Fin del trayecto – José Manuel Caballero Bonald

¿Parpadean las luces o eres tú
que me miras a ráfagas, vacilas
tercamente a mi lado y pones
como una intermitencia de cristales
litúrgicos entre el sexo y la música?

Quien aquí vino a hurgar
en la parte más neutra
de la noche, convicto
permanece en su duda, a extramuros
del tiempo, nunca más como cómplice,
sólo esperando ya qué importa qué.

Rigor Mortis – José Manuel Caballero Bonald

Por muy solos que estén, por muy diezmados
que parezcan estar, regresan
cada noche de su demarcación
más fúnebre, enarbolan
el imperioso emblema de una herencia
de fámulos y en la fealdad
abominable de su fe militan.

A su estatura escasa, copia
de otra estatura general
igualmente deforme, aplican
la inútil panacea de una máscara
con que intentan suplir
su congénito horror al rostro de la historia.

A veces se autoerigen
estatuas y a veces ellos mismos
con razonable unción
se llaman mutuamente mentecatos

Arca de lágrimas – Pablo García Baena

¿Quién sois, Señora, que dejáis vuestra casa sobre la cuesta,
vuestro camarín de buganvillas y luces
y vais llorosa en noche de tambores
-otra vez los tambores, ahora en gloria fúnebre-,
Señora enlutada que camináis hacia los patíbulos?

El madero se yergue sobre el monte
y pende a punto de caer el fruto bendito,
acorred, Señora de los ajusticiados.

El condenado grita en la noche: Padre.
No es a Vos, humanísima, no divina,
amarga sólo y sólo en la amargura entreabrís vuestros labios.
Y está la noche erizada de tambores,
cientos de años bajando en soledad
por el monte de la calavera,
vuestro manto empapado en el lodo y la sangre
por siempre jamás, Madre del supliciado,
la voz encomendándote: Mujer, ahí está tu hijo,
el reo, el acusado, el hombre.

Otra vez los tambores anuncian la ejecución
junto a la tapia blanca,
Señora que acudís sola en vuestro sollozo,
las lágrimas lloviendo silenciosas.

Llagas de la tortura en las celdas,
fiebre de heridas en las sábanas coaguladas de los hospitales,
blanca sobredosis de luna sobre el crimen.
Rasean los tambores con el vuelo de las rapaces amarillas,
la quieta brasa de sus ojos brillando
sobre las osamentas de la guerra y el hambre,
y el vacilante abandono de la razón
cuando el dedo de infamia señala las tinieblas exteriores.

Sin duda estáis cansada en vuestro acuitamiento,
Señora que presides la noche de la necesidad,
escalera, lienzos, sepultura.
Vuestro pueblo os aclama y a la vez -no callan los tambores-
brillan en vuestro corazón los cuchillos del abandono,
y florecen en vuestras manos los juncos marinos de las espinas,
el férreo lirio sangriento de los clavos.

Señora que camináis al atardecer
tras el cadáver rígido sobre el frío de la losa,
sobre la terca ceguera de los hombres
marcados como el rebaño con la señal del matadero,
Señora que volvéis los ojos
en la fatiga de la compasión
-velan aún, confusos, los tambores-,
ayúdanos, Altísima.

Segunda desfloración – Julieta Dobles

Apareciste.
Fugaz, impredecible.
El más urgente ahora.
El subrepticio beso a la distancia,
más quemante mientras más lejos arde,
más moroso y astuto
que a ras de labio.
Ardió sobre mi cuello
desde la otra esquina del salón,
ala temible y deleitosa.
Tu palabra,
la subversiva,
irresistible herramienta del deseo.
Y mi burbuja oscura,
aquella que arrastré
después del desamor.
mi segunda virginidad,
estéril, afrentosa,
rota de displaceres
donde el eros se esconde,
se esfumó en el asalto de tus manos,
ante el atrevimiento de tu lengua invasora,
enfrente al tajo de la noche
que improvisaste así para mi gozo.
Podría empezar a amarte
si me lo permitieras.
Eres demasiado fugaz,
tejido ajenamente en la distancia.
Y quizá nuestro mundos
no vuelven a cruzarse.
Te agradezco ese golpe de instinto
que me abrió claridades.
Recorrí, nuevamente,
la dulzura de los cuerpos
que se van acercando, hasta cerrarse
uno sobre otro, como puertas al gozo.
Y el jadeo triunfante,
música que no puedo desterrar de mi vida.
Y la belleza antigua de la espada
que siempre me sorprende,
y da vida y no muerte a donde hiere.
Quizá yo sea en ti
sólo unos ojos memorables,
que se irán disolviendo entre sus días
de rutina y de hastío.
Yo soy la gananciosa:
puedo hoy volver a amar.