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Porque conocía el nombre de los peces… – Carlos Barral

Porque conocía el nombre de los peces,
aún de los más raros,
y el de los caladeros, y las señas
de las lejanas rocas submarinas,
me dejaban revolver en las cestas,
tocarlos uno a uno, sopesarlos,
y comentaban conmigo abiertamente
las sutiles cuestiones del oficio.
Porque entendía de nudos y de velas
y del modo de armar los aparejos,
me llevaban con ellos muchas veces;
me regalaban el quehacer de un hombre.
Sentía con orgullo
enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,
impregnarme
un fuerte hedor a brea y a pescado.
Sabía casi todo de aquella vida simple,
de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa.
No supieron contarme
o no pude entender cómo era aquello
en los días peores, las amargas
semanas de paciencia,
cuando el viento del norte
roe las entrañas y se harta la pupila
de escudriñar los cielos,
en los días confusos,
cuando el mar de borrosos contornos
es sólo como un cascote de vidrio
semienterrado en el fango,
un desagradable incidente o una trampa
para los que pasan corriendo
ciegos bajo la lluvia.

Oda a España – Joan Maragall

Escucha, España, la voz de un hijo
que te habla en lengua no castellana;
hablo en la lengua que me ha legado
la tierra áspera;
en esta lengua pocos te hablaron;
en la otra, demasiado.

Demasiado de los saguntinos
y de los que mueren por la patria;
y por tus glorias y tus recuerdos,
recuerdo y gloria de cosas muertas,
triste has vivido.

De distinta manera quiero hablarte.
¿Por qué derramar la sangre inútil?
La sangre es vida, si está en las venas,
vida hoy, vida para los que vengan;
vertida, es muerte.

Demasiado pensaste en tu honor
y escasamente en tu vida:
tus hijos, trágica, diste a la muerte.
Mortales honras te satisfacían;
tus fiestas eran tus funerales,
¡oh triste España!

Yo vi barcos zarpar repletos
de hijos que a la muerte entregabas:
sonriendo iban hacia el azar,
y tú cantabas junto a la mar
como una loca.

¿Dónde tus barcos? ¿Dónde tus hijos?
Pregúntalo al Poniente, a la ola brava:
perdiste todo, a nadie tienes.
¡España, España, vuelve en ti,
rompe el llanto de madre!

Sálvate, sálvate de tantos males;
que el llanto te haga alegre, fecunda y viva;
piensa en la vida que te rodea;
alza la frente,
sonríe ante los siete colores del iris.

¿Dónde estás España, dónde que no te veo?
¿No oyes mi voz atronadora?
¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla?
¿A tus hijos no sabes ya entender?
¡Adiós, España!

Soneto de la dulce queja – Federico García Lorca

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

LA CARTA – Efraín Huerta

Esas letras que te parecieron un pueblo entero,
un ancho río de venas flameantes.
Esas letras. Esas palabras.
Esas profundas y secretas frases.
Esa íntima resonancia.
Ese calor. Esa poesía
que se adueñó de mi pobre barca.
Eso que me empapó de amor
y de una vivificadora dolencia.
Por tanta dulzura,
por tantísima lucidez.
¡Ah, esa carta que un día
me escribió Tere Medina!

Coloquio filial – Carlos Álvarez

Queridísima madre: enredadera
de caricias tejidas en mi pecho;
áncora firme
que sujeta mi vuelo a las raíces
donde tomo la savia de la tierra…
quiero
(pues nunca hable contigo de estas cosas
quizá por timidez, quizá por esa
tendencia a acorazar el sentimiento
que llamamos pudor)decirte ahora
sin palabras que estorben; con silencio
que escuche el corazón, que siempre fuiste
la verdadera guía de mis pasos…
el imantado afán de mi sendero.

Imagino tu asombro, madre mía;
la sonrisa
de incrédula amargura con que acoges
mi confesión de amor. Ya sé que nunca
dirigí mis palabras a tu encuentro,
ni en tu frente, surcada de pesares
que, tal vez, yo creara,
coloqué, cincelada por mis manos,
la ofrecida diadema de mis versos.

Y me dirás acaso
que cuantas veces me alejé, inducido
por mi destino de sembrar estrellas;
desvanecer misterios…
que cuando derramé cuanto pudiera
tener algún valor como semilla
sobre la herida abierta de los campos,
(mis años por ejemplo)
siempre olvidé el desgarro que mi ausencia
te causaba a ti, madre, en tus entrañas
de la tristeza hundidas por el peso.

Mas yo también pudiera
reprocharte que nunca comprendiste
(ni te esforzaste mucho por hacerlo)
las razones de un hombre
cuya meta, perdona, es diferente
de aquella que persiguen —con fiereza
de lobos en la noche—
cuantos hombres parecen ser de hierro.
Más blanda mi sustancia, siempre quise
caminar por la vida
sin que nadie por mí fuera pisado,
para ganarme, madre, tu respeto.

Por eso siempre fuiste tú la guía…
la verdadera guía de mis pasos,
queridísima madre: enredadera
de caricias tejidas en mi pecho;
áncora firme
que sujeta mi vuelo a las raíces
donde tomo la savia de la tierra…
donde escucho las voces de los campos…
donde fijo el imán de mi sendero.

A una dama – Salvador Díaz Mirón

Bailas por antojo que al mancebo engríe;
y “escotada” luces dos hechizos fuera,
y en el rubio monte de tu cabellera
una flor de grana bruscamente ríe.

¡Pasas, huyes, tornas y el placer deslíe
fósforo combusto que te pinta ojera,
y tu maridazo mira errar la hoguera
y nada barrunta que le contraríe!

¡Y en el rubio monte de tu cabellera
una flor de grana bruscamente ríe!