DEBAJO de las uñas,
ahí es donde se sienten
los perros desbocados de la sangre.
Ocultos en los pliegues y en las sombras
tensando la carne en su delirio,
ahí es donde retienen
los añicos de vida que nos quedan.
Quebrado el umbral de resistencia,
llega el latigazo y el aullido en desbandada.
Incapaces, los tendones han cedido.
Las fieras ya corren por el monte.
Acerquémonos a comprobar
las riendas rotas.
El sueño – José Ángel Valente
Por una espesa y honda
avenida de árboles que unen
en lo alto su copa y pesadumbre
el sueño avanza.
Abre sus grandes alas,
sus poderosos brazos
de lenta sombra y noche grande: cierra
contra todo horizonte.
En el centro del aire
cabecea un navío,
rodeado de enormes
territorios de sueño.
El sueño avanza: pone
su silenciosa planta
en el umbral de nuestra
transitoria vigilia.
Acaricia y golpea,
llama con voz suave
y entra como un río
de seguro poder.
El sueño halaga,
porfía y nos rodea,
hasta que al fin caemos
en su seno girando
como plumas, girando
interminablemente.
Ésta es la inerme paz, la sosegada
mentira de la sombra.
El sueño multiplica
su rostro en un espejo
sin fin: vértigo quieto, inmóvil
torbellino.
¡Gritad! Pero no; el grito
es también sueño. Ahora su dominio.
Potestad de la noche.
Los ateos – Rafael Morales
Buscan entre la niebla, entre la angustia
buscan la luz para su entraña ciega
y hunden su corazón lleno de luto
en una inmensa y sideral ausencia.
Ausencia son y soledad sin límite,
ausencia descarnada que les llena,
ausencia como un perro que les come,
ausencia nada más, tan sólo ausencia.
Dolor tan sólo, sí, tan sólo angustia;
su carne es soledad que no se puebla,
labios locos de sed que se levantan,
resecos de ilusión en la tiniebla.
¡Angustia de las almas, de la carne
y de sentir que el corazón es tierra!
¡Ay, angustia de Dios, del Dios que falta
en sus ardientes, solitarias venas!
Pobres hombres sin Dios, ellos le buscan
pudriéndose en dolor y en la blasfemia,
mientras la tierra miran y la sienten
como honda loba pasional y hambrienta.
Ven la nada crecer, la ausencia palpan
entre la carne que a su Dios no encuentra.
Miran bajo sus pies, huir no pueden...
La tierra helada, indiferente espera...
Incompleta belleza – Vicente Gaos
Si a veces nos asalta la evidencia
de Dios, tras una nube, en una rosa,
en unos ojos de honda y misteriosa
mirada... Si, de pronto, en rauda ciencia,
rozamos cierto a Dios en la inocencia
de un río, en su corriente rumorosa...
Si a veces Dios a mano está en la cosa
más fugitiva, y leve, y su presencia
da belleza divina a un agua triste,
a un resplandor final en el poniente,
a un vago viento que en la tarde insiste...
Si a veces tan cercano a Dios se siente.
Si a veces —rosa, río, luz— existe
tan ciegamente Dios. Si el mundo miente..
Inicial – Luis López Anglada
Porque Tú lo has querido vivo y siento
dentro de mí la hoguera de la vida.
Mi corazón es sólo una encendida
llama de voluntad erguida al viento.
Tengo vivo, Señor, el pensamiento
como dulce colmena, donde anida
la miel de cada ruta conseguida
tras la sorpresa de cualquier momento.
Vivo, Señor, y de la nada vengo
caminando a la muerte decidido.
Sé que desde tu altura me acompañas.
Y, porque lo has querido, sé que tengo
todo el mundo a mis plantas extendido
y una llama de amor en las entrañas.
Meditación – Juan Arolas
Yo te veo, Señor, en las montañas
que soberbias se miran en su altura,
dó reciben la luz con que las bañas,
antes que este hondo valle de tristura;
y en el último y lánguido reflejo,
que recogen del día moribundo,
cuando su altiva cumbre es el espejo
de las sombras que caen en el mundo;
y en su color azul y nieve fría
que oculta la preñez de los volcanes,
como encubre falaz hipocresía
de infame corazón pérfidos planes.
Que tú les das la niebla matutina
que se pierde por leve y vaporosa,
tú les enciendes llama que ilumina,
tú su cráter entibias y reposa.
Desataste en sus cimas y pendientes,
para calmar la sed de los mortales,
las cristalinas venas de las fuentes
y escondiste en su seno los metales.
Mas ellos ambicionan el tesoro
que previsión de un padre les encierra,
no pueden apagar la sed del oro
y rompen las entrañas de la tierra.
¡Metal de execración! ¡metal maldito,
cuya pálida luz cegó los ojos,
doró deformidades del delito
y alumbró los desórdenes y enojos!
Yo te veo, Señor, en los breñares
poblados de malezas muy bravías,
en los altos, difíciles lugares,
dó el águila renueva largos días,
el águila que es hija de los vientos,
con su nido que es campo de batalla,
lleno de los despojos más sangrientos
del vulgo de las aves que avasalla,
sombría como el sitio donde habita,
de furibundos ojos y de garras
duras como las peñas que visita,
corvas como moriscas cimitarras.
Que tú para cortar los aquilones
la fuerza muscular le diste en prenda;
te busca por las célicas regiones,
por eso mira al sol como a tu tienda.
Tú contaste sus plumas más ligeras,
como cuentas los árboles y frutos,
los átomos que cruzan las esferas,
y hasta la eternidad por sus minutos.
Yo te veo en el mar: en la ola verde,
azul, o sonrosada que camina,
que con orla de aljófares se pierde,
mientras otra más alta se avecina.
También cuando lo tienes en bonanza,
para el pequeño alción que a sus cristales
fía su hermosa prole y su esperanza,
mientras atas furiosos vendavales.
Y en el cetáceo enorme que entre hielos,
que muros de cristal pueden decirse,
alza dos ríos de agua hasta los cielos,
y agita el mar del norte al rebullirse;
que herido del arpón, iras alienta,
con su sangre las aguas enrojece,
y las pone agitadas en tormenta...
¡Tanto puede su mole que padece!
Tú le diste los mares por presea
donde tenga por lecho las bahías
el boreal y antártico pasea;
por abismos de espuma tú le guías.
Yo te veo, Señor, en el insecto
que busca en la camelia nido y casa,
con las galas de adorno tan perfecto
que unas púrpura son, otras son gasa;
y en el que enamorado de su pompa
se contempla en la fuente bulliciosa,
y en el que chupa almíbar con su trompa,
y en el que se adormece en una rosa;
y el que queda suspenso ante las ovas
mecido en equilibrio con las alas,
y al parecer les canta dulces trovas
que solo entiendes tú que a ti te igualas;
y en el reptil que turba ninfas puras,
que por su cauce nítido se alegra,
y el que por las musgosas hendiduras
asoma su cabeza verdinegra.
Tú has vestido de flores las colinas
cual nunca Salomón se engalanara,
cuando a ruego de hermosas concubinas
ídolos en los bosques adorara.
Tú has dado los aromas y canelas,
papagayos hermosos y parleros,
búfalos, elefantes y gacelas,
cedros, palmas, acacias, bananeros.
Que tú eres el principio de ti mismo,
sin contar el origen de tus días,
grande en la inmensidad y en el abismo,
dios de eternas venturas y alegrías.
POR el sendero de los robles rojos… – Juan José Castro Martín
POR el sendero de los robles rojos
entra en el bosque hasta llegar al río
antes que el indigente acorde de la lluvia
vuelva a callar tus pasos.
A tu descenso atiende,
escapa al otro lado de tu cuerpo.
Allí reposa.
Entrégate
de par en par a la intemperie
en cada claro mientras rozas siempre el peligro
de alzarte demasiado de las cosas.
Antes que el aguacero llame en ti
de nuevo ―sombra al tuétano,
silencio al alma―, hunde
tu sed en las orillas, congrega tu penumbra.
En los zapatos llevas
la tristeza de todos los caminos
y ese frágil sopor de quien existe
expoliando al crepúsculo
un bárbaro sonido, su inhóspita esperanza.
En ti se abre el instante
de no ser o de ser lo otro:
eso otro donde nunca eres.
Reconoces el íntimo silbido
de las hojas, sus aves escondidas.
Venía por el bosque
la noche de tu cuerpo y del insomnio.
Te hurtaste a lo callado y no supiste.
Ahora escuchas, nómada y cautivo
desde el sendero de los robles negros
como último sonido el del arroyo.
No sabes la manera
de estar en todo lo indecible.
Tormenta castellana – Javier Burguillo
HA llovido en el páramo
de un modo atroz. Llenas
de ira permanecen aún las nubes,
y apenas se puede distinguir,
al fondo, cómo se rinde la última
luz en retirada.
Un muchacho ha salido de casa
con su perro. Unos cuantos silbidos
solamente, y unas palabras que no entiendo desde aquí,
pero cuánta hermosura han traído a este mundo
con su alegría.
Albayalde – Jesús Beades
A Paco, Pablo, Joaquín, y Ale
YO quisiera una vida como aquella,
una tarde feliz sin sombras duras,
con un sol diminuto que acaricie,
que unja nuestra espalda de perdón,
un camino hacia el mar, estando quietos
en aquel mirador que daba al mundo.
Yo así quisiera estar, cerca de todo,
muy cerca de la hierba y del granito,
muy cerca de una hoguera y de una mesa,
muy cerca sin romperme en el intento,
con mis amigos, ellos, los mejores,
los de túnica blanca y tan hermosos
como el sol de la dicha y la cerveza,
con poemas que digan y no digan,
que sean sólo música, universo,
balcones hacia el mar y las montañas,
balcones a mí mismo que soy otros.
Déjame que te cante, casa nueva,
hogar de los muy solos que se buscan,
guitarra para el canto y el reposo,
marea que se acerca y que se acerca,
emblema para tiempos más oscuros.
El amor a las cosas – Josefina Romo Arregui
Llevo dentro del alma un amor a las cosas,
que es la esencia suprema de mi amor a la vida
mientras haya jazmines y pomas olorosas
¡qué importa que la dicha para mí esté perdida!
¿No hay ojos que me miren? Me miran las estrellas,
que no hay ojos humanos brillando así de amor
y envuelta en el nocturno de irradiaciones bellas
gozo las luminosas miradas del Señor
y aunque en vano he soñado una pasión ardiente
amorosas palabras yo tendré al escuchar
el murmurio del río, el canto de la fuente
o el verso imponderable que me recita el mar
me dará la montaña su base firme y fuerte
por ella sin desmayo ascenderé a la luz
y los pinos amigos, fieles hasta la muerte
me aguardaran constantes con los brazos en cruz.
Llevo dentro del alma este amor a las cosas,
que es la esencia suprema de mi amor a la vida
y él son fecundas raíces dolorosas
en la aridez estéril de mi ilusión perdida.