Nada. No pegaba nada con tanta lluvia, esa chaqueta de angorina rosa y botones de nácar que él me regaló.
Tampoco encendimos una velita al apóstol, porque un niño a nuestro lado acababa de darse un cabezazo tremendo contra la pila bautismal, y que hubo que consolarlo hasta que llegaron sus padres.
El museo nos desilusionó. Yo me puse rara y él venga a mirar al cielo, y al final un paseo dudosamente conciliador por los soportales -basta que a mí me hicieran gracia los punkies, para que a él lo escandalizasen-, después de mi vaso de leche y su maniática ginebra "MG con Schweppes de naranja, por favor".
Ah, se me olvidaba contaros que el frío fue la nota predominante del día y que la noche, a pesar de todo, la pasamos juntos.