Qué hermosa eres, libertad. No hay nada
que te contraste. ¿Qué? Dadme tormento.
Más brilla y en más puro firmamento
libertad en tormento acrisolada.
¿Que no grite? ¿Mordaza hay preparada?
Venid: amordazad mi pensamiento.
Grito no es vibración de ondas al viento:
grito es conciencia de hombre sublevada.
Qué hermosa eres, libertad. Dios mismo
te vio lucir, ante el primer abismo
sobre su pecho, solitaria estrella.
Una chispita del volcán ardiente
tomó en su mano. Y te prendió en mi frente,
libre llama de Dios, libertad bella...
Archivo de la categoría: Premio Cervantes
Si esta paloma se quema… – María Zambrano
SI ESTA paloma se quema,
no es sólo en la zarza ardiente
sino bebiendo una fuente
que corre entre la alhucema.
Fuente viva y con amor
que va hacia la noche oscura,
pero nace de la pura
claridad de un ancho frescor
de Misericordia que es llave
del mejor humano
y tierra y sol de su mies.
Y esta p[aloma] en su vuelo
lleva un aire castellano
por lo universal del cielo.
155 – Álvaro Pombo
Retrato de un Niño
(El macizo de aquellos erguidos
Entreabiertos tulipanes amarillos
Hace transparente
Parece por la tarde)
El espejo confirma
La levedad del niño
El indeciso pantalón
Corto las botas
Recién inauguradas
Ese Octubre
Una desvaída corbata
Torcida amarilla
Y verde
De labios inmortales
Todavía en sus labios
Una dicha obstinada
En todo el jardín
El sol hacía islas con los árboles
Santoral agreste – Rafael Alberti
¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!
Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.
El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,
corre tras la paloma de la sierra,
para glorificarla en los altares,
bajo la luz de este soneto mío.
Viento de otoño – José Hierro
Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento
gloria final a las hojas doradas.
Arder, fundirse el monte en llamaradas
crepusculares, trágico y sangriento.
Gira, asciende, enloquece, pensamiento.
Hoy da el otoño suelta a sus manadas.
¿No sientes a lo lejos sus pisadas?
Pasan, dejando el campo amarillento.
Por esto, por sentirnos todavía
música y viento y hojas, ¡alegría!
Por el dolor que nos tiene cautivos,
por la sangre que mana de la herida
¡alegría en el nombre de la vida!
Somos alegres porque estamos vivos.
Retórica del sí – Ida Vitale
DESDE el cuchillo descendió la orden:
—No más dudas.
Descolguemos del árbol
las preguntas de cuerpo inanimado.
No más cuándos ni nuncas.
El expolio se ofrece en beneficio
del poeta futuro.
Entre la sangre, el miedo
y sus mortales invenciones,
en la centuria de ceguera insana,
contra hogueras
que un frío viento tinto reconstruye,
se exige fuertes pasos,
palabras positivas y enjoyadas.
Con la suma de dudas excluidas
qué fantasmal corona de ciprés aseguran.
El mendigo – Francisco Brines
Extraño, en esta noche, he recordado
una borrada imagen. El mendigo
de mi niñez, de rostro hirsuto, torna
desde otro mundo su mirada dura.
Llegaba al mediodía, y un gruñido
de animal viejo le anunciaba. (Toda
la casa estaba abierta, y el verano
llegaba de la mar.) Andaba el niño
con temor a la puerta, y en su mano
depositaba una moneda. Era
hosca la voz, los ojos fríos de odio,
y sentía un gran miedo al acercarme,
la piedad disipada. Violenta
la muerte me rondaba con su sombra.
Sólo después, al ver a los mayores
hablar indiferentes, ya de vuelta,
se serenaba el pecho. Me quedaba
cerca de la ventana, y frente al mar
recordaba las sombrías historias.
Esta noche, pasado tanto tiempo,
su presencia terrible y misteriosa
me ha desvelado el sueño. Ningún daño
he sufrido de aquella voluntad,
y el hombre ya habrá muerto, miserable
como vivió. Aquellos años, otros
muchos mendigos iban por las casas
del pueblo. Todos, sin venganza, yacen.
Los extinguió el olvido. Vagas, rotas,
surgen sus sombras; la memoria turba
un reino frío y solitario y vasto.
Poderosos, ahora me devuelven
la mísera limosna: la piedad
que el hombre, cada día, necesita
para seguir viviendo. Y aquel miedo
que de niño sentí, remuerde ahora
mi vida, su fracaso: un anciano
me miraba con ojos inocentes.
Verde hacia un río – Jorge Guillén
Pasa cerca, le adivino.
Con él cantan, y en follajes
Aun más sonoros —¡no bajes
De prisa! — pero sin trino,
Los pájaros. Es más fino
Su gorjeo infuso en masa
Vegetal. ¿Quién acompasa
La dicha? Desciende el monte
Muy despacio. Ven. Disponte
Ya a lo mejor. Cerca pasa.
Quiénes somos – Cristina Peri Rossi
Quienes dicen que somos solo humanos
olvidan que todos somos animales.
Quienes dicen que somos solo animales
olvidan que somos un poco plantas.
Quienes dicen que somos un poco plantas
olvidan que somos un poco luz
y un poco oscuridad.
Quienes dicen que somos claroscuro
olvidan que somos un poco música
la música de las aguas del viento de los cielos.
Quienes dicen que somos buenos
olvidan toda la maldad del mundo.
Y quienes dicen que somos malos
olvidan toda la bondad de una mirada compasiva.
Soy la mujer que ayudó a morir a su padre.
Soy el hombre que prostituyó a una mujer
y su cliente.
Soy la planta que nació entre las piedras
y la máquina que la segó.
Soy tu amante celosa
y tu marido infiel.
Aprovecha este corto tiempo que me queda
para gozarme y torturarme.
El resto será mala memoria
y acaso
un tardío perdón
por no morir al mismo tiempo.
Alta traición – José Emilio Pacheco
No amo mi Patria. Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos).