EN Jungborn, en el Harz, hay colinas y un prado, y en lo verde, cabañas. Con cautela, Kafka abre la puerta de la suya. No le agrada la idea de ver aproximarse algún cuerpo desnudo de los que a veces pasan. Bajo la poca luz, hay tres conejos que lo miran, quietos. ¿Adustos? Vienen quizás a reclamarle, a él, que está vestido, la intromisión de lo innatural en lo natural: gente desnuda junto a castos conejos, arropados en su pelaje suave, «variegati» diríamos, si ellos fuesen tres plantas que han optado por moverse, pero por un segundo estarán quietas. El aterrado Kafka olvida sus pulmones y entra a soñar mi sueño.