LA CARTA – Efraín Huerta

Esas letras que te parecieron un pueblo entero,
un ancho río de venas flameantes.
Esas letras. Esas palabras.
Esas profundas y secretas frases.
Esa íntima resonancia.
Ese calor. Esa poesía
que se adueñó de mi pobre barca.
Eso que me empapó de amor
y de una vivificadora dolencia.
Por tanta dulzura,
por tantísima lucidez.
¡Ah, esa carta que un día
me escribió Tere Medina!

Coloquio filial – Carlos Álvarez

Queridísima madre: enredadera
de caricias tejidas en mi pecho;
áncora firme
que sujeta mi vuelo a las raíces
donde tomo la savia de la tierra…
quiero
(pues nunca hable contigo de estas cosas
quizá por timidez, quizá por esa
tendencia a acorazar el sentimiento
que llamamos pudor)decirte ahora
sin palabras que estorben; con silencio
que escuche el corazón, que siempre fuiste
la verdadera guía de mis pasos…
el imantado afán de mi sendero.

Imagino tu asombro, madre mía;
la sonrisa
de incrédula amargura con que acoges
mi confesión de amor. Ya sé que nunca
dirigí mis palabras a tu encuentro,
ni en tu frente, surcada de pesares
que, tal vez, yo creara,
coloqué, cincelada por mis manos,
la ofrecida diadema de mis versos.

Y me dirás acaso
que cuantas veces me alejé, inducido
por mi destino de sembrar estrellas;
desvanecer misterios…
que cuando derramé cuanto pudiera
tener algún valor como semilla
sobre la herida abierta de los campos,
(mis años por ejemplo)
siempre olvidé el desgarro que mi ausencia
te causaba a ti, madre, en tus entrañas
de la tristeza hundidas por el peso.

Mas yo también pudiera
reprocharte que nunca comprendiste
(ni te esforzaste mucho por hacerlo)
las razones de un hombre
cuya meta, perdona, es diferente
de aquella que persiguen —con fiereza
de lobos en la noche—
cuantos hombres parecen ser de hierro.
Más blanda mi sustancia, siempre quise
caminar por la vida
sin que nadie por mí fuera pisado,
para ganarme, madre, tu respeto.

Por eso siempre fuiste tú la guía…
la verdadera guía de mis pasos,
queridísima madre: enredadera
de caricias tejidas en mi pecho;
áncora firme
que sujeta mi vuelo a las raíces
donde tomo la savia de la tierra…
donde escucho las voces de los campos…
donde fijo el imán de mi sendero.

A una dama – Salvador Díaz Mirón

Bailas por antojo que al mancebo engríe;
y “escotada” luces dos hechizos fuera,
y en el rubio monte de tu cabellera
una flor de grana bruscamente ríe.

¡Pasas, huyes, tornas y el placer deslíe
fósforo combusto que te pinta ojera,
y tu maridazo mira errar la hoguera
y nada barrunta que le contraríe!

¡Y en el rubio monte de tu cabellera
una flor de grana bruscamente ríe!

Amada Regina – Joan Margrit

En todas las ciudades busco siempre
un hotel que llevara el nombre de ella.
El Regina de Roma y su fachada
severa y gris, fascista, de granito.
El Regina de Londres, frente a un parque
tristísimo al crepúsculo. El Regina
con las piedras negruzcas de Bruselas.
El cálido Regina de París,
junto al «quai» solitario de barcazas.
El Regina y su zócalo de moho
lamido por las aguas oscuras de Venecia.
Y cuando ella murió, y él no viajaba ya,
el último Regina, en el bullicio
del centro, en Barcelona,
le acogió con sus gélidos espejos
y con su delicada marquesina
de hierro y de cristal en la calle Bergara.
Regina amada, hoteles y mujer:
algunos negros bultos en la noche,
la caldera encendida y los neones
de tu nombre, violentos de tanta soledad.
Ciudades que están llenas de imprevistos
hitos de amor.

Incienso – María Elvira Lacaci

Incienso.
Olor que me penetra
rasgando los sentidos.
Y huyo.
Me siento acorralada
por ese olor vivísimo.
Partículas quebradas
de una luz lejanísima
se adentran en mi alma, hoy todo sombra.

Incienso.
Un Dios,
amordazado por la Vida,
intenta liberarse. Inútilmente.

Incienso.
Acaso un día,
al aspirar tu aroma penetrante,
no huya. Arrollándolo todo.
Seguida y perseguida
por un fantasma amado:
El Dios de mi niñez. Que olía a incienso.

Nocturnalia – Joan Brossa

A Pepa

Pura contra la noche está mi mano,
Riqueza y fuerza me echaré a la espalda;
Busco la calma en lo que pensar pueda,
Donde empieza la queja trazo raya.

Suelen bastarme el hombre y su misterio,
El azufre que hiero no me daña;
Pero la suma escapa al juicio humano,
y me sacude el trueno y raya el rayo.

Pero no digo que mi error lamente:
-¡Echa raíces, olvidada tierra!
En torno de tu amor dialogando,

Cuanto retengo piérdolo con ansia:
Ni siento horror de morir como pienso
Ni pensar como muero me entristece.


  A Pepa

Pura contra la nit la meva mà,
Riquesa i força em tiraré a l’espatlla;
Busco la calma en el que puc pensar
I on recompença el plany traço una ratlla.

L’home i el seu misteri em sol bastar,
El sofre que copejo no m’espatlla;
Però la suma escapa al seny humà,
I el tro em fa trontollar i el llamp em ratlla.

Però no dic que senti el meu error:
-Omple’t d’arrels, oh terra desatesa!
Dialogant entorn del teu amor,

El que retinc, ho perdo amb avidesa:
Ni de morir com penso sento horror,
Ni de pensar com moro em ve tristesa.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades