pobre.
(De Piezas líricas, 1957)
La princesa está triste – Rubén Darío
La princesa está triste.. Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro;
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de Mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de marmol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste; la princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(la princesa está pálida; la princesa está triste),
más brillante que el alba, más hermoso que Abril!
“Calla, calla, princesa” -dice el hada madrina-,
“en caballo con alas hacia aquí se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor…”

