Soñé la muerte y era muy sencillo:
Una hebra de seda me envolvía,
Y a cada beso tuyo,
Con una vuelta menos me ceñía.
Y cada beso tuyo
Era un día;
Y el tiempo que mediaba entre dos besos
Una noche. La muerte es muy sencilla.
Y poco a poco fue desenvolviéndose
La hebra fatal. Ya no la retenía
Sino por sólo un cabo entre los dedos...
Cuando de pronto te pusiste fría,
Y ya no me besaste...
Y solté el cabo, y se me fue la vida.
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La equilibrista – Paulina Vinderman
a la memoria de Raúl Gustavo Aguirre
La equilibrista mueve su sombrilla
y su pie aletea sabiamente hacia adelante
y hacia atrás, hocico de luna dentro de su zapatilla
con lentejuelas.
Nadie sabe en las gradas
de sus ojos ahumados porque su amor ha muerto.
Y ella piensa, mientras los tambores
suenan lejanos desde el foso,
a qué regiones de trampa puede llevar
el dolor,
cuando la misma ceremonia de homenaje
ha de cumplirse
tanto si adelanta el pie sobre la cuerda
porque la vida espera
o si se deja caer, burbuja de color,
con la sombrilla cerrada como paracaídas inútil,
a un oscuro suelo, a su compasión.
(de la antología Del vino del atardecer)
Arena – Oliverio Girondo
ARENA,
y más arena,
y nada más que arena.
De arena el horizonte.
El destino de arena.
De arena los caminos.
El cansancio de arena.
De arena las palabras.
El silencio de arena.
Arena de los ojos con pupilas de arena.
Arena de las bocas con los labios de arena.
Arena de la sangre de las venas de arena.
Arena de la muerte...
De la muerte de arena.
¡Nada más que de arena!
Moderna – Alfonsina Storni
Yo danzaré en la alfombra de verdura,
ten pronto el vino en el cristal sonoro,
nos beberemos el licor de oro
celebrando la noche y su frescura.
Yo danzaré como la tierra pura,
como la tierra yo seré un tesoro,
y en darme pura no hallaré desdoro,
que darse es una forma de la Altura.
Yo danzaré para que todo olvides
y habré de darte la embriaguez que pides
hasta que Venus pase por los cielos.
Más algo acaso te será escondido,
que pagana de un siglo empobrecido
no dejaré caer todos los velos.
En la línea lejana del deseo… – Andrés Neuman
En la línea lejana del deseo,
superficie de luces y corrientes,
se mantiene un velero a la deriva.
De ti depende el viaje o la zozobra,
su pesca o su destino,
la distancia que logre.
Izada, interrogándote, habrá siempre
una vela aguardando a que la mires.
Yo soy… – Alejandra Pizarnik
mis alas?
dos pétalos podridos
mi razón?
copitas de vino agrio
mi vida?
vacío bien pensado
mi cuerpo?
un tajo en la silla
mi vaivén?
un gong infantil
mi rostro?
un cero disimulado
mis ojos?
ah! trozos de infinito
La noche en que nos conocimos… – Camila Sosa Villada
La noche en que nos conocimos
las palabras andaban por el aire
un tropel de caballos que corrían
al desierto para morir de sed.
Suicidas de seda, kamikazes de organza.
Nos mirábamos las bocas
y buscábamos entre todos los ademanes
la oportunidad para rozarnos.
Nos olvidamos de que las palabras estaban cerca.
Las dejamos flotar como niños malcriados
sobre nuestra íntima ceremonia.
Estábamos juntos y nos decíamos linduras al oído
antes de partir en direcciones contrarias.
La despedida fue breve,
dejamos que nuestro piadoso vocabulario
tuviera su minuto de descanso.
Al llegar a casa, un dolor en la nuca
me recordó que tenía un cuerpo y,
en orden de mérito,
vos te lo merecías por completo.
ByeByeBlondie – Claudia Masin
(basado en el film de Virginie Despentes)
Yo no estoy curada. Me dieron
en la boca la medicina que podía
calmar la ira, la tendencia a gritar, a revolverse
cuando la aguja se hunde
y saca sangre del pozo de la vena,
como si fuera barro y hubiera
que limpiar el cuerpo, sus impurezas,
porque una mujer, cualquier mujer
ensucia lo que toca si no es sometida
a intensos rituales de desinfección, de brutal
pero necesaria limpieza. Yo no estoy
curada pero me dejo
hacer, brillo como una santa, la misma fe
en cosas imposibles, la misma
pasión con un nombre
diferente. No me será quitada
la rabia, ni muerta
esta perra dejará de echar espuma
por la boca ni de lanzar la dentellada
si la quieren
poner a dormir para que no sufra
ni cause sufrimiento. Vos y yo teníamos
un secreto. Estábamos vivas
aunque nos hiciéramos las muertas,
en medio del bombardeo un par de cuerpos
que sobreviven con una única
estrategia: quedarse quietas, no revelar
que están ahí, no dejar que el pecho se mueva
con cada respiración, desaparecer
del mundo de los vivos hasta que los vivos
nos dejaran en paz. La batalla es cruenta
y dura todos los años que tuvimos
y tendremos. Cuando parece terminar,
empieza. Y de nuevo a cubrirnos las espaldas
la una a la otra. No te vayas, no te canses
de pelear, un ejército de dos aunque parezca
modesto, inofensivo, puede hacer temblar
la tierra. No es que vayamos a cambiar las cosas:
la victoria es que las cosas
no nos cambien a nosotras. Y no es poco,
no es poco seguir buscándonos
en la noche como insectos que se apiñan
alrededor de la luz. Si vamos a quemarnos al menos
elijamos el fuego, encendámoslo nosotras
con las manos llagadas que tenemos y que la llaga
duela si tiene que doler, pero que sea
en nuestros términos, locas,
raras, mujeres que olvidaron
contra toda evidencia
cómo deben morir las mujeres:
dejándose matar
y agradeciéndolo.
Consuelo de pobre – Diana Bellesi
Tan sereno el cielo iluminado
en rosa pálido sobre los árboles
que guardan su follaje y entre las ramas
desnudas pero preñadas de negros
botoncitos que viajan hacia el verde
ya llegando y ya casi en septiembre
la brisa se aquieta la luz de la luna
redonda hacia el este y todos los trinos
variados, oscuro es aquél, brevísimo
en solo tan dulce y tan hondo o graznando
las pavitas del monte, bienvenida,
sé gentil, noche majestuosa en la última
frontera de luz se agradece el día
y se teme y se anhela que nos guarde
en el sueño para llegar nuevamente
al próximo encantado de dicha o
de horror pero nuestro, día, al fin
Paisaje de amor muerto – Alfonsina Storni
Ya te hundes, sol; mis aguas se coloran
de llamaradas por morir; ya cae
mi corazón desenhebrado, y trae,
la noche, filos que en el viento lloran.
Ya en opacas orillas se avizoran
manadas negras; ya mi lengua atrae
betún de muerte; y ya no se distrae
de mí, la espina; y sombras me devoran.
Pellejo muerto, el sol, se tumba al cabo
Como un perro girando sobre el rabo,
la tierra se echa a descansar, cansada.
Mano huesosa apaga los luceros:
Chirrían, pedregosos sus senderos,
con la pupila negra y descarnada.