La máscara de oro – Miguel Ángel Velasco

Se templó para cifra de una vida,
relieve rotundo que fijara
coraje o grandeza. Quiso, al tiempo,
velar en una imagen serenada
el gesto lacerante.
                                  Y buscó, acaso,
cuajar en lumbre quieta el resplandor
que atraviesa los rostros.
Esa luz que ilumina los semblantes
cuando saltan la hoguera.

Celebración del embarazo – Rafael Duarte

TU comienzo fue un hilo de peces momentáneos,
de anémonas crecidas en las algas del cuerpo.
Vegetal y marino ascendiste a la sangre,
secreto y empujado de esperanzas pacíficas.

En el fondo del lago cereal de la madre
una niebla redonda de ceras y de uvas
fue entornando su vientre de corolas esféricas
donde el mundo empezaba de nuevo su manzana.

Eras, hijo, una incógnita de eléctricos corales,
atolón de un cariño de grávidas cadenas.
El linaje encendido. Una isla en el gozo
rodeada de mares de escarcha y de misterio.

Tentaste un abanico de besos boreales,
conmoviste el sigilo de anchuras y caderas,
elevaste los pechos a los tallos del nácar
rizando los jazmines aéreos de la leche
al latir tu relámpago de harinas y de lunas.

Rocío frutal de carne pegujal del abrazo,
gramínea y aumentada primavera escondida,
aroma circundante de espirales ternuras,
en cúpula creciente del polen del deseo.

Nadie pudo arrancarme la rosa de tu júbilo,
ni diezmar tu presencia con temores impunes.
Nacerás porque vienes masticando la vida,
curvando la cintura en un arco de mimos,
consumación global de un deleite enlazado
por la raíz redonda, circular de tu espera.

Anónimo Urbano – Berta Serra Manzanares

HE perdido las letras de su nombre entre todos los ojos y los escaparates que anunciaban las últimas rebajas. Me ha rozado la espalda en un vagón de metro. (Afuera lloviznaba). He pisado su sombra en un semáforo. (Otoño se vestía en las acacias). Para llegar al cine, he bajado tres calles paseando mientras alguien bailaba pasodobles y una pareja de titiriteros interpretaba un aria de Rossini, (dos nubes se besaban en un charco) y al escoger butaca, bastante atrás como acostumbro, se ha sentado a mi lado oscuramente.

Tiempo de mar – Ernestina de Champourcín

EL mar me pertenece
lo hago pasar entero
entre mis manos ávidas.
Lo acaricio le doy
la única mirada
sencilla que me queda
la que aún no han manchado
ni el miedo ni la muerte.

Mar limpio entre mis dedos
goteando esperanzas
porque sostiene aún
un velamen con brisa.

Mar de todos los mares
hoy contemplo en su espuma
otros mares antiguos:
aquel de mi primer
contacto con las playas
y el de aquellas lecturas
codiciosas e incómodas
bajo algún tamarindo.
y aquel otro del trópico
sin huellas de turistas
con esa pulpa tierna
que ofrece el cocotero.

Quiero olvidar aquí
lo que sucedió anoche.
el mar no tiene culpa.
Es dócil, mío, puro,
es un lebrel que lame
mis plantas mansamente.

Artes de ser maduro – Jaime Gil de Biedma

                                                                       A José Antonio

Todavía la vieja tentación
de los cuerpos felices y de la juventud
tiene atractivo para mí,
no me deja dormir
y esta noche me excita.

Porque alguien contó historias
de pescadores en la playa,
cuando vuelven: la raya del amanecer
marcando, lívida, el límite del mar,
y asan sardinas frescas
en espetones, sobre la arena.
Lo imagino enseguida.
Y me coge un deseo de vivir
y ver amanecer, acostándote tarde,
que no está en proporción con la edad que ya tengo.

Aunque quizás alivie despertarse
a otro ritmo, mañana.
                                         Liberado
de las exaltaciones de esta noche,
de sus fantasmas en blue jeans.

Como libros leídos han pasado los años
que van quedando lejos, ya sin razón de ser
—obras de otro momento.
                                              Y el ansia de llorar
y el roce de la sábana, que me tenía inquieto
en las odiosas noches de verano,
el lujo de impaciencia y el don de la elegía
y el don de disciplina aplicada al ensueño,
mi fe en la gran historia…
Soldado de la guerra perdida de la vida,
mataron mi caballo, casi no lo recuerdo.
Hasta que me estremece
un ramalazo de sensualidad.

Envejecer tiene su gracias.
Es igual que de joven
aprender a bailar, plegarse a un ritmo
más insistente que nuestra experiencia.
Y procura también cierto instintivo
placer curioso,
una segunda naturaleza.

El espejo – Jenaro Talens

Tiene la blanca mano
apoyada en el libro pequeño,
sobre las pequeñas hojas blancas
donde, absorta, se pierde.

Hundida en el sillón, los ojos
tibiamente impregnados de sensación de ver,
aunque sin forma; en torno los objetos
se alzan como muros
a los que sólo la incansable
profundidad de las pupilas
puede ahondar en plenitud, y observa
el modo simple en que se acopla el mundo
a su tacto, sin queja.
Cuanto sus dedos asen
fuertemente lo tiñen de lucidez. Del cerco
nunca insalvable de la lejanía
en que hasta las palabras
más repentinamente próximas participan
la protege este libro pequeño,
en cuyas pequeñas hojas blancas sus blancas manos se posan.

Y algún vago deseo
le asalta: «cuerpo hermoso
para ofrecer, quién sabe, blando muslo,
labios acaso con temblor de aurora».
Pero apenas si el brazo, febrilmente extendido,
roza el sereno cristal que nada responde.

Ciego el espejo es
para el que en su pulida entraña no consigue iniciarse
con claridad. Y vuelve
a acariciar su cuerpo, que, de nuevo, insensible,
se funde en la lejana realidad envolvente.

Cuando ha dejado de sentir el apacible mordisco de las
            últimas luces
cierra con lentitud el libro. Y comienza otra noche,
en donde los objetos, incluso los más cercanos, también a ella
            la ignoran.

Suspiro – José Asunción Silva

a A. de W.

Si en tus recuerdos ves algún día
Entre la niebla de lo pasado
Surgir la triste memoria mía
Medio borrada ya por los años,
Piensa que fuiste siempre mi anhelo
Y si el recuerdo de amor tan santo
Mueve tu pecho, nubla tu cielo,
Llena de lágrimas tus ojos garzos;
¡Ah, no me busques aquí en la tierra
Donde he vivido, donde he luchado,
Sino en el reino de los sepulcros
Donde se encuentran paz y descanso!

Cada vez que levante los ojos… – Susana March

Cada vez que levante los ojos
beberé toda el agua del cielo.
Su agua azul, temblorosa de pájaros,
se me irá derramando por dentro.

Y allá donde las sombras mezquinas
me despierten un mal pensamiento,
allá donde se agiten las alas
nocturnas y vagas de tristes deseos,

formará el claro río una charca
de profundo y tersísimo espejo,
zodiacales los signos en torno,
y la estrella de Sur en el centro.

Y si un día me siento agobiada
de tener tanto cielo en el pecho
me hundiré en una charca clarísima
con un rayo de sol en el cuello.

Suicida de azules riberas,
yaceré sobre un lodo arcangélico.
Un reposo de miles de años
me estará acariciando los huesos…

Alrededores de la luz – Eloy Sánchez Rosillo

Casi sin ver la realidad del día
ni la certeza de su claridad,
ando en busca de ti, de los vestigios
de unos años, de un mar, de unos lugares.
Porque la sombra avanza y los astros escriben
sus órdenes fatales en mi frente,
y es triste a solas proseguir la angustia
de los caminos que iniciamos juntos.

Pensar un cuerpo es inventar la noche
de las islas perdidas, el fulgor
olvidado en los brazos de la hierba.
Es difícil ahondar en el silencio,
llenar de amor el hueco que el instante
abre en el grito con que te pronuncio.

No escucho la presencia de tus pasos
vigilando la herida de los versos escritos
ni el temblor desolado de la tarde
deja en mi voz el poso transparente
de lo que ardió y se fue y es ya elegía.

Seguir es regresar, volver al borde
del lecho aquel, de la blancura en llamas.
La soledad me dicta letras anochecidas
y las horas se duermen en el pulso del tiempo.

Vuelve a llamarme. Esparce tus designios
en las proximidades de otra hoguera.
Se acabará el sonido del invierno,
la mirada extendida, la sed de las palabras
El deseo que recuerda el color de unos ojos
descansará en la tierra que conoce.
Las calles arderán a mediodía
y cantará la luz entre mis manos.

Poesía de todas la épocas y nacionalidades