Plenitud fuera esta levedad.
Hondos cuencos
me ofrecen aún el oro de su fruta.
Tomad mis manos: siento el frío entre las vuestras,
o ardo enseguida, y vivo, pues engendré belleza.
Y aliento —o finjo— aún, y tan profundamente que me puedo
saber huésped de vuestros días aunque lleve en los labios la
señal de otro beso
por el que, en cortos trechos de alquitrán y pizarra,
los pájaros de nácar abatidos
incendian la distante orilla del verano.