Apenas ayer mismo – Susana March

¿Me reconocéis?
Hace poco, apenas ayer mismo,
yo era una muchacha
con una grave voz de adolescente,
un cándido amor por la vida,
una crédula fe.

¿Me reconocéis?

Apenas ayer mismo,
yo llevaba un traje de colegiala,
un lazo azul celeste sobre el pecho,
una cartera de cuero bajo el brazo,
me sabía de memoria todos los cuentos de hadas,
tenía amigas
con calcetines blancos…

¿Me reconocéis?

Apenas ayer mismo,
yo acunaba a un niño pequeño entre mis brazos,
besaba a un hombre por primera vez,
obedecía las órdenes de mi madre,
dibujaba anagramas en las sábanas de boda.

¿Me reconocéis?
Apenas ayer mismo, yo era una mujer joven…

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,… – Pablo Neruda

Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
amar es un combate de relámpagos
y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
y el fuego genital transformado en delicia

corre por los delgados caminos de la sangre
hasta precipitarse como un clavel nocturno,
hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

El lirio – Carilda Oliver Labra


                                   A Raúl Rivero

Llevo un lirio fantástico, tremendo;
bello por fuera y por adentro malo.
Me espanta con su sed. Lo doy, lo vendo,
a cualquiera que pase lo regalo.

Que se vaya a crecer; alto, derecho,
a la tierra más dura de otro hombro.
A mí me da dolor suelto en el pecho,
solitario y de pie como un escombro.

Me estorba su reflejo empobrecido,
su no querer llegar a ser olvido,
su seda intolerable y cenicienta.

¡Quitádmelo de aquí! Pronto... lo pido,
Haced un corazón ciego, abolido,
de este lirio que al fin se me aposenta.

Sótanos de la mujer – Gioconda Belli

Amores excesivos.
Corazones como árboles
o caravanas de camellos,
me construyeron
un largo sótano de tristezas.
Las emanaciones de sus húmedos pasillos
con toneles de vino arpillados,
suben, a veces, y me envuelven
en el vaho de viejas tristezas.
Es así que por días
dejó de se la persona familiar
en la que usualmente me acomodo
y me convierto en la mujer
que desgarra vestiduras
tras su sombra.

La flor de la candela – Joaquín Sabina

Evocaré el boliche clandestino
que desató mi lengua y tus botones,
¿qué panal libaré cuando el destino
me requise la miel de tus pezones?
Eccema de mis pilas agotadas,
badila de mis quieros y mis puedos,
zalema de pupilas deslumbradas,
teorema de las yemas de mis dedos.
Cada noche te asalto en la escalera,
vivo dilapidando amaneceres
con tu tanga de encaje por montera.
Laica patrona de la despedida,
yo te nombro, entre todas las mujeres,
la flor de la candela de mi vida.

Cuando me paro a contemplar mi estado… – Lope de Vega

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por donde he venido
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.
Cuando miro los años que he pasado
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del Cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.
Entré por laberinto tan extraño
fiando al débil hilo de la vida
el tarde conocido desengaño;
mas, de tu luz mi oscuridad vencida,
el monstruo muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria la razón perdida.

EN LA ORILLA DEL AIRE… – Jaime Sabines

EN LA ORILLA DEL AIRE
(qué decir?, ¿qué hacer?)
hay todavía una mujer.
En el monte, extendida
sobre la yerba,
si buscamos bien:
una mujer:
Bajo el agua, en el agua,
abre, enciende los ojos,
mírala bien.
Algas, ramas de peces,
ojos de naúfragos,
flautas de té,
le cantan, la miran bien.
En las minas, perdida,
delgada, sombra también,
raíces de plata obscura
le dan de beber.
A tu espalda, en donde estés,
si vuelves rápido a ver,
la ves.
En el aire hay siempre oculta,
como una hoja de un árbol,
una mujer.

De tierna mujer echada entre las flores – Salvatore Quasimodo

Se adivinaba la estación oculta
por el ansia de las lluvias nocturnas,
por los cambios de las nubes en el cielo,
undosas leves cunas;
y yo estaba muerto.

Una ciudad suspendida en el aire
era mi último exilio,
y en torno me llamaban
las suaves mujeres de otros tiempos,
y la madre, renovada por los años,
con su dulce mano escogía entre las rosas
y con las más blancas ceñía mi cabeza.

Afuera era de noche
y los astros precisos seguían
ignotos caminos en curvas de oro
y las cosas vueltas fugitivas
me llevaban a rincones secretos
para hablarme de jardines abiertos de par en par
y del sentido de la vida;
pero a mí me dolía la última sonrisa

de tierna mujer echada entre las flores.

El fervor – Juan José Domenchina

Como en la piel de Rusia -¡es extraño!-, el latido		
del abedul -acorde de olor- y en el gemido		
la lágrima y el lúpulo en el oro fluido		
de la cerveza, en todo me encuentro estremecido.		

Mi corporeidad -mínima y acicular- es apta.		
Su tensión esotérica a la adiaforia capta,		
a la emoción impulsa y al entusiasmo rapta.		

Soy penumbra, ebriedad de sol, senda, abditorio,		
montículo de sombra, cumbre, reclinatorio,		
rémora y acicate. ¿Verdad? Contradictorio.		

Y omnipresente. En todo palpito. Mis huidas		
moléculas perforan la vida, estremecidas...		
Mi ubicuidad, empero, no alcanza a las mentidas		
verdades, ni hasta el útero de las hembras vendidas.		

Poesía de todas la épocas y nacionalidades