¿Hay alguna diferencia, acaso,
entre las piedras y los pasos?
¿Quién atropella primero
y quién cede el espacio
para que el otro camine?
La lentitud del hombre,
su torpeza
y la existencia azul de los silencios
se funden quietamente,
se hacen polvo,
tierra y sedimento.
¿Y qué pregunto ahora, si ya sé cómo se llega?
Un lamento a la izquierda,
dos cuadras adelante
y al final
unos se van camino adentro,
otros se pierden y se olvidan.
Queda la piedra, el árbol,
la nostalgia
y la soledad absurdamente vieja de los niños…
Entre flores y hormigas se abren puntos invisibles
por donde envejece la alegría.
¿Quién atropella primero,
quién se lanza, quién se queda, cuál de los tontos
y de los tantos?
Quiero saber de uno más que aún se atreva.
Puedo remontarme al deseado placer
subiendo lentamente,
respirando quieta, inmóvil,
sin que nadie se dé cuenta
hasta la cumbre inaudita de la imaginación
—muy cerca de tenerte—.
Extender mis fronteras tibias
(los bordes de la piel,
los mil años junto a ti
y toda mi vergüenza)
romper con ruido este silencio
y soñar con tu cuerpo
—dulce imagen que cautiva—
haciendo de mis ojos —fuego—
de mi aliento —una caricia—
de mi voz una lluvia de besos,
de mi deseo un verso.
Puedo querer tocarte con los dedos
y revivir la pasión que se durmió no sé que día
bajo las sábanas blancas de mi lecho...
Porque soy una balada ronca de amor,
una boca que se mueve despacio
buscando, húmeda, un beso.
Y me encuentro loca en tu ancha cordura
sintiendo esto que siento...
Porque soy hembra como la vida misma,
fuego que arde bajo el sol de tu rostro
desde hace tiempo.
Yo puedo remontarme al deseado placer
y cabalgar toda la noche
sobre las colinas de tu cuerpo
mientras te cuento dulcemente que me gustas
y te confieso mi pasión en un verso...
Poesía de todas la épocas y nacionalidades