Archivo de la categoría: Poesia española

Cumpleaños – Ángel González

Yo lo noto: cómo me voy volviendo 
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

A la espalda – Elvira Sastre

Sigues teniendo la misma mirada
que tienen
los que lloran a escondidas
y a gritos.

Tu rostro es
un trozo de pena arrancado
de algún domingo,
un cúmulo de ruidos
que solo son silencio,
una senda de cicatrices
que empiezan en tus manos
y se agrandan en tus aristas,
que son tantas como bemoles
colman tu vida.

Sé que te sigues acordando de mí
las tardes de otoño,
que se te empequeñece el corazón
cuando llueve
porque has olvidado
cómo te ardió el pecho
cuando te cogí con mis dos manos
y te hiciste un ovillo herido,
que mira al suelo
cuando caminas
porque ahora prefieres pisar el presente
y dejar de vislumbrar futuros.

También sé
que sigues guardando secretos
para quien venga
-guárdate bien,
sigues siendo el mejor que tengo-.
Que tu felicidad insiste en el descanso
y que solo bailas cuando estas despeinada.
Que encuentras el placer
al lamerte las heridas,
que te cuesta decir adiós para siempre
porque en tu espalda está toda tu historia.

Claro que lo sé,
amor.

Me bastó mirarte una vez
a través de todos tus cortes,
de tus excusas y de tus huidas,
de la velocidad de tu acento,
de tus palabras puestas porque sí,
de las frases escritas a media voz,
de los mensajes a destiempo,
de tus ojos rearmados has los dientes.

Me bastó mirarte una vez,
la primera,
para llevarme toda tu tristeza a mis ojos
y no poder mirarte de otro modo,
y no poder ser de otra manera,
y que no pudieras ser de otra forma.

Pero yo te quise así
y tú quisiste que quisiera así.
Eres mi tristeza más pesada,
una losa de pena a la espalda.

Pero en ocasiones,
amor,
a veces,
me recuerdo feliz a tu lado,
te rememoro feliz a mi lado.

Y entonces lo entiendo todo.

Por qué – María Elvira Lacaci

Tú pudiste evitar
que me rasgara el alma
en los alambres
espinados y puestos por los hombres.
Yo bien te pregunté
si tras aquella senda——en apariencia clara——
habría noche para los sentidos. Y noche para ti. A ti te alcanza.
Tú nada respondiste. Yo creí que asentías.
Caminé
poniendo mucha luz en las pupilas.
Caminé... Tú pudiste evitarlo. Tú veías... Lo veías, Señor.
Y, lo mismo que ahora,
jugaste con el brillo
de una estrella asustada y fugacísima.
Y me dejaste ir. Pisar. Hundirme.
Pero aun así
siento que yo te lato
en la divina arteria de tu Esencia (los humanos decimos corazón).
Aun así
ciegamente confío
en esa muda voz que te reclamo.
Sólo digo a menudo:
«No comprendo..., no sé. ¡Porque Tú podías!»

La llave – María Victoria Atencia

Me despoja de mí el silencio en las torres
que una llave de piedra o de plata me abren,
y a las veras del agua se desnuda de aljófar
y nácar la nostalgia. Deja escurrir el mirto
una gota de aroma que sacude a la alberca.
Puedo ungirme las yemas para dar luz a un ciego.
Discurro con la noche. Los cipreses se alzan.
Soy el vacío ya. Ni una voz me sostiene.

La mariposa blanca – Martha Asunción Alonso

En el velador de la residencia,
la mariposa blanca
y los cabellos blancos de mi abuela.

Mi abuela.

Con sus 91 años recién cumplidos,
apoyada en su bastón,
se queja porque esto está lleno de viejos con bastón.

Y se mira los ríos de las manos
y no le teme al mar.

¿Quién se ha posado sobre quién?

(De Balkánica, Torremozas, 2018)

DOMINGO A SOLAS – Guillermo Marco Remón

Es cierto que creí
que el dolor me guiaría
por las habitaciones de la casa
a la que a veces llamo sin saber si hay alguien.
Esperando en la puerta
de ese hogar nos perdimos,
Dios y yo
nos hicimos humanos con la espera.
Él trajo las preguntas a la orilla
de la memoria cuando el balbuceo
era fe.
Y ahora evoco la oración, la duda.
Después de tantos domingos a solas,
perdóname:
he olvidado tu nombre.

Canto XXXV – Antonio Colinas

Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
He respirado al lado del mar fuego de luz.
Lento respira el mundo en mi respiración.
En la noche respiro la noche de la noche.
Respira en labio el labio el aire enamorado.
Boca puesta en la boca cerrada de secretos,
respiro con la savia de los troncos talados,
y como roca voy respirando el silencio,
y como las raíces negras respiro azul
arriba en los ramajes de verdor rumoroso.
Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce
sombrío de mis venas toda la luz del mundo.
Y yo era un gran sol de luz que respiraba.
Pulmón el firmamento contenido en mi pecho
que inspira la luz y espira la sombra,
que recibe el día y desprende la noche,
que inspira la vida y espira la muerte.
Inspirar, espirar, respirar: la fusión
de contrarios, el círculo de perfecta conciencia.
Ebriedad de sentirse invadido por algo
sin color ni sustancia, y verse derrotado
en un mundo visible por esencia invisible.
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
Me he sentado en el centro del mundo a respirar.
Dormía sin soñar, mas soñaba profundo
y, al despertar, mis labios musitaban despacio
en la luz del aroma: Quien lo ha conocido
se calla y quien habla no lo ha conocido.

Ante unos sarmientos – Jacobo Cortines

Oda a Carmen Laffón

Sobre un fondo de blancos y de grises,
esculpidos en bronce unos sarmientos
con sus hojas frondosas
de la pared frontal en alto cuelgan.
Son tus «Sarmientos», Carmen, los que hiciste
para el sitio elegido: el paramento
desnudo y estucado que recubre
el tiro del hogar, la chimenea
de planos lisos que en el techo mueren.
Viste ese espacio un día como un reto
y llenaste de vida su vacío
para dar cumplimiento a una promesa,
en prueba de amistad larga y fecunda.

Este lugar te sugirió la idea,
y te aplicaste presta a darle forma:
su textura, grosor, y colorido,
teniendo muy en cuenta
todo aquello que al sitio rodeaba:
la luz de las ventanas, las paredes,
la pálida techumbre, el pavimento
de rojizos ladrillos, las alfombras,
los muebles, los objetos
surgidos con el uso y la costumbre.
Y todo ahora, Carmen, se fusiona
con tus «Sarmientos», que serenos, firmes,
sus límites expanden,
inundando la sala de sosiego.

Desde sí mismos ellos sobrepasan
lo que fueran entonces:
vástagos de unas cepas que darían
pámpanos verdes y jugosas uvas.
Ahora son bronce y óleo no sujetos
al ciclo de estaciones,
sino esencias que al tiempo desafían.
Ahora sombras parecen que se esfuman
como unas manchas de carbón difuso.
Ahora relieves de perfiles claros,
según la luz y el ojo los observe.

¡Cuánto detrás de estos «Sarmientos», Carmen!
¡Cuántas historias como savias corren
por los tallos leñosos y los nervios
de las hojas en plenitud abiertas!
¡Cuánta vida interior fija en la plancha
que de soporte sirve,
donde además de grises y de blancos
asoman tonos ocres y celestes!

Al contemplar estos «Sarmientos», Carmen,
pienso en tu infancia junto al ancho río,
allá en la Jara de arenosas tierras,
con sus viñas de higueras salpicadas,
sus huertas y frutales
frente al inmenso y misterioso Coto,
tan cambiante en su luz a mar abierto.
¡Cuántos amaneceres, mediodías,
siestas, ocasos, noches. Bajamares
con algas entre brumas!

¡Cómo amaste ese río y sus orillas,
sus aguas fango rosa, o barro, o plata.
Cómo supiste ver ya cauce adentro
ese blancor de las salinas frías,
el silencio de la marisma oscura,
la paz de esos remansos
de sauces y de mimbres,
y llegar a Sevilla y descifrarla
con su torre dorada como eje
y el perfil de la esbelta en el celaje!

Sanlúcar y Sevilla, una morada,
un espacio interior para adentrarse
en el ser de las cosas y salvarlo
del olvido tenaz y su silencio.
Plantaste allí tu viña, que cultivas
año tras año con amor constante.
Vendimias ya su fruto y lo transformas
no en el dorado vino de la tierra,
sino en otro más dulce para el alma,
ansiosa de verdad y de belleza.

Gracias, querida Carmen, por tu ejemplo,
por tus lienzos, carbones y esculturas,
por tu amistad abierta de horizontes.
Y gracias por el don de estos «Sarmientos»,
en cuyo resplandor hallan mis horas
su necesaria paz y su sentido.

¡Qué carajo! – María Rosal

Fuera vara de nardo, si no fuera
mástil, felicidad, sin par badajo,
dedo de luz divina, ¡qué carajo!
que tan sólo en ausencia sabe a tuera.

Nadie ignore su don, ninguna muera
ajena a las delicias del colgajo,
que en mostrando su afán no habrá destajo
ni hospitalario hogar pondrá barrera.

¡Danzad doncellas junto al palo santo!
Vuestra frente inclinad ante el icono
que izará desigual con vuestro abono.

Pues sólo así sabrá animarse tanto,
rendid honores, gusto, pleitesía,
hasta que os dé tributo en ambrosía.

No puedo fingir más – Isla Correyero

Sin ti la soledad vuela en la casa,
a ceniza me sabe la comida.
Tengo un grito perdido en la cabeza
y una amargura rota entre los dientes.

La duda apenas cubre mi cerebro,
la miel tampoco endulza mi saliva.
Es salvaje la luz de tu delirio,
es ácido el recuerdo de tu soga.

No me tengas así ya más, en muerte;
la libertad suplico de esta cárcel.

Ábreme el corazón, si quieres, come.
Se caníbal, amor, me muerdas toda.