Y pensar cómo te busqué, con qué ciega esperanza
hice resonar el silencio con mi llamada;
cómo he sabido abandonar el penetrante fuego apasionado
por seguir tu sendero sencillo con musgo verde
y pájaros escondidos en sus árboles,
llegando hasta tu agua mi rostro
para aliviar las sienes agobiadas e infelices…
Ahora sé que solo eres un fugitivo temblor,
una buena mentira para acallar infantiles congojas;
que nadie puede aprisionarte, pájaro desmesurado en vuelo,
y que en la mano tu limosna no cae
más que en los sueños imposibles.
Solo es cierto el agrio sabor de la manzana verde,
de las grosellas fragantes y luminosas,
y el ácido escalofrío del membrillo duro y oloroso.
Solo es cierto el amor, áspero y fuerte, inconstante y dolorido,
que troncha el esbelto talle de los árboles jóvenes
como el viento del Sur, ardiente e impetuoso.
Solo es cierta la acongojada duda,
la irrazonable pregunta de los celos,
el encuentro de dos pleamares con distinto equinoccio,
de dos hambres que nada sacia,
de una sed diferente y conjunto que se abreva de vino áspero.
Ternura, tú no existes: es tan solo tu nombre
un ojo de agua quieta que se pierde en el llano,
un ojo gris que se estanca y se pudre.
Las nubes te visitan como mi sueño
y mis manos se llegan a tu cauce
hasta romper la dura realidad de un espejo,
de un espejo vulgar, mentira de agua clara.
Y la sed infinita va agrietando mis labios
y retuerce mis manos como secas raíces.
¡Oh, mi agua soñada de ternura!,
pequeña voz del arroyo naciente
que peinabas dichosos tréboles en tu orilla.
Nada tengo, porque no sé si te he perdido por no merecerte,
o acaso no has existido más que en mi anhelo impetuoso,
dulce ser de agua, suave espuma de nube, fugitiva ala de pájaro,
risa de niño, palabra no pronunciada,
voz que nació sin garganta del temblor de las primeras flores de almendro.
Ternura, tú.
No hagas daño, compañero – Augusto Ferrán
No hagas daño, compañero,
ni a los que daño te hicieren,
porque aquel que a hierro mata
casi siempre a hierro muere.
Amantes – Miguel Gutiérrez
No olvidé su ternura
cuando, en la edad florida,
sentí la calentura
del amor juvenil; ¡ay! que no dura
más que un instante hermoso de la vida.
Todo es fuego y placer. Su antorcha enciende
el sol primaveral: ráuda desciende
de la encumbrada sierra
la nieve, en arroyuelos desatada,
y siembra de pasada
yerbas de olor y flores en la tierra.
Pian ya las caseras golondrinas,
arrullan las palomas,
las cogujadas salvan las colinas,
y con nuevos aromas
bajan de allí las áuras campesinas.
Aman todos los seres: el que huella,
leve insecto, las húmedas corolas
de los lirios que bordan las umbrías,
y el sol que va, como fugaz estrella,
del mar del éter las inmensas olas
surcando entre celestes armonías!
Se esponja el corazón, y á las dulzuras
ábrese de la vida: las regiones
del alma se matizan de ilusiones,
como de azul y rosa las alturas
de la montaña; pasan por la frente,
cual encendidas ráfagas, sonrojos
que al fuego brotan de mirada ardiente,
y se pinta en los ojos
la imágen sonriente
de una mujer...Oh! Es ella! ¿Quién no adora
sil semblante en que el mundo se recrea?
Su faz luce las tintas de la aurora;
el sol en sus pupilas centellea;
en un hoyuelo de su barba mora
la gracia; suelto su cabello ondea;
es su talle, cimbrándose, la palma...
¡Quién sereno la vé, nació sin alma!
¡Vedla! Siempre delante!
Doquiera su belleza retratada
se mira, y perseguimos anhelante
la luz de su mirada,
su blanca vestidura,
su pálido semblante;
y del valle cruzamos por la hondura,
dó azucenas brotáran á su paso,
y trepamos las rocas de la altura,
y más allá... su espléndida hermosura
se refleja en las tintas del ocaso!...
El ánsia crece, y crece,
y tendemos las manos tras la hermosa
visión que á nuestros ojos resplandece,
ya asimos su ropage,
¡y entre el azul y rosa
del último celage
la adorada ilusión se desvanece!...
Mas no, que toma, y la beldad hechiza
otra vez y cien y otras al mancebo,
y brota nueva flor; renace Febo,
¡y la ilusión hermosa se realiza!
.....Corren los dias. Ya no se dilata
por los aires la dulce cantilena;
ni alegre serenata
la quietud arrebata
de la noche serena;
que del plácido mar sobre las olas
pasó ya la barquilla,
al son de enamoradas barcarolas,
huyendo de la orilla...
Los locos devaneos
cesan ya: de los celos la inclemencia,
la agitación febril de los deseos,
la inquietud, la impaciencia,
el palpitar nervioso de la ausencia;
que ya, la fé en el alma,
sucede á los amores procelosos
esa celeste calma
del bendecido amor de los esposos!
De todos los versos de Emily… – Pilar Adón
De todos los versos de Emily,
el elegido (Me from) me surca
(Myself—) y me aprisiona
alzándoseme ante los ojos
(to banish—)
con su felicidad (anulación)
no reconocida.
No estar donde se debe estar.
No estar en la vida.
Satrapía – Constantino Cavafis
Qué desgracia, cuando estabas hecho
para hermosas y grandes obras,
ese destino tuyo injusto siempre
negándote el estímulo y el éxito;
que los hábitos despreciables te lo impidan,
y la indiferencia, y la desidia.
Y qué terrible el día cuando cedas
(el día en que claudiques y te rindas)
y vayas a Susa a presentarte,
a unirte al gran rey Artajerjes,
y éste graciosamente te depare un lugar en su corte,
y te ofrezca satrapías y seguridad.
Y tú aceptes sin esperanzas
todo eso que no deseabas.
Busca tu alma otras cosas, por ellas llora;
los elogios del pueblo y de los sofistas,
difícil e inestimable aplauso;
el Agora, el Teatro, la Corona.
Cómo puede Artajerjes darte todo eso,
dónde lo encontrarás en una satrapía;
y sin eso qué vida puedes llevar.
Amor – Eduardo Lizalde
La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.
Por debajo del agua – José Ángel Valente
Por debajo del agua
te busco el pelo,
por debajo del agua,
pero no llego.
Por debajo del agua
de tu cintura:
tú me llamas arriba
para que suba.
Para que suba al aire
de tu mirada:
mi corazón se enciende,
luego se apaga.
Te busco el pelo
por debajo del agua,
pero no llego.
La indiferente sierra,… – Clara Janés
La indiferente sierra,
el amoroso gesto del quejigo,
en pos de una centella
mis pies tímidamente
esvaran entre yerbas.
Levantamos un faro – Diego Maquieira
Levantamos un faro en medio del mar
un faro de paredes de papiro
que usábamos para guardar los vinos
y para echarnos a beber con mujeres
pero no hacíamos nada para la posteridad
Una noche que intentamos dar Macbeth
nos demorábamos meses en darla
y se nos olvidaba en qué íbamos
Habíamos levantado un faro en el mar
para no hacer nada en la vida
y gozar desnudos y con mujeres
Ma a veces maravillados por un Mirage
por una clona que nos hacía los ojos
asaltábamos a la sexta flota española
y promovíamos graves desórdenes bajo cubierta
Pero no hacíamos nada grande la verdad
Abusábamos del amor
del ocio y del porvenir
y bebíamos hasta moverle el piso al mar.
La memoria – María Sanz
Si quieres olvidar, si no te basta
con ahuyentar heridas y desprecios,
acuérdate del día en que un poema
te liberó del mundo y sus engaños.