Quisiera ser uno de esos chicos (1) – Rodrigo García Marina

Quisiera ser uno de esos chicos que juegan a la pelota
con sus piernas torneadas por el chute
y —cómplices de todo— bajo las duchas chocan
sus manos; aún no tienen los dieciocho, pero ya se saben
tan seguros de cómo les seguirán sin dudas,
sin otro deseo, las futuras generaciones.

Quisiera ser uno de esos chicos que juegan a la pelota
y se desnudan en el vestuario
con sus piernas torneadas
y el cuello tostado del sol de mediodía.

Quisiera ser la rabia de uno de esos chicos
que juegan a la pelota
cada vez que pierden el partido
u ocupan la bancada al carecer del pie de Maradona

Quisiera ser el padre de uno de esos chicos
que juegan a la pelota
y un día invocaron al espíritu de Ronaldo
o detuvieron el mundo en sus manos pues
todo lo que importa está custodiado en la portería.

Quisiera ser el sueño del padre de
uno de esos chicos que juegan a la pelota
Desde la grada jalearlos —con sus piernas torneadas—
quisiera ensombrecerles con las frustraciones
de quien un día creyó que el caucho regalaría agua viva.

Quisiera ser la repetición que evoca al ancestro
el inviolable giro que atraviesa la escuadra.
El rito del epidídimo devolviéndome la imagen de un Hombre.
Y no este hombre sin reflejo [sin imagen ¿qué es la memoria?]
Crecer en las manos del entrenador de la manada
y aullar su primavera de piernas curtidas
Tener un mismo color, un mismo aroma.

Quisiera al menos ser el aire enmohecido que esos chicos respiran
o el olor a polieuretano roído de sus deportivas
Quisiera parecerme en algo ¿sus narices? ¿el abdomen?
¿quién los preparó para la selección natural?
¿qué abuela le sirvió la leche con gofio en el desayuno?
¿y qué mano curtiría sus calzoncillos sobre la pileta?
Quisiera parecerme al tacto de su semen evaporado
sobre los azulejos sin victoria.

Quisiera ser uno de esos chicos que jugó a la pelota
que invocó al espíritu de Ronaldo o al pie de Maradona
y que tan solo su amor —tan mediocre son los devotos—
les hizo seguir allí, arbitrando los sueños de esos nuevos
chicos que ahora juegan a la pelota.

Quisiera ser la tarjeta roja,
tener el poder para vedarles de algo
arrojarlos al mundo de las normas
que no sean dueños de cualquier cosa
o al menos quisiera advertirles
con la indolencia de lo que se lesiona
pertenecer al mecanismo de la citoquina que inflama el tendón
ser el puño de un portero de discoteca infame
ahorrarles el dolor con el genérico de cualquier comprimido
si al menos mi piel fuera de Xanax
o si mirando fijamente hacia el equinoccio de sus vidas
torrara sus antebrazos
¿y si fueran híbridos —café torrefacto— y nos bendijeran
con un cáncer de vejiga?
O sencillamente Minotauros custodiando.

Quisiera ser el chico pelirrojo que desde la grada contempla
el valor del diente de león sobre la explanada
esperando el azuce de una boca
la fruta desparramada en la comisura de uno de esos
chicos que juegan al vuelo vencido del vencejo
o a sortear al cocodrilo de los estimulantes.

Quisiera ser arithmós
en su hora de espalda y bíceps
desbordarme: contarles que los sin-reflejo
siempre fuimos ilímite
siempre estuvimos más allá de cualquier repetición
siempre proferimos aquello de contemplar al narval
y olvidamos el rito de la caza
y olvidamos la recolecta —circuncidarnos—
olvidamos con el adobe izar la casa.
Nuestros testículos acudieron yermos al mundo
desparramando la voz de Asterión en los gloryholes.
Si yo no soy Baruch Spinoza
si yo no soy uno de esos chicos
los que siempre tuvieron a alguien con quien bailar
y quizá por eso tan poco disfruten del tecno
a los que nunca les hizo falta comprender
pues nunca existió la falta [cómo entonces hubo deseo]
¡Cómo alcanzar a un gamo! para retenerlo sobre la sábana
si tan solo el hardcore nos remueve
guardarlo dentro como mitomicina intravesical
¿duele tanto expulsar a un Hombre del paraíso?
Si un día sudan ¿podré al menos enseñarles que también sudamos?
Cuáles serán sus cruces: las razones por las que entregarán la vida
¿sus abuelas que tantas veces les zurcieron los descosidos del chándal?
¿un contrato millonario?
¿caerán en la desgracia de desconocer la entrega?
¿y sus deseos más oscuros?
al fin y al cabo, además de soñar con el Hijo,
¿les comerán los pies a sus mujeres?
¿suplicarán —vergonzantes— un dedo índice en el culo?
[¿Es esto un verso ridículo?
¿Son nuestras vidas algo menos ridículas si nos mutilan?]
¿dormirán bocabajo?
y el párpado ¿titilará como una rama cuando se acabe la broma infinita?
¿cuál de todos se matará en una carretera de interés general del Estado?
¿Nos piensan permitir a los sin-reflejo amortajar su cadáver?
Después de todo está incluido el amor
que viste con sus brazos cada uno de los olores ciegos.

Quisiera ser un objeto que vaya con ellos
un botón, el llavero, el hilo del remiendo de sus toallas
espiar cada paso que se vuelve a dar sobre lo dado
sin mostrarles a quienes viven con lo puesto.
O aquella conferencia tan bella de Heidegger sobre lo Mismo.

Heidegger
quien temía porque el Hombre
fuera indistinguible del objeto
hizo amantes a sus mejores alumnas
y probablemente jamás escribiera ningún poema.

Quisiera no querer
Quisiera lo indistinguible
lo cósico
lo infrahumano
lo superlativo
ser lluvia dorada
lo alcanzable solo si se pone en práctica
la teología negativa.
Por qué no hay manta ignífuga que nos apague
Si tantas veces lo intentaron
Si aún no se han parado a reponer fuerzas
tras XXI siglos escribiendo la Historia
¿Qué es lo que excede a su Espíritu?
y en qué medida desborda lo inmedible:

Para nosotros los ilímite
que tanto performamos, es decir,
que con el cuerpo hacemos de la significación, contingencia.
¿Alguien nos tiene reservada la objetualidad?
¿O estaremos siempre bajo el velo?
Como hallazgos de interés científico
en el curso de lo que queda aún por descubrir
abriendo el circo siempre con el espectáculo del Otro
tan llenos de semen y mierda
de mierda y semen
¿habrá escotilla o bandera blanca
o arena movediza u orificio por donde escapar de los hombres crueles?

Uno de esos chicos que juegan a la pelota
con sus piernas torneadas por el chute
y —cómplices de todo— bajo las duchas chocan
sus manos; aún no tienen los dieciocho, pero ya se saben
tan seguros de cómo les seguirán sin dudas
sin otro deseo, las futuras generaciones.

El mendigo – Francisco Brines

Extraño, en esta noche, he recordado
una borrada imagen. El mendigo
de mi niñez, de rostro hirsuto, torna
desde otro mundo su mirada dura.
Llegaba al mediodía, y un gruñido
de animal viejo le anunciaba. (Toda
la casa estaba abierta, y el verano
llegaba de la mar.) Andaba el niño
con temor a la puerta, y en su mano
depositaba una moneda. Era
hosca la voz, los ojos fríos de odio,
y sentía un gran miedo al acercarme,
la piedad disipada. Violenta
la muerte me rondaba con su sombra.
Sólo después, al ver a los mayores
hablar indiferentes, ya de vuelta,
se serenaba el pecho. Me quedaba
cerca de la ventana, y frente al mar
recordaba las sombrías historias.

Esta noche, pasado tanto tiempo,
su presencia terrible y misteriosa
me ha desvelado el sueño. Ningún daño
he sufrido de aquella voluntad,
y el hombre ya habrá muerto, miserable
como vivió. Aquellos años, otros
muchos mendigos iban por las casas
del pueblo. Todos, sin venganza, yacen.
Los extinguió el olvido. Vagas, rotas,
surgen sus sombras; la memoria turba
un reino frío y solitario y vasto.
Poderosos, ahora me devuelven
la mísera limosna: la piedad
que el hombre, cada día, necesita
para seguir viviendo. Y aquel miedo
que de niño sentí, remuerde ahora
mi vida, su fracaso: un anciano
me miraba con ojos inocentes.

Fracaso – Margarita Carrera

Nada, amigos,
esto se acabó.
No se dónde nací
ni por qué
ni para qué
pero me siento viva
y eso basta.
No me habléis
de patria
ni de pueblos
ni de santos.
Mucho menos de sangre derramada.
Yo lo ignoro
hasta lo niego
y me parece un sueño
el dolor infinito.

Nada, sino que esto se acabó
y vivo conmigo.

Satán – Miguel de Unamuno

¡Pobre Satán!, botado del escaño
del trono del Señor de las mercedes,
tú que ablandar con lágrimas no puedes
el temple diamantino de tu daño.

Que no puedes llorar. Satán huraño,
preso del miedo único en las redes,
del miedo á la verdad, a que no cedes
¡pobre Satán, padre del desengaño!


A vivir condenado sin remedio
contigo mismo sin descanso lidias
y buscando olvidarte y para el tedio

matar es que la vida con insidias
nos rodeas, teniéndola en asedio
mientras el ser mortal nos envidias.

Agonías de un caribú – Alfredo Gangotena

Bajo el paso incierto y vegetal de angustia,
Levanto el polvo de la nada.
Toda pupila emerge
en esta soledad suspensa,
Toda concentración oscura,
En violencia tal
De hacinamiento y llama pura entre las rocas.

La luna atenta y circundada
A su vez aclara
Aquel espacio de su prenda
Fluente y nemoroso.
Atormentados cascos van a mengua
Redoblando el eco
En mil contornos de la estéril claridad polar.

Único en sí repercute el gemido entre la fronda
De un balido incauto.
Ventajas cruentas de la selva:
Desvalidos pasos del garañón herido
Que ya en las turbias aguas del escajo su condición aplaca
Su pesar consume.
Yacentes ojos a su propia luz ocultos
Bajo el ámbito nocturno de este vuelo.

Ver adentro, el cazador también escucha
El retiro alado de tanta lejanía inclusa.
Y en murmullos que la brisa asume, cuanto más cercanos, se acrecienta el rocío de las fieras.

A aquellas cuencas vuelvo, al conjunto aquél,
Saturado y tenso,
De fragancia y brotes.
Los continuos árboles
De vertical sustento, de fiero embate,
Allí persisten
Como la postrera vibración del aire.

Tantas voces en el eco. ¡Oh luna te reflejas en mi mente!
Como el ave en las alturas de su vuelo contenida,
Tan solo aún, Noche mía, voy en ti, tan duro de distancias.
La pradera de tierno espacio en tanto me recibe,
Que en jugos desbordantes de los aires resplandece.

¿Mas, volverá el cedeño pasto
a brotar de luces?
De lo remoto el ciervo acude
A tal empeño de este clamor vedado.

El durmiente que oyó la más difusa música – Andrés Sánchez Robayna

Las delicadas espaldas del sueño
remontan rojas el océano,

nubes de densidad calurosa
al extremo del día abovedado,

el mar en esta brisa de verano.
La más difusa música, en el sueño,

La visión más intensa,
las olas prolongadas y el sol y los pinos

giran con esas olas y ese aire que él sueña.
Las nubes son su espalda.

Ni el sol ni la mañana serán ya para él
un sol o una mañana o un azul ilusorios.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades