“En mi concierto arremolinan humaredas de cañones,
mi concierto es relativamente violento,
mi concierto es amado”,
dice el cantante con un gesto exagerado.
Dedica sus canciones con fervor
a los americanos necrofílicos,
que no dejan de amar la humareda y la violencia,
que no dejan de desparramar cadáveres en todo el mundo
Un sonido grave y retumbante vibra
en los corazones de las mujeres.
Y lo que vibra en los corazones
es algo violento
es algo obsceno.
Las mujeres se convulsionan con vergüenza,
pero no dejan de querer el sudor del cantante.
“Ay, Dios, dame los ojos para ver sin falla.
Como un arcoíris de misil que sobrepasa la montaña desierta,
te voy a dar un consuelo tremendo”,
el cantante lanza con un beso
la bufanda empapada de sudor a los gritos.
Con una sonrisa de broma en una mejilla, inicia el concierto
en medio de la reverberación de las lentejuelas
“Aunque no conozco España,
me gusta el flamenco.
Aunque no conozco el paraíso,
dicen que es donde yo nací”.
Aunque el cantante no parece un ángel,
ha de ser una variación.
Ha pasado medio siglo sin que nadie se dé cuenta,
y la poeta llora ante la broma de los años.
“Vamos, doncella platinada”,
cantaba para cortejar y señalaba el cielo
ese cantante que murió hace mucho tiempo,
pero la poeta insiste en repetir el remolino de humareda,
quiere vengarse con un ritmo violento,
aun cuando todos los contrincantes estén muertos.
Canción del amor herido – Carlos Castro Saavedra
Tengo las manos muy tristes
y no sé qué hacer con ellas,
porque anoche me corté
los dedos en las estrellas.
Estaba pensando en ti,
en tus ojos estrellados,
y me pasé por la frente
los dedos enamorados.
Fue allí donde me corté,
en mi frente, con tus ojos,
y se me pusieron grandes
los pensamientos y rojos.
Hoy no he podido sembrar
mi tierra, mi agricultura,
y la comida me sabe
a tierra de sepultura.
Tengo las manos deshechas
por tus pupilas, mi amor,
por pensar en tus pupilas
y tocar su resplandor.
Quisiera ser – Gerardo Diego
Quisiera ser convexo
para tu mano cóncava,
y como un tronco hueco
para acogerte en mi regazo
y darte sombra y sueño.
Suave y horizontal e interminable
para la huella alterna y presurosa
de tu pie izquierdo
y de tu pie derecho.
La de todas las formas
como agua, siempre a gusto, en cualquier vaso,
siempre abrazándote por dentro.
Y también como vaso
para abrazar por fuera al mismo tiempo.
Como el agua hecha vaso
tu confín —dentro y fuera— siempre exacto.
Destino del hombre – Magda Portal
Has perdido el perfume de las noches azules
y el sonreír de las estrellas,
y ya no sabes cómo son
los días de primavera.
Tienes los sueños vacíos
de paisajes agrestes,
de voces de muchachas,
de trinos de pájaros,
de murmullos de río.
Ya no conoces la canción del agua.
No te puedes asomar
tras de las altas montañas,
ni la lluvia te moja la cara,
ni sientes el olor de la tierra,
su fuerte vaho a entraña.
¡Ya no se cansan tus pies
de tanto caminar!
¡Ay! una sola visión y un solo canto:
la prisión y las rejas.
¡Y todavía tienes dulces los ojos,
y la mirada pace los rebaños del sueño,
y la mano blanda y sonríes!
Oh, hermano ¿de qué estará hecho tu corazón,
y cuál será tu estrella de esperanza?
Sólo que a veces tu sonrisa
sube como del fondo de un poro
de aguas salobres:
sangre y lágrimas.
Y tus manos tiemblan,
y en tu voz se ahogan
todos los pájaros del canto.
Contusión – Sylvia Plath
El color inunda la mancha, de un púrpura mate.
El resto del cuerpo está todo desteñido,
De color perla.
En una cavidad rocosa,
El mar sorbe obsesivamente,
Un hoyo es el eje de todo el mar.
La marca del destino,
Del tamaño de una mosca,
Repta pared abajo.
El corazón se cierra,
El mar refluye,
Los espejos yacen cubiertos con sábanas.
No queda más lustroso y cristalino… – Lope de Vega
No queda más lustroso y cristalino
por altas sierras el arroyo helado
ni está más negro el ébano labrado
ni más azul la flor del verde lino;
más rubio el oro que de Oriente vino
ni más puro, lascivo y regalado
espira olor el ámbar estimado
ni está en la concha el carmesi más fino,
que frente, cejas, ojos y cabellos
aliento y boca de mi ninfa bella,
angélica figura en vista humana;
que puesto que ella se parece a ellos
vivos están alli, muertos sin ella,
cristal, ébano, lino, oro, ámbar, grana.
Cándido – Pablo García Baena
Tanto tiempo en silencio, tantos días
juntos sobre el jergón encarnizado,
sobre el ara o caverna de la cama
que altas cortinas, como altivos muros,
defendían de gritos y de música.
Amablemente preso te tenía
amor de seda y garra leonada,
inerme animal capturado
en incendiados bosques venatorios.
Mas en tus ojos un oscuro brillo
forestal, un latido bronco y libre
me decían que no es lo suficiente-
mente espesa la red entretejida,
como nupcial velambre o madriguera,
ni la llave de oro y la carlanca
seguros contra el odio del vencido.
Así un día te fuiste y los perros
ladraron a tu muerte entre la niebla,
entre el olvido, pájaro de lágrimas.
Por las torres de Córdoba llovía...
Vuelves ahora en altas madrugadas
de recién lluvia, a encender los cirios,
ceremonial augusto del recuerdo,
por mi noche que alúmbrase en lo hondo
de nueva luz, oh, lívidos puñales
levantados, fantasmas fulgurantes,
cartas, fotografías, siemprevivas,
volved a vuestras vainas, a los féretros
silenciosos que arrastra la corriente.
Junto a los olas yo también soy libre.
Tu soledad, Abril, todo lo llena… – Luis Rosales
Tu soledad, Abril, todo lo llena.
Colma de luz la espuma y la corriente.
Aurora niña con la piel reciente.
Todo en golpe de mar sobre la arena.
¿Qué sueño de varón te hizo serena
isla de fiebre de mirada ausente?
¡Ay, búscame sin ti, convaleciente,
revocando de cal fachada y pena!
Y ¡ay!, busca tú la sangre tierra adentro,
y olvidarás la voz por el encanto,
abierta a ti, mientras resbala el día.
Soledad sin abril será el encuentro,
y en tu ofrenda de paz, cierva de llanto
la sombra siempre y luz sin la luz mía.
Rememoraciones de incidentes – Carlos Bousoño
En una cueva de la memoria, en su larga llanura oxidada,
en su estéril cardenillo verdoso, en su desolado atardecer,
lento y un poco oscurecido como si fuese ya tarde,
como si nacer no hubiera sido posible
aquel remoto día, perdido en el confín;
e imposible fuese asimismo
el otro amargo día, no puedo decirte su nombre,
algo ladeado y ya en las afueras de súbito,
en el suburbio y el terrible descampado de súbito,
lívidamente azul de pronto;
con tazas desportilladas, abanicos devorados por la ansiedad,
relicarios de madera envejecida, espejos,
miserables espejos de azogue saltado, horrendos maniquíes
sin cabeza, emisarios inmóviles de más allá del río
solitario, emisarios sin brazos y sin cabeza, inmóviles,
y por eso no pueden sonreír;
y todo subía como una marea feroz por la memoria cárdena,
y todo subía amargamente cárdeno por el recuerdo de una
noche,
trepaba por la penosa rememoración, por el jadeante
ascender y acordarse
de una noche, saliendo de la sombra, un momento tan solo;
reconstruir aquella adoración
hecha de pétalos, de palabras y polen de palabras, de
cansancios o incrustaciones lamentables, quejidos,
de quemaduras y desolaciones
junto a un andén que no llegaba nunca como si fuese un
tren,
un tren de súbito como si fuese aquella adoración.
Y todo en la memoria se retorcía agitado por el vendaval,
como un gran bosque movido por la ira de un huracanado
renacer.
El parto terrible de la memoria era el viento,
la noche terrible de la memoria se llamaba aquilón.
Todo vibraba y era movido por una propagación llameante
que fulguraba en medio de la tempestad y se extendía y
encrespaba en la música,
vibraba entre los acordes de una multitud de guitarras,
sonando en el estruendo de un día terso y limpio, destrozado
tan secamente como un espejo en una habitación.
Ay, en la oscuridad, atenazados por el deseo
dos cuerpos se buscaban a tientas como si fuese posible vivir,
como si la verdad existiese en la tiniebla oscura
y hubiese que buscarla apretando una carne duramente,
y hubiese que buscarla atravesando duramente la
interminable oscuridad
de una carne, toda una noche larga, y más allá quebrase ya
una luz:
el alba hermosa y pura donde todos
existen otra vez,
salvados y otra vez, vivos, salvados...
...Y he aquí que nosotros, aún no salvados, vivos,
golpeamos la sombra, en medio de la noche...
Eros tremendum – Carlos Edmundo de Ory
En la noche del sexo busco luz
y encuentro más y más oscuridad
mi cuerpo es sacro y sacrifica edad
sin tiempo sobre el tuyo cruz con cruz
Subo y bajo y gravito mi testuz
cae sobre el muro de tu atroz ciudad
sin puertas donde al fin me da mitad
de entrada a la tiniebla un tragaluz
Mantel mi espalda cubre los manjares
mis brazos y mis piernas son a pares
con los tuyos en forma de escorpión
Las dos manzanas mi contacto deja
y duerme como un vaso en la bandeja
de tu vientre mi enorme corazón.