«Leo durante gran parte de la noche, y en el invierno parto hacia el sur» THOMAS STEARNS ELIOT
Si la suerte o los dioses tienen dispuesta mi partida bajo otros cielos, su voluntad sea mía. Mas si puedo pedir, que la luz de mis ojos se ponga contemplando este paisaje, las antiguas playas, la vieja mar junto a la que nací.
LAS crónicas nos hablan de aquella brava rusa, casi niña, que murió combatiendo al invasor. Por la mañana el sol la descubría bajo la nieve, fresca: grandes ojos azules y, desnuda, toda su gracia intacta; los brazos muy abiertos, como para el amor. Las tropas se paraban a admirar esa forma esculpida por la mano brillante del invierno. Más de uno, aquella misma noche, montaría a una puta pensando en la muchacha.
No muy lejos, entre gritos de júbilo, los niños se arrojaban valle abajo, a lomos de soldados congelados, jugando a los trineos.
SUCEDE que a menudo me echas de menos, dices. Que ya no soy el mismo. Que estoy como más serio. Que cómo se me nota el peso de los días.
Y yo, Juan Meseguer, el amante imperfecto, me pongo panza arriba y me defiendo: Tú no te quedas corto, Señor; Tú no me vas a la zaga en faltas de caricias.
Tú fuiste Zarza ardiente o(h) llama de Amor viva; fuego devorador, en cualquier caso. De pronto, las cenizas. No de pronto, se entiende: poco a poco.
Primero una cuaresma; y después otra y siempre todavía otra más. Y yo lleno de polvo, de rutina, sin ver jamás la pascua radiante de tus ojos.
¿Cariño del tangible? Más bien poco, Señor. Tuviste que encerrarme en el sagrario: rozarme bien la carne; comerme a beso limpio. Y entonces, sí, Señor, entonces lo nuestro fue una fiesta que no cesa.
Dicen que el año mil novecientos treinta y tantos la tierra de mi patria dejó de ser de tierra, porque se convirtió en un suelo estéril enemigo del trigo y de la lluvia; que los ríos perdieron temblor y transparencia, y supieron la forma concreta de la muerte; que las noches no fueron compañeras del viento, y los robles doblaron su medrosa estatura temerosos de una bala perdida... (mejor se entierra el plomo tras el pecho de un árbol que entre las jóvenes ramas del hombre, y mejor todavía en la corteza muda de la tierra, en las minas...). También dicen que en tiempos muy lejanos, siglos y siglos antes del sputnik primero, pero siglos más tarde de que el hombre lograra que el sudor de otro hombre llegara hasta sus manos con el brillo del oro, también dicen que entonces los ríos se secaron y el aire se hizo espeso alguna vez en Gilboé y en Hiksos, y en la llanura encrespada de Maratón, bajo el cielo de Grecia. No sé; yo no recuerdo. Ni me teñí las manos con sangre fi listea, ni me importaron nada la ambición de Alejandro ni la sed insaciable de Darío... y del duelo entre Oriente y Occidente –ese duelo pendiente todavía según dice la prensa–, del duelo entre Persépolis y Atenas, ya sólo me interesa la hazaña del atleta que corrió sin descanso desde la última herida de lanza hasta el canto primero del pueblo alborozado. Son cosas ya pasadas: historias de otros tiempos y otros hombres: de los hombres que lucharon en Troya o que sintieron miedo en las trincheras unos minutos antes del combate en el Ebro... Yo no sé de esas cosas: yo soy un hombre joven que ha nacido más tarde, alejado en el tiempo de Brunete y Guernica; alejado del odio por amor a la tierra... amigo de la tierra y enemigo del odio.
Los unos altísimos, los otros menores, con su eterno verdor y frescura, que inspira a las almas agrestes canciones, mientras gime al chocar con las aguas la brisa marina de aromas salobres, van en ondas subiendo hacia el cielo los pinos del monte.
De la altura la bruma desciende y envuelve las copas perfumadas, sonoras y altivas de aquellos gigantes que el Castro coronan; brilla en tanto a sus pies el arroyo que alumbra risueña la luz de la aurora, y los cuervos sacuden sus alas, lanzando graznidos y huyendo la sombra.
El viajero, rendido y cansado, que ve del camino la línea escabrosa que aún le resta que andar, anhelara, deteniéndose al pie de la loma, de repente quedar convertido en pájaro o fuente, en árbol o en roca.
Deja fluir mis huesos entre las hojas entre las hojas nacidas de haberte conocido un día de lluvia cuando los barquichuelos de tus orejas cortaban las flores ocultas bajo los nombres de mis calles
¡Si tienes sed, Adán, abrévate de mi boca! ¡Ten fe y obra el milagro! ¡Mis besos serán buenos como el agua que un día brotara de la roca y como la que el Hijo de humildes nazarenos,
que será, de amar tanto, Dios mismo, cambie en vino! ¡Si tienes hambre, toma: mi corazón es vianda! ¡Mis ojos son antorcha de luz en tu camino! ¡Y el camino soy yo! —¡Oh, bebe y come y anda!
¡En mis débiles brazos está tu fortaleza, por mí lo serás todo y triunfarás en todo; por mí tus ojos pueden descubrir la belleza,
tus pasos echar alas, tu suavidad ser fuerte!... Yo soy quien te completa, ¡mortal! ¡Desde que el lodo Se llenó del aliento de Dios contra la muerte!
Siempre caro me fue este yermo cerro y esta espesura, que de tanta parte del último horizonte el ver impide. Mas sentado y mirando, interminables espacios a su extremo, y sobrehumanos silencios, y hondísimas quietudes imagino en mi mente; hasta que casi el pecho se estremece. Y cuando el viento oigo crujir entre el ramaje, yo ese infinito silencio a este susurro voy comparando: y en lo eterno pienso, y en la edad que ya ha muerto y la presente, y viva, y en su voz. Así entre esta inmensidad mi pensamiento anega: y naufragar en este mar me es dulce.
Contra la llama, sólo la llama.
Contra el agua, la flor del arrayán.
Bajo los artesones constelados
pronunciaste mi nombre.
Repítelo. «Todo está mal.» Repítelo.
«Es malo todo.» Repite tú mi nombre.
Contra mi llama, sólo tu llama.
Se debate el amor, crepita, rasga, esquiva,
muerde, se encrespa
lo mismo que un cachorro
del que ignoramos si juega o nos devora.
Tu voz me da la fuerza
contra la fuerza. Nómbrame y viviremos.
Necesaria es la muerte;
necesarios, los dioses despreciables.
Pero si tú me nombras…
Ah, si tú me nombraras…