Aquí
pocos pájaros:
un aleteo espectral acaso,
como de ciegas aves entre muros.
Aquí
pocas flores;
tal vez algunos pétalos concisos,
caídos entre grama de invierno.
Aquí
pocas sonrisas;
muecas inoportunas,
dulces, correctas, tímidas
y sofocadas de fatiga al cerrarse.
Aquí
unos céntimos oxidados
y el mendrugo de unas ideas
que el miedo tritura, paciente;
terror
a vivir y a morir,
terror
al prójimo que necesitas,
lástima a ti y a tu mujer
y a tantos como sudan a la sombra o al sol;
es una pesadilla.
Terror a la locura
–o envidia a la locura.
Aquí
poca belleza;
no es hermoso esto:
demasiado profundo,
sucio de origen,
pegajoso aún
de la placenta de la creación,
lastimado aún
por el dolor del parto del mundo,
dubitativo aún de caos primario
(aquí
no se quiere matar,
se está cansado,
se es inocente sin destino).
Ya no quedan resoluciones
que miren al otro borde del morir;
nada que viajar, ninguna espera;
esto es un lento cataclismo
que comenzó en la informe penumbra de la selva
entre alimañas
y fieras amenazadoras
y que abdicó una noche en la prehistoria
como un rey bárbaro en el otro.
Aquí
vehemencia acaso
pero entusiasmo no.
A veces
la alegría parece una calumnia,
y esas veces impiden a la herida cerrarse
y a la convalecencia afluir a la salud.
Aquí
se entiende al que abandona y busca rincón,
se entiende al que se sienta frente a la puerta
con la espalda guardada por el muro,
al que camina rozando la pared,
al que amaina el paso, cauteloso,
en las esquinas de vivir.
Siniestra es nuestra comprensión,
somos feroces de la nada;
una de nuestras manos da al vacío
y regresa a la frente,
la otra permanece en el horno del siglo
y se quema y no disimula
su dolor ni su aullido natural.
Aquí
el pasado es absurdo,
residual
e inexistente a fuerza de ser sombra;
el futuro,
ajeno
y amurallado de clamor y de crimen;
el presente,
esta cuarentena
poblada de palabras en mitades
que casan mal y que se roen unas a otras
con precaución y con monotonía.
Aquí
se está casi desvanecido;
un paso más y es sueño,
dos pasos más y es muerte,
tres pasos más y es un no haber nacido
nunca.
La plaza – Magdalena Camargo Lemieszek
Quién esparcirá cal en las paredes de esta casa.
Quién, con sus propios dedos, con sus propias manos,
tallará el albor sobre la piedra.
Quién será capaz de pronunciar una palabra
y crear de su sonido la blancura.
Quién construirá para mí el azar de sus ventanas,
la ruptura del orden y las líneas,
el cristal pálido y sucio ocultando las espinas de los cactus.
Quién señalará para mí la barda plateada,
la gente apretada contra el límite,
casi los unos encima de los otros
y tras el cerco, oculto,
pero magnificado en su certeza,
un toro cuyo pelambre ha de ser como la tierra
tocada por primera vez con la llama del incendio,
y sus músculos, delineados con rigor desde la noche,
y su sudor, ¿Quién ha visto acaso la lluvia
resbalando por el tronco de los árboles?
y sus cuernos turbios, como un hueso triste
que se alarga y se adelgaza hasta fundirse con el aire,
es la punta de una flecha,
o un llamado fraguado desde el bronce.
No puedo verle entre la gente.
No puedo oír sus pezuñas contra el polvo,
pero para qué serviría una barda tan hermosa
si no es para contener la sangre
y la belleza.
El infante – Fernando Pessoa
Dios quiere, el hombre sueña, la obra nace,
Dios quiso que la tierra fuese toda una,
Que el mar uniese, ya no separase.
Te bendijo, y fuiste desvendando espuma.
Y la orla blanca fue de isla en continente,
Clareó yendo hasta el fin del mundo,
Y se vio la tierra entera, de repente,
Surgir redonda desde el azul profundo.
Quien te bendijo portugués te hizo.
Del mar y de nosotros en ti nos dio señal,
Se cumplió el Mar y el Imperio se deshizo.
¡Señor, falta que se cumpla Portugal!
Génesis – Sergio Navarro Ramírez
LOS novios se aman en su oscuridad,
solo suya, la noche de este mundo.
Les fue entregado el día en el altar
como un regalo que gozaron, prósperos
en la felicidad, hasta agotarse.
El cansancio provoca la torpeza
cariñosa con la que se desnudan,
y la piel queda como tierra abierta
donde desciende una respiración
que trae consigo primavera y lluvia.
Atrás quedan las horas solitarias,
como fragmentos de un momento pleno
que reúne por fin una presencia.
Ahora culmina tanta espera, ya,
hundidas las barreras de la carne,
los cuerpos confundidos en las sombras,
mientras celebran el advenimiento
de la tan anhelada compañía.
Ella le siente respirar, cernirse
sobre su cuerpo de tiniebla y agua.
Él fluctúa, mecido sobre un mar
que se estremece.
A mi alma – Juan Ramón Jiménez
Siempre tienes la rama preparada
para la rosa justa; andas alerta
siempre, el oído cálido en la puerta
de tu cuerpo, a la flecha inesperada.
Una onda no pasa de la nada,
que no se lleve de tu sombra abierta
la luz mejor. De noche, estás despierta
en tu estrella, a la vida desvelada.
Signo indeleble pones en las cosas.
luego, tornada gloria de las cumbres,
revivirás en todo lo que sellas.
Tu rosa será norma de las rosas;
tu oír, de la armonía; de las lumbres
tu pensar; tu velar, de las estrellas.
En la línea lejana del deseo… – Andrés Neuman
En la línea lejana del deseo,
superficie de luces y corrientes,
se mantiene un velero a la deriva.
De ti depende el viaje o la zozobra,
su pesca o su destino,
la distancia que logre.
Izada, interrogándote, habrá siempre
una vela aguardando a que la mires.
Yo soy… – Alejandra Pizarnik
mis alas?
dos pétalos podridos
mi razón?
copitas de vino agrio
mi vida?
vacío bien pensado
mi cuerpo?
un tajo en la silla
mi vaivén?
un gong infantil
mi rostro?
un cero disimulado
mis ojos?
ah! trozos de infinito
Arroyo – Tomás Segovia
En la prisa de su ímpetu tiránico
No oye nada el arroyo
Desde el foso sin bordes de su propio fragor
Desde aquí arriba
Se ve el tropel de espaldas líquidas
Sin cesar arrojándose
Con la monótona constancia
De un perpetuo desorden
Esta vehemencia se abalanza
Hacia un túnel del tiempo
Que no debiera tener término
El arroyo perpetuamente empieza
Por siempre su después es otra vez ahora
¡Ah sí! resiste
No te dejes salvar por mis palabras
No cedas uno solo de tus ansiosos rasgos
A la imagen de ti
En la que te amaré luego
Te juro que estoy mirándote
Fuera de este poema
Donde corro contigo
Abrazado a un impulso y ciego a toda meta
Queriendo que mi vida igual que tú
No sepa nunca dónde acaba el tiempo.
La noche en que nos conocimos… – Camila Sosa Villada
La noche en que nos conocimos
las palabras andaban por el aire
un tropel de caballos que corrían
al desierto para morir de sed.
Suicidas de seda, kamikazes de organza.
Nos mirábamos las bocas
y buscábamos entre todos los ademanes
la oportunidad para rozarnos.
Nos olvidamos de que las palabras estaban cerca.
Las dejamos flotar como niños malcriados
sobre nuestra íntima ceremonia.
Estábamos juntos y nos decíamos linduras al oído
antes de partir en direcciones contrarias.
La despedida fue breve,
dejamos que nuestro piadoso vocabulario
tuviera su minuto de descanso.
Al llegar a casa, un dolor en la nuca
me recordó que tenía un cuerpo y,
en orden de mérito,
vos te lo merecías por completo.
Glorias de la mañana – Mary Oliver
Azul y azul oscuro
rosa y rosa profundo
blanco y rosado están
en todas partes en el laborioso
trigal alzándose y meciéndose
en su confiable
forja en el pequeño
arrojo de sus cuerpos sus
propios aparejos
atrapados en los tallos de trigo.
La historia del segador es la historia
del infinito trabajo de
tarea cuidadosa y dura pero el
segador no puede
separarlas ahí están
en la historia de su vida
brillantes fortuitas inútiles
año tras año
tomadas con las serias toneladas
malezas sin valor graciosas
bellas malezas.