Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
y por las calles voy sin nutrirme, callado,
no me sostiene el pan, el alba me desquicia,
busco el sonido líquido de tus pies en el día.
Estoy hambriento de tu risa resbalada,
de tus manos color de furioso granero,
tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
quiero comer tu piel como una intacta almendra.
Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
la nariz soberana del arrogante rostro,
quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas
y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
buscándote, buscando tu corazón caliente
como un puma en la soledad de Quitratúe.
Si esta paloma se quema… – María Zambrano
SI ESTA paloma se quema,
no es sólo en la zarza ardiente
sino bebiendo una fuente
que corre entre la alhucema.
Fuente viva y con amor
que va hacia la noche oscura,
pero nace de la pura
claridad de un ancho frescor
de Misericordia que es llave
del mejor humano
y tierra y sol de su mies.
Y esta p[aloma] en su vuelo
lleva un aire castellano
por lo universal del cielo.
Amor feliz – Wislawa Szymborska
El amor feliz. ¿Es normal,
es serio, es positivo?
¿De qué le sirven al mundo dos seres
que no ven el mundo?
Enaltecidos mutuamente sin merecerlo,
dos cualesquiera entre un millón, mas convencidos
de que les sucedería. ¿En recompensa de que? De nada.
La luz cae de ninguna parte.
¿Por qué da en ellos y no en otros?
¿Ofende a la justicia? Sí.
¿Infringe las normas establecidas con esmero,
despeña la moraleja desde la cumbre? Infringe y despena.
Mirad a los felices:
¡Si al menos se escondieran un poco,
si fingieran agobio para reconfortar a los amigos!
Escuchad cómo ríen: es una afrenta
En qué lengua hablan, al parecer comprensible.
Y esos ceremoniales, esos miramientos,
esas primorosas y mutuas atenciones,
¡diríase un complot a espaldas de la humanidad!
Aviados estaríamos
si su ejemplo se imitara.
A qué recurrirían la religión y la poesía,
qué sería recordado y qué olvidado,
quién elegiría permanecer encerrado en el círculo.
El amor feliz. ¿Es necesario?
El tacto y el juicio obligan a silenciarlo
como si fuera un escándalo de las altas esferas de la Vida.
Criaturas magníficas nacen sin su ayuda.
Nunca lograría poblar la tierra
ya que pocas veces sucede.
Que quienes desconocen el amor feliz
sostengan que no existe en ningún lugar del mundo.
Con esa fe les será más fácil vivir y morir.
La equilibrista – Paulina Vinderman
a la memoria de Raúl Gustavo Aguirre
La equilibrista mueve su sombrilla
y su pie aletea sabiamente hacia adelante
y hacia atrás, hocico de luna dentro de su zapatilla
con lentejuelas.
Nadie sabe en las gradas
de sus ojos ahumados porque su amor ha muerto.
Y ella piensa, mientras los tambores
suenan lejanos desde el foso,
a qué regiones de trampa puede llevar
el dolor,
cuando la misma ceremonia de homenaje
ha de cumplirse
tanto si adelanta el pie sobre la cuerda
porque la vida espera
o si se deja caer, burbuja de color,
con la sombrilla cerrada como paracaídas inútil,
a un oscuro suelo, a su compasión.
(de la antología Del vino del atardecer)
La humanidad – Gloria Fuertes
Cuando por mejor
inventó lo peor.
Cuando las Cruzadas
inventó las pedradas.
Cuando por Dios
inventó al diablo.
Cuando por mejorar su país,
inventó e invitó a no reír...
entonces y para siempre se rieron todas las hienas del mundo
y hasta la Mona Lisa empezó a sonreír.
Arena – Oliverio Girondo
ARENA,
y más arena,
y nada más que arena.
De arena el horizonte.
El destino de arena.
De arena los caminos.
El cansancio de arena.
De arena las palabras.
El silencio de arena.
Arena de los ojos con pupilas de arena.
Arena de las bocas con los labios de arena.
Arena de la sangre de las venas de arena.
Arena de la muerte...
De la muerte de arena.
¡Nada más que de arena!
Morir como los barcos – José María Álvarez
«Leo durante gran parte de la noche, y en el invierno parto hacia el sur»
THOMAS STEARNS ELIOT
Si la suerte o los dioses
tienen dispuesta mi partida
bajo otros cielos,
su voluntad sea mía.
Mas si puedo pedir,
que la luz de mis ojos
se ponga contemplando este paisaje,
las antiguas playas,
la vieja mar
junto a la que nací.
Historias del hielo – Miguel Ángel Velasco
LAS crónicas nos hablan
de aquella brava rusa, casi niña,
que murió combatiendo al invasor.
Por la mañana el sol la descubría
bajo la nieve, fresca:
grandes ojos azules y, desnuda,
toda su gracia intacta;
los brazos muy abiertos, como para el amor.
Las tropas se paraban a admirar
esa forma esculpida por la mano
brillante del invierno. Más de uno,
aquella misma noche,
montaría a una puta pensando en la muchacha.
No muy lejos,
entre gritos de júbilo,
los niños se arrojaban valle abajo,
a lomos de soldados congelados,
jugando a los trineos.
Epigrama – Roque Dalton
Somos la pareja menos infinita y menos adánica
que podría encontrarse en estos últimos 30 años de Historia.
Desde el punto de vista muscular
apenas hemos hecho poco más que dos perros.
Desde el ángulo cultural
hemos despertado bien pocas envidias.
Pero este amor nos ha devuelto mejorados al mundo
y, entre nosotros, inolvidables.
Ahora vamos a hacer que alguien sonría
o paladee un pedacito de dulce tristeza
hablando de nuestro amor en este poema.
La fiesta que no cesa – Juan Meseguer
SUCEDE que a menudo
me echas de menos, dices.
Que ya no soy el mismo.
Que estoy como más serio.
Que cómo se me nota
el peso de los días.
Y yo, Juan Meseguer,
el amante imperfecto,
me pongo panza arriba
y me defiendo:
Tú no te quedas corto,
Señor; Tú
no me vas a la zaga
en faltas de caricias.
Tú fuiste Zarza ardiente
o(h) llama de Amor viva;
fuego devorador,
en cualquier caso.
De pronto, las cenizas.
No de pronto, se entiende:
poco a poco.
Primero una cuaresma;
y después otra y siempre
todavía otra más.
Y yo lleno de polvo,
de rutina,
sin ver jamás la pascua
radiante de tus ojos.
¿Cariño del tangible?
Más bien poco, Señor.
Tuviste que encerrarme
en el sagrario:
rozarme bien la carne;
comerme a beso limpio.
Y entonces, sí, Señor,
entonces
lo nuestro fue una fiesta
que no cesa.
Un secreto temblor, 2011