Archivo de la categoría: Poesía norteamericana

El Coloso – Sylvia Plath

Nunca he de conseguir repararte del todo,
Armado, pegado y propiamente ensamblado.
Rebuznos, gruñidos y cacareos indecentes
Emanan de tus enormes labios.
Es peor que en un corral.

Quizás te consideras a ti mismo un oráculo,
Vocero de los muertos o de uno que otro dios.
Treinta años ya he trabajado
Para dragar el sedimento de tu garganta.
No he aprendido nada.

Trepando pequeñas escaleras con botes de pegamento y baldes de Lysol
Me arrastro cual hormiga enlutada
Sobre la extensa maleza de tu ceño
Para arreglar tus inmensas placas craneales y limpiar
Los blancos, desnudos túmulos de tus ojos.

Un cielo azul sacado de la Orestiada
Se arquea sobre nosotros. Oh padre, enteramente tú mismo
Eres tan sentencioso y antiguo como el Foro Romano.

En una colina de cipreses negros saco mi almuerzo.
Tus huesos acanalados y tu cabello de acanto están desordenados

En su anciana anarquía hasta el horizonte.
Tomaría más que la caída de un rayo
Para producir una ruina tal.
Por las noches, me encuclillo en la cornucopia
De tu oreja izquierda, alejada del viento,

Contando las estrellas rojas y esas otras del color de las ciruelas.
El sol sale bajo el pilar de tu lengua.
Mis horas están amarradas a la sombra.
Ya no escucho más que el rasguño de una quilla
Contra las piedras lisas del embarcadero.

Nochebuena – Anne Sexton

¡Ah, filoso diamante, madre mía!
No puedo calcular el costo
de tus facetas, tus humores
—ese don que perdí.
Dulce muchacha, mi lecho de muerte,
mi dama de ensortijados dedos,
tu retrato cintiló toda la noche
junto a las luces del árbol.

Tu faz calmada como la luna
sobre el mar amanerado,
presidió la reunión de familia,
los doce nietos
que usabas en la muñeca,
un bebé de tres meses
—cheque gordo que no endosaste—,
un niñito pelirrojo que bailaba el twist,
tus hijas que envejecen, cada cual una esposa,
cada una hablando con la cocinera de la casa,
cada una esquivando tu retrato,
cada una arremedándote la vida.

Después, tras la fiesta,
cuando todos dormían,
me senté apurando el brandy navideño,
mirando tu retrato,
dejando afocar y desafocar el árbol.
Las luces vibraban.
Eran un halo sobre tu frente.
Luego formaron un panal,
azul, amarillo, verde y rojo;
cada una con su jugo, caliente y viva
aguijoneándote el rostro. No te movías.
Seguía mirando, forzándome,
expectante, inextinguible, de treinta y cinco.

Quería que tus ojos cambiaran
como la sombra de dos pájaros pequeños.
Pero no envejecieron.
La sonrisa que me congregó, toda encanto,
toda sabiduría, era invencible.
Hora tras hora miré tu cara
sin poder arrancarle la raíz.
Luego vi al sol chocar contra
tu suéter rojo, tu cuello ajado,
la piel color de rosa-carne mal pintada.
Tú que me arreaste,
te vi tal cual fuiste:
Y pensé en tu cuerpo
como quien piensa en homicidio…

—María, dije entonces,
María, María, perdóname—
y toqué entonces un regalo para el niño,
el último que engendré antes de tu muerte;
y luego toqué mi pecho
y luego toqué el piso
y luego otra vez mi pecho como si,
de algún modo, fuese uno de los tuyos.

El espino – Louise Elisabeth Glück

Al lado tuyo, pero no
de tu mano: así te miro
andar por el jardín
de verano: las cosas
que no pueden moverse
aprenden a mirar. No necesito
perseguirte a través
del jardín; en cualquier parte
los humanos dejan
señal de lo que sienten, flores
esparcidas en el polvo del camino, todas
blancas y doradas, algunas
levemente alzadas
por el viento de la tarde. No necesito
seguirte adonde estás ahora,
hundido en la ponzoña de este campo, para
saber la causa de tu huida, de tu humana
pasión, de tu rabia: ¿por qué otra cosa
dejarías caer todo aquello
que has acumulado?

A mi amante, quien regresa a su esposa – Anne Sexton

Allí está toda ella.
Cuidadosamente fundida para ti
y forjada de tu niñez,
forjada de tus cien antiguallas favoritas.

Ha estado allí desde siempre, querido.
Es, además, exquisita.
Juego pirotécnico en las aburridas medianías de febrero
y tan real como una olla de fierro fundido.

Enfrentémoslo, he sido momentánea.
Un lujo. Una lancha rojo encendido en la bahía.
Mi pelo elevándose como humo por la ventanilla del coche.
Almeja fuera de temporada.

Ella es más que eso. Es tu tener que tener,
ha cultivado tu crecimiento práctico y tropical.
No es un experimento. Es toda armonía.
Cuida de los remos y de las horquillas de los remos del
bote,

puso flores silvestres sobre la ventana, en el desayuno,
se sienta tras su rueda de alfarera a mediodía,
ha sacado adelante tres niños bajo la luna,
tres querubines pintados por Miguel Ángel,

y lo ha hecho con las piernas bien abiertas
en los terribles meses en capilla.
Si volteas hacia arriba, allí reposan tus hijos
como delicados globos contra el techo.

También los ha cargado por el pasillo
tras la cena, la cabeza reclinada hacia ella,
dos piernas protestando —de persona a persona—
la cara sonrojada por la canción y su pequeño sueño.

Te regreso tu corazón.
Te doy permiso—

para el detonador dentro de ella, palpitando
furioso entre la mugre, para la perra que es
y el entierro de su herida
—para el entierro de su herida viva, roja, pequeña—

para la llama pálida que flamea bajo sus costillas,
para el marinero ebrio que aguarda en su pulso izquierdo,
para la rodilla de madre, las medias,
las ligas, para la llamada

—curiosa llamada
cuando horadas entre brazos y pechos
y desatas la cinta naranja de su pelo
y respondes a la llamada, curiosa llamada.

Es tan singular y tan desnuda.
Es la suma de ti y de tus sueños.
Súbela como a un monumento, paso a paso.
Es sólida.

Yo, en cambio, soy una acuarela.
Me deslavo.

Cruzando el agua – Sylvia Plath

Lago negro, bote negro, dos personas recortadas en papel negro.
¿Adónde van los árboles negros que beben aquí?
Sus sombras deben cubrir Canadá.

Entre las flores acuáticas se filtra algo de luz
Sus hojas no quieren apurarnos:
son redondas, planas y están llenas de avisos oscuros.

Del remo se sacuden mundos fríos.
El espíritu de la negrura está en nosotros, en los peces.
Un tronco levanta una mano pálida para decir adiós.

Las estrellas se abren entre los lirios.
¿No te encandilan sirenas tan inexpresivas?
Este es el silencio de las almas absortas.

La otra – Sylvia Plath

Llegas tarde, lamiéndote los labios.
¿Qué dejé intacto en el umbral:

blanca Niké,
aullando entre mis muros?

Sonrientemente, azul relámpago
aceptas, como escarpia, el gravamen de sus partes;

Favorecido de la Policía, lo confiesas todo.
Cabello lúcido, limpiabotas, plástico viejo,

¿tan intrigante es mi vida?
¿Por eso agrandas tus ojeras?

¿Es por eso por lo que se alejan las motas de aire?
No son motas de aire, sino corpúsculos.

Abre tu bolso. ¿Qué es ese hedor?
Es tu calceta, asiéndose

asiduamente a sí misma,
son tus dulces pegajosos.

Tengo tu cabeza contra mi pared.
Cordones umbilicales, azulrojizos, lácidos,

chillan desde mi vientre, cual flechas, y cabálgolas.
O luz lunar, o enferma,

los caballos robados, las fornicaciones
circulan útero marmóreo.

¿A dónde vas
sorbiendo aire como kilómetros?

Lloran oníricos adulterios
sulfúricos. Cristal frío, ¿cómo

te introduces entre yo misma
y yo misma? Araño como un gato.

La sangre que fluye es fruta mate:
un efecto, un cosmético.

Sonríes.
No, no es mortal.

Malahierba – Louise Elisabeth Glück

Algo
llega al mundo sin ser bienvenido
y llama al desorden, al desorden.

Si tanto me odias
no te molestes en buscar
un nombre para mí: ¿necesitas
acaso un desdoro más
en tu lenguaje, otra
manera de culpar
a la tribu por todo?

Ambos lo sabemos,
si adoras a un dios, necesitas
sólo un enemigo.

Yo no soy el enemigo.
Sólo soy una treta para ignorar
lo que ves que sucede
aquí mismo en esta cama,
un pequeño paradigma
del fracaso. Una de tus preciosas flores
muere aquí casi a diario
y no podrás descansar
hasta enfrentarte a la causa, es decir,
a todo lo que queda,
a todo aquello que es más fuerte
que tu pasión personal.

No estaba escrito
permanecer para siempre en este mundo.
Pero por qué admitirlo, si puedes seguir
haciendo lo de siempre,
lamentándote y culpando,
las dos cosas a la vez.

No necesito que me alabes
para sobrevivir. Llegué aquí primero,
antes que tú, antes
de que sembraras un jardín.
y estaré aquí cuando el sol y la luna
se hayan ido, y el mar, y el campo extenso.

Y yo conformaré el campo.

Lady Lázaro – Sylvia Plath

Lo he hecho otra vez.
Un año en cada diez
Lo consigo——

Una especie de milagro andante, mi piel
Brillante como la pantalla de una lámpara nazi
Mi pie derecho

Un pisapapeles,
Mi rostro un fino lino judío,
Sin rasgos.

Pélame de este paño
Oh mi enemigo.
¿Te aterrorizo?——

¿La nariz, las cuencas de los ojos, las dos hileras de dientes?
Este aliento agriado
Se desvanecerá en un día.
Pronto, pronto la carne
Devorada por el sepulcro severo estará
De nuevo acomodada en mí

Y por eso soy una mujer sonriente.
Solamente tengo treinta años
Y como el gato tengo siete veces para morir.

Ésta es la Número Tres.
Qué basura
El aniquilar cada década.

Qué infinidad de filamentos.
La multitud comedora de maní
Se empuja para verlos

Desenvolver mis manos y pies——
El gran desnudo.
Caballeros, damas

Éstas son mis manos
Mis rodillas.
Quizás yo sea carne y hueso,

Sin embargo soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que sucedió yo tenía diez años.
Fue un accidente.

La segunda vez estaba decidida
A durar hasta el final y no regresar nunca.
Meciéndome me cerré

Como una concha de mar.
Tuvieron que llamarme y llamarme
Y quitarme los gusanos de encima como perlas viscosas.

Morir
Es un arte, como todo lo demás.
Yo lo hago excepcionalmente bien.

Yo lo hago de manera tal que se sienta infernal.
Yo lo hago para que se sienta real.
Supongo que podrían decir que tengo una vocación.

Es tan fácil como para hacerlo en una celda.
Es tan fácil como para hacerlo y quedarse quieto.
Es el teatral

Regreso a plena luz del día
Al mismo lugar, la misma cara, el mismo grito
Salvaje y entretenido:

‘¡Un milagro!’
Lo que me trastorna.
Hay un precio

Por mirar mis cicatrices, hay un precio
Por escuchar mi corazón
Que realmente avanza.

Y hay un precio, un muy alto precio
Por una palabra o un toque
O un poco de sangre

O un pedazo de mi ropa o un mechón de mi cabello.
Entonces, Herr Doktor.
Entonces, Herr Enemigo.

Yo soy tu opus,
Yo soy tu joya,
El puro bebé de oro

Que se derrite hasta un chillido.
Yo me vuelvo y me quemo.
No pienses que menosprecio tu gran preocupación.

Cenizas, cenizas——
Tú atizas y hurgas.
Carne, hueso, no hay nada allí——

Una barra de jabón,
Un anillo de bodas,
Un empaste de oro.

Herr Dios, Herr Lucifer
Cuidado
Cuidado.

De entre las cenizas
Me elevo con mi cabello rojo
Y devoro hombres como al aire

Canción de amor de una muchacha loca – Sylvia Plath

Cierro los ojos y el mundo entero perece;
Levanto los párpados y todo vuelve a nacer.
(Creo que te inventé dentro de mi mente.)

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Y una arbitraria negrura entra galopando:
Cierro los ojos y el mundo entero perece.

Soñé que me hechizabas hasta tu cama
Y enfebrecido de luna cantabas, locamente me besabas.
(Creo que te inventé dentro de mi mente.)

Dios se tambalea desde el cielo, los fuegos del infierno se desvanecen:
Salen los serafines y los hombres de Satán:
Cierro los ojos y el mundo entero perece.

Gustaba de pensar que regresarías como dijiste,
Pero envejezco y me olvido de tu nombre.
(Creo que te inventé dentro de mi mente.)

Debí haber amado al Ave de Trueno en vez;
Al menos con la primavera entre rugidos regresa.
Cierro los ojos y el mundo entero perece.
(Creo que te inventé dentro de mi mente.)