—¡A la eh, Mingo Revulgo!
Gil Arrebato, ¡a la eh!
—Si tú me cuentas tu cuento,
el mío te contaré.
He abandonado mis tierras
porque la guerra es de ley.
—En Madrid están los amos;
aquí queda el padecer
que si se nombra a Castilla
sólo es porque suena bien.
—¿Qué me dices de la gloria
y las conquistas del Rey?
Somos los dueños del mundo
y eso sí que es un poder.
—¡Ay Gil, Gil, Gil Arrebato!,
nuestras tierras tienen sed.
Aquí sabemos del hambre;
en Madrid, no sé de qué.
—Nos han regalado un mundo.
Lo tenemos sin querer.
Como valor no nos falta,
vamos a ver lo que es.
—Más vacío y extorsiones;
más repetir, ya sin fe,
nuestra historia castellana.
Madrid, una y otra vez.
—¡A la eh, Mingo Revulgo!
—Gil Arrebato, ¡a la eh!
Las parejas de payasos
siempre han sido de saber:
El clown y el tontolontón,
el pícaro y el burgués,
el gracioso y el señor,
el mendigo y el marqués,
el labrador y el soldado,
el Licenciado y el Rey
que, alternando sus papeles,
se muestran sólo al revés.
Tan sólo los tratamientos
dicen de uno lo que es:
No es lo mismo Usted que Vos,
ni Eminencia que Excelencia,
Vuesamerced que Señor.
Reverencia al bajo clero,
Señoría al Superior,
Ilustrísima al Obispo;
y sepan usar el Don
de acuerdo con las Pragmáticas
que el Rey Felipe dictó.
Ya lo decía Cervantes
con verdad y con humor:
«—Pues sabes que soy pastor
entona más bajo el punto.
Habla con menos primor.
—Que si eres te pregunto
Amadís o Galaor.
—No soy sino Antón Clemente
y andas, Pedro, impertinente
en hablar por tal comino
—Pan por pan, vino por vino
se ha de hablar con esta gente.»
Y no saldrán de villanos
pues vivir, ¿qué les procura?
Mal pan, ajos y cebolla,
migas y cecina dura.
—Y a vosotros: ¿qué os procuran
vuestras armas y plumeros?
Glorias que nadie recuerda.
Miserias cuando sois viejos.
—No caperuzas de bobo.
—No fantasías de loro.
—¡A la eh!, Mingo Revulgo.
—Gil Arrebato, ¡a la eh!
Te palpo, te toco, y las yemas de mis dedos… – Raúl Zurita
Te palpo, te toco, y las yemas de mis dedos buscan las tuyas porque si yo te amo y tú me amas tal vez no todo esté perdido. Las montañas duermen abajo y quizás las margaritas enciendan el campo de flores blancas. Un campo donde Los Andes y el Pacífico abrazados en el fondo de la tierra muerta despierten y sean como un horizonte de flores nuestros ojos ciegos emergiendo en la nueva primavera. ¿Será? ¿será así? las margaritas continúan doblándose sobre el mar difunto, sobre las grandes cumbres hundidas y en la oscuridad, descendidos, como dos envejecidas pieles que se buscan, mis dedos palpan a tientas los tuyos porque si yo te toco y tú me tocas tal vez no todo esté perdido y, podamos adivinar algo del amor. De todos los amores muertos que fuimos y de un campo de flores que crecerá cuando nuestras mortajas blancas, cuando nuestras mortajas de nieve de todas las montañas hundidas nos besen boca abajo y nos vuelvan para arriba las erizadas pestañas.
Canto para los niños sin infancia – Julieta Dobles
Allá,
cuando era niña,
probé la hierba.
Y era verde su olor,
y verde su sabor,
y verde su escondido y pequeño
rincón de sombras.
Sin embargo,
la amargura
que no tiene la hierba
cuando estás dormida,
la tienes tú,
pequeño limosnero sin sombra,
a esta hora en que los niños duermen
y en que tu sueño
abre su boca blanca,
interrogante.
A las diez de la noche
la lluvia extiende sobre las piedras
su fatigada lengua de frío.
A las diez de la noche
el hambre muerde y muerde
cerca del corazón.
A las diez de la noche
te quedas en la esquina
solitario,
tembloroso,
y aunque quiera gritar que no se vayan todos,
que no dejen la calle abandonada,
que el viento, si no hay nadie,
gruñe y empuja contra las paredes,
la soledad se posa, inevitablemente,
sobre tus manos sucias y asombradas.
Es la hora en que los niños duermen
para no oír el miedo nocturno que se agita.
Pero tú,
pequeño de seis años,
no eres niño siquiera.
Cuando naciste
alguien dijo que la infancia no te pertenecía
y desde entonces
lo repetimos muchas bocas:
—ni el pan tampoco es tuyo,
—ni el cariño,
—ni la pequeña tierra de sus pasos,
—ni esos seis años que te vienen grandes.
Y por eso,
sin nada tuyo,
ni siquiera el sueño
miras la calle
como a una larga pesadilla sin sueño
entre los ojos.
Pero algún día
la hierba será dulce,
y te será devuelto tu corazón de niño,
tu reposo de niño
y la pisada de amor que te negaron
sobre la tierra.
Quizá bajo hierba
hallamos enterrados muchos muertos,
pero la noche no podrá apretarte
nunca más
contra la mesa de los bares,
ni gritarte en el miedo
con su voz de borracha.
El olor de la hierba
seguirá siendo verde,
y verde su sabor,
y verde
su escondido y pequeño
rincón de sombras,
para que tú lo encuentres,
y lo ames.
(De El peso vivo, 1968)
Santoral agreste – Rafael Alberti
¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!
Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.
El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,
corre tras la paloma de la sierra,
para glorificarla en los altares,
bajo la luz de este soneto mío.
Crónica – Mário Quintana
El Objeto Amado me mira de reojo.
¡Dios mío, qué anticuado es,
si ya no se enamora así,
si se perdió hace mucho cualquier romanticismo!
Antes fluían los deseos
a distancia, mediante ondas hertzianas.
Y una mirada apenas hubo quien la guardó
toda su vida, como una joya intransferible.
Era igual que en los libros y en el cine,
aunque ésos no copiaban la vida, en realidad.
Como ya no hay suspiros, se fueron los poetas
y el mundo ha terminado con una cuerda menos.
Tardes trágicas – Mario Chabes
Alarmados salimos;
la gente suspira, el tráfico para.
¡Una tragedia! ¡Todas las tardes!
La esquina se desesquina
y es uno que mata a una
dentro de un viejo fonógrafo.
La gente casi se asusta,
casi llora
pero que siempre la mate...
Y calla el disco:
él matando a su Carmen,
yo buscando la mía
¡y solos, José, toda la vida!
Lugares – Ulalume González de León
No sé donde está el árbol
que me hace estar tán lejos
ahora que se acerca
No sé si yo lo traigo
o si es él quien me lleva
Un hilo desde el fondo de su tiempo
tira de mí y me arrastra
mientras tiro de un hilo
para arrancarlo al fondo de su tiempo
Él llega -árbol entero
Yo de mí misma falto
La memoria nos cambia de lugares
sin movernos de nuestros sitios
Sociedad de consumo – Óscar Hahn
Caminamos de la mano por el supermercado
entre las filas de cereales y detergentes
Avanzamos de estante en estante
hasta llegar a los tarros de conserva
Examinamos el nuevo producto
anunciado por la televisión
Y de pronto nos miramos a los ojos
y nos sumimos uno en el otro
y nos consumimos
IMRAM – Antonio Rivero Taravillo
Una navegación extraordinaria.
Eachtraí: aventuras maravillosas
cruzando el mar. Así ahora
he venido a esta isla que dejaron
los marinos atrás. Marcó su estela
la senda de las focas y delfines,
camino de ballenas, hasta aquí,
empedrado de espumas
y con losas de algas y de arenques.
Una navegación extraordinaria
no desde Irlanda, hacia su costa.
San Brendan no viajó a lugar más mágico.
Sobre la colina de Tara,
vi yo
mi sombra,
mi luz.
Reseña del poeta
Serenidad – Gabriela Mistral
Y después de tener perdida
lo mismo que un pomar la vida,
—hecho ceniza, sin cuajar—
me han dado esta montaña mágica,
y un río y unas tardes trágicas
como Cristos, con qué sangrar.
Los niños cubren mis rodillas;
mirándoles a las mejillas
ahora no rompo a sollozar,
que en mi sueño más deleitoso
yo doy el pecho a un hijo hermoso
sin dudar...
Estoy como el que fuera dueño
de toda tierra y todo ensueño
y toda miel;
¡y en estas dos manos mendigas
no he oprimido ni las amigas
sienes de él!
De sol a sol voy por las rutas,
y en el regazo olor a frutas
se me acomoda el recental:
¡tanto trascienden mis abiertas
entrañas a grutas, y a huertas,
y a cuenco tibio de panal!
Soy la ladera y soy la viña
y las salvias, y el agua niña:
¡todo el azul, todo el candor!
Porque en sus hierbas me apaciento
mi Dios me guarda de sus vientos
como a los linos en la flor.
Vendrá la nieve cualquier día;
me entregaré a su joya fría
(fuera otra cosa rebelión).
Y en un silencio de amor sumo,
oprimiendo su duro grumo
me irá vaciando el corazón.