Se juntan desnudos – Jorge Gaitán Durán

Dos cuerpos que se juntan desnudos
solos en la ciudad donde habitan los astros
inventan sin reposo el deseo.
No se ven cuando se aman, bellos
o atroces arden como dos mundos
que una vez cada mil años se cruzan en el cielo.
Sólo en la palabra, luna inútil, miramos
cómo nuestros cuerpos son cuando se abrazan,
se penetran, escupen, sangran, rocas que se destrozan
estrellas enemigas, imperios que se afrentan.
Se acarician efímeros entre mil soles
que se despedazan, se besan hasta el fondo,
saltan como dos delfines blancos en el día,
pasan como un solo incendio por la noche.

Epitafio – Francisco Villaespesa

Palpitante de angustia y de terror te veo.
Ya en tu carne has sentido los dientes del Pecado,
y en medio de las lúbricas traíllas del deseo
tu pudor se defiende como un ciervo acosado.

A veces, en un ímpetu te vuelves irritada,
y tu violencia aplastada y tu coraje hiere,
y en otras, lacrimosa, suplica tu mirada
con el dolor de un alma que de dolor se muere.

Pero, defensa inútil. Llegará el caballero,
y hundirá en tus entrañas virginales, su acero,
y morirás bañada entre tu sangre ardiente...

Y entregará tu cuerpo, en medio de la plaza,
a la salvaje y ávida lujuria de la gente,
¡cual sangriento trofeo de su bárbara caza!

A Floralba – Francisco de Quevedo

¡Ay, Flor alba! Soñé que te…, ¿dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.

Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte.»

Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.

Nosotros – Anne Sexton

Yo estaba envuelta en pieles
negras y pieles blancas y
tú me las quitaste y entonces
me pusiste bajo la luz dorada
y luego me coronaste,
mientras fuera la nieve azotaba
la puerta en dardos diagonales.
Mientras un palmo de nieve
caía como estrellas
en fragmentitos de calcio,
tú y yo estábamos en nuestros cuerpos
(ese aposento que nos enterrará)
y tú estabas en mi cuerpo
(ese aposento que nos sobrevivirá)
y al principio te sequé
los pies con una toalla
porque era tu esclava
y luego me llamaste princesa.
¡Princesa!

Ay, entonces
me incorporé con mi piel dorada
y solté los salmos
y solté las prendas
y tú quitaste el freno
y tú quitaste las riendas
y tú quitaste los botones,
los huesos, las confusiones,
las postales de Nueva Inglaterra,
la noche de enero a las diez,
y nos elevamos como el trigo,
acre tras acre de oro,
y cosechamos,
sí, cosechamos.

La muralla – Nicolás Guillén

Para hacer esta muralla,		
tráiganme todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.

Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.

-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-Una rosa y un clavel...
-¡Abre la muralla!
-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-El sable del coronel...
-¡Cierra la muralla!
-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-La paloma y el laurel...
-¡Abre la muralla!
-¡Tun, tun!
-¿Quién es?
-El alacrán y el ciempiés...
-¡Cierra la muralla!

Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;

al ruiseñor en la flor,
abre la muralla...

Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien.
allá sobre el horizonte...

A unas piernas – Francisco de Terrazas

¡Ay basas de marfil, vivo edificio
obrado del artífice del cielo,
columnas de alabastro que en el suelo
nos dais del bien supremo claro indicio!

¡Hermosos capiteles y artificio
del arco que aun de mí me pone celo!
¡Altar donde el tirano dios mozuelo
hiciera de sí mismo sacrificio!

¡Ay puerta de la gloria de Cupido
y guarda de la flor más estimada
de cuantas en el mundo son ni han sido!

Sepamos hasta cuándo estáis cerrada
y el cristalino cielo es defendido
a quien jamás gustó fruta vedada.

Muerte del capitán don Francisco de Aldana – Guillermo Carnero

El mar rompiendo mudo, el sol de Agosto
que no abrasa ni ciega, el vocerío
distante y apagado: al fin reposo
sin urgencia ni peso de las armas.

Flotan y se disuelven los sentidos;
desciende un leve velo y los aquieta
en una densa paz de sueño y sangre,
con pulcritud y aroma de guirnalda

negra, mientras apaga un amorcillo
su antigua antorcha, y tiembla como llama
—espejismo de amor reverberado—
una mujer muy relamida y suelta,

señalando por burla con el dedo
la nada a donde voy, con mi tesoro
de gentil amoroso acatamiento,
de versos en su honor tan bien medidos.

Rosa saudade – Carmelina Soto

Siempre la rosa. Siempre agonizante.
Inclinada o erguida, turbadora.
Al filo de la tarde o de la aurora,
coronada en sereno de diamante.

Estancia del amor, rosa fragante.
El fango no la ve y ella lo ignora.
Estancia triste donde apenas mora
la rosa silenciosa y el instante.

Aquí vivió la rosa. Noche y día
en la saudade del recuerdo crece
y se copia y dilata en su perfume.

y sigue prolongando su agonía
por el mal de la espina que padece
y fa llama de amor que la consume.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades