M.R. – Yorgos Seferis

El jardín con sus surtidores en la lluvia
tan sólo lo verás de la ventana baja
detrás de los cristales empañados. Solamente
la llama de la chimenea dará luz a tu cuarto
y alguna vez, en los relámpagos lejanos, aparecerán
las arrugas de tu frente, viejo Amigo.

El jardín con los surtidores que eran en tu mano
ritmo de la otra vida, más allá de los mármoles
rotos y de las columnas trágicas,
y en los laureles rosas una danza
cerca de las canteras nuevas,
un cristal empañado lo habrá cortado de tus días.
No respirarás: la tierra y la savia de los árboles
se lanzarán de tu memoria para chocar
con este cristal herido por la lluvia
desde el mundo exterior.

EL DÍA TIENE EL DON DE LA ALTA SEDA… – Blanca Andreu

EL DÍA TIENE EL DON DE LA ALTA SEDA,
pétalos desandados por el pie de la noche,
monedas en corolas, eso dije.
Pero se izó la nube de magnolia hasta llegar al núcleo ahogado,
estambre eléctrico y pistilo triturado de amor,
monedas deshojadas por el terrible cheque templario
o bien las brujas vírgenes prudentes
y la plomiza nada milenaria.

El día tuvo el don de la alta seda,
amor mío, amor mío, y por eso aún escúchame,
por eso te repito el perdido poema,
amor mío, amor mío, tu voz que amé y que cruza
las pupilas moradas de los puentes,
y tu olor habitado, azul, y todo
lo que ahora abandono y abandonas
no sé con qué propósito,
ni sé de qué manera clandestina,
ahora, mientras yo rompo
la idea de tu rostro
y continúo ignorando
qué invierno,
qué arteria barroca del diciembre aquel,
qué orden despierto es el tuyo
mientras yo vivo sola, y duermo, y te detesto.

Tu superhéroe – Nach

Cuando la vida te golpee y te caigas,
yo me convertiré en el Hombre Colchón.

Si alguien se acerca para hacerte daño,
yo me convertiré en el Hombre Burbuja.

Cuando tengas ganas de llorar y no sepas dónde hacerlo,
yo me convertiré en el Hombre Hombro.

Si en algún momento te ves andando entre tinieblas,
yo me convertiré en el Hombre Antorcha.

Cuando estés caliente y necesites desahogarte,
yo me convertiré en el Hombre Pene.

Cuando te canses de mí, no te preocupes,
no tendré más remedio que convertirme en el Hombre Invisible.

Confesión – Charles Bukowski

Esperando a la muerte
como un gato
que saltará sobre la
cama.

Estoy apenado por
mi esposa.
Ella verá este
cuerpo
rígido
y blanco.

Lo sacudirá una vez, entonces
quizás de nuevo:
“Hank”
Hank no
contestará.

No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi esposa
sola con esta
pila de nada.

Quiero que sepa
que todas las noches
durmiendo a su lado.
Incluso las discusiones
inútiles
fueron cosas
espléndidas.

Y las duras
palabras
que siempre tuve miedo de
decir
pueden ahora ser
dichas:

“Te amo”

Inspiración y gracia – José María Pemán

Nada hay perfecto en mí, sino las cosas		
que son apenas mías:		
el relámpago puro,		
la centella infinita.		
Todo me es dado en gracia:		
gracia humana o divina.		
La riqueza mejor de mis riquezas		
es mi riqueza gratuita.		
Riqueza no ganada: plenitud sin esfuerzo.		
Maestría		
que se me entró desnuda		
como el viento o el sol, por las rendijas		
mal cerradas del alma; luz robada;		
música no aprendida;		
rosa de otros jardines		
que la mano de Dios, porque Él lo quiso,		
puso en mi pecho mientras yo dormía.		

Inspiración y Gracia:		
todo lo que hay en mí claro y perfecto		
vino a mí, sin esfuerzo, en la alegría		
del sol de la mañana		
cuando yo estaba de rodillas.		

Todo, de vuelta, lo encontré en mi mesa:		
servido el pan y el agua,		
la lámpara encendida...		
—254→
Nunca salí al encuentro de las cosas:		
y las cosas mejores		
me fueron concedidas.		

¡Señor: yo te bendigo		
por todas mis riquezas gratuitas!
 

Quiero saber – Viviane Nathan

¿Hay alguna diferencia, acaso,
entre las piedras y los pasos?
¿Quién atropella primero
y quién cede el espacio
para que el otro camine?
La lentitud del hombre,
su torpeza
y la existencia azul de los silencios
se funden quietamente,
se hacen polvo,
tierra y sedimento.
¿Y qué pregunto ahora, si ya sé cómo se llega?
Un lamento a la izquierda,
dos cuadras adelante
y al final
unos se van camino adentro,
otros se pierden y se olvidan.
Queda la piedra, el árbol,
la nostalgia
y la soledad absurdamente vieja de los niños…
Entre flores y hormigas se abren puntos invisibles
por donde envejece la alegría.
¿Quién atropella primero,
quién se lanza, quién se queda, cuál de los tontos
y de los tantos?
Quiero saber de uno más que aún se atreva.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades