...No, Poesía:
No te escondas en las grutas de mi ser,
no huyas de la Vida.
Quiebra los barrotes invisibles de mi prisión,
abre de par en par las puertas de mi ser.
Sal...
Sal para para el combate (la vida es lucha).
las gentes de ahí fuera te llaman,
y tú, Poesía, también eres persona.
Ama los poemas del mundo entero,
ama a los Hombres.
Derrama tus poemas sobre todas las razas,
a todos los seres del mundo.
Confúndete conmigo...
Anda, Poesía:
Toma mis brazos para abrazar el Mundo,
y dame los tuyos para abrazar la Vida.
Mi Poesía soy yo.
Hoy he ido al lugar de nuestros besos
a recoger lo que quedaba de tu aroma;
la pequeña sonrisa rezagada,
la palabra postrera
que flotaba en el aire,
alguna sombra vaga de tu cuerpo,
un eco, un gesto, un roce, una mirada.
No he vuelto para borrar la última huella
y que nadie sospeche de lo nuestro.
No, no. ¿Eso que importa?
Mi avaricia
de ti me ha hecho volver,
a ver si entre el silencio y la caricia
te dejaste olvidado algún deseo.
En su cara se refleja
una apasionada fuerza.
En sus mejillas
se dibuja el rubor
de una ilusión inquieta,
como el iris que la rodea
cuando el pacífico
la estrecha entre sus pestañas
para que flote
libre entre los vaivenes
de la brisa.
Luego vuela entre espuma,
que acaricia sus entrañas.
Sus dedos delicados,
se convierten en
un sueño azul
prohibido como aquellas
esperanzas derrochadas
en medio de una noche abandonada
a orillas de Valparaíso.
El rojo intenso, vivo, nacarado
de la sangre que en ti se redondea,
como un grito que desea
dar vida a todo cuanto han condenado,
a morir brevemente, apenas dado
el primer beso al mundo.
Así campea
y eres hombre del pan que ya verdea
por tus venas herido, ensangrentado.
Amapola, efímera, amapola.
Más símbolo que ser, más pensamiento
que cosa duradera, en tu alma sola,
de niña que acaricia el recio viento.
Encendida de luz se tornasola
el pan de amor que en trigo ya presiento.
“Madre África
vejada
humillada
pisoteada hasta las lágrimas
confía y lucha
y un día África será nuestra...”
“... ¡Ah! Como me gustaría
besar la boca de la aurora
pasear mis dedos
por la cabellera del porvenir
para que la paz y la libertad
sean universales...”
La tarde va cayendo lentamente.
El sol, sobre la mar, ensangrentado,
agónico, acabado.
De darse a todo totalmente por él
se hunde en el abismo.
Mi corazón cansado,
quemado, roto, herido mortalmente.
Después de haberte amado,
rendido y fracasado
se hunde hoy, definitivamente.
Volviste a mí porque eras y eres mía:
ya no me dejes nunca poesía.
Caminamos miles y miles de años
sobre el brillo
de la arena silvestre.
Luego llegamos a pisar
las lentejuelas de un mar,
que siguen clavándose, en las orillas
de dos imaginarios
que se funden
en las escamas saladas
de un mediterráneo
que ahoga con sus brazos,
que araña con sus dientes blancos
de luna estéril,
cualquier suspiro
que se atreve a desafiar
sus entrañas
para unirse
al latido de ese laúd
que dejamos olvidado
en un rincón
de la vieja casa roja en Andalucía.
Nuestra alma nos la despojó el viento
y se quedó perdida
entre las brisas
de ese estrecho que nos separa.
Duermen olas
en el regazo de tu vientre.
Se asomó la Luna
en el manantial del estrecho
el silencio quebranta
y la puesta del sol
cada día
más noche
cada amanecer más estrecho,
y ella,
sola
entre el silencio.
Una madre, en las palmeras del desierto.
Así es el estrecho,
desierto, Luna, manantial, siempre
Silencio.
No sé si eres, mar
mi amigo o mi enemigo.
En todo caso no eres el mismo ante mis ojos.
¿Cómo puedes, así de repente, olvidar
tantas horas de paz que he pasado contigo?
Para contarte mis penas, con el alma cansada
me acerco a tus pies, lo mismo que en verano.
Y no encuentro en tu cara la mirada serena.
Y no me dices "ven" ni me tiendes tu mano,
alborotado y fiero.
No sé si eres, mar,
mi amigo o mi enemigo.
En todo caso, yo soy la misma de ayer.
He vuelto y no me voy sin conversar contigo.