Nada, amigos,
esto se acabó.
No se dónde nací
ni por qué
ni para qué
pero me siento viva
y eso basta.
No me habléis
de patria
ni de pueblos
ni de santos.
Mucho menos de sangre derramada.
Yo lo ignoro
hasta lo niego
y me parece un sueño
el dolor infinito.
Nada, sino que esto se acabó
y vivo conmigo.
Idilio Perdido – Jacqueline Soto
Voy a dejar que en el viento
se desvanezca el idilio
que un día construí contigo
a partir de un viejo sueño.
Veré tu voz extinguirse,
mi mirada se irá lejos
llevando con ella anhelos
que no pude compartirte.
Y sola me quedaré
desmembrando tu recuerdo
con un vacío en el pecho
que en silencio cerraré.
Satán – Miguel de Unamuno
¡Pobre Satán!, botado del escaño
del trono del Señor de las mercedes,
tú que ablandar con lágrimas no puedes
el temple diamantino de tu daño.
Que no puedes llorar. Satán huraño,
preso del miedo único en las redes,
del miedo á la verdad, a que no cedes
¡pobre Satán, padre del desengaño!
A vivir condenado sin remedio
contigo mismo sin descanso lidias
y buscando olvidarte y para el tedio
matar es que la vida con insidias
nos rodeas, teniéndola en asedio
mientras el ser mortal nos envidias.
Canción del placer – Lenore Kandel
Mi amado empuña su sexo
como un colibrí
en equilibrio sobre el delicado borde
Que placer ser una planta melífera
y
abrirse de par en par
Primavera – Antonio Carvajal
(25 de marzo)
Todo el aire es caricia,
pluma, polen, canción, y, mientras vuela,
igual fecunda ramos
que se inflama de abejas.
Todo lo que ha de ser jugoso y dulce
como un niño de dios o una promesa
primero es soplo que la carne halaga,
primero es flor que la mirada incendia.
En mi corazón nacen cada mañana… – Noemí Trujillo Giacomelli
En mi corazón nacen cada mañana los pájaros
y os quiero hablar de ellos.
Les digo que canten,
pero de momento no quieren:
se distraen filosóficamente.
Cantad por mi madre
que lleva once días muerta.
Cantad, cantad, cantad
que me asusta mucho este silencio,
este clamor inmóvil.
¡Cantad!
Agonías de un caribú – Alfredo Gangotena
Bajo el paso incierto y vegetal de angustia,
Levanto el polvo de la nada.
Toda pupila emerge
en esta soledad suspensa,
Toda concentración oscura,
En violencia tal
De hacinamiento y llama pura entre las rocas.
La luna atenta y circundada
A su vez aclara
Aquel espacio de su prenda
Fluente y nemoroso.
Atormentados cascos van a mengua
Redoblando el eco
En mil contornos de la estéril claridad polar.
Único en sí repercute el gemido entre la fronda
De un balido incauto.
Ventajas cruentas de la selva:
Desvalidos pasos del garañón herido
Que ya en las turbias aguas del escajo su condición aplaca
Su pesar consume.
Yacentes ojos a su propia luz ocultos
Bajo el ámbito nocturno de este vuelo.
Ver adentro, el cazador también escucha
El retiro alado de tanta lejanía inclusa.
Y en murmullos que la brisa asume, cuanto más cercanos, se acrecienta el rocío de las fieras.
A aquellas cuencas vuelvo, al conjunto aquél,
Saturado y tenso,
De fragancia y brotes.
Los continuos árboles
De vertical sustento, de fiero embate,
Allí persisten
Como la postrera vibración del aire.
Tantas voces en el eco. ¡Oh luna te reflejas en mi mente!
Como el ave en las alturas de su vuelo contenida,
Tan solo aún, Noche mía, voy en ti, tan duro de distancias.
La pradera de tierno espacio en tanto me recibe,
Que en jugos desbordantes de los aires resplandece.
¿Mas, volverá el cedeño pasto
a brotar de luces?
De lo remoto el ciervo acude
A tal empeño de este clamor vedado.
El durmiente que oyó la más difusa música – Andrés Sánchez Robayna
Las delicadas espaldas del sueño
remontan rojas el océano,
nubes de densidad calurosa
al extremo del día abovedado,
el mar en esta brisa de verano.
La más difusa música, en el sueño,
La visión más intensa,
las olas prolongadas y el sol y los pinos
giran con esas olas y ese aire que él sueña.
Las nubes son su espalda.
Ni el sol ni la mañana serán ya para él
un sol o una mañana o un azul ilusorios.
Y volará contigo mi dolor – Esther Giménez
A Miguel G. M.
Miré en tus ojos
y ya no estabas.
Sólo las briznas
de la espadaña.
Miré tus ojos
que se volaban.
Los perseguían
palomas pardas.
Y en los dos fosos
de la ventana,
miré a la niña
probar las alas.
Miré tus ojos
y no lloraban.
¡Ay de la herida
de luz temprana!
Que el haz nuboso
que atrás dejabas
yo lo querría
cordel de plata.
Segunda lección del páramo – Guillermo Carnero
Veo anegarse la llanura heladaen marea de sombra que crecienteal rojo sumidero del ponienteconduce la blancura amordazaday a la noche cerradaunas cuantas palabras que prudenteconseguí, menos sabio que paciente,traigo como remedio de la nada.Solo para regalo de mis ojosbrillan y aroman y por un momentochisporrotean en la llama huidiza;después, con otros restos y despojosde voluntad y de conocimiento,perecen hechas brasas y ceniza.