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Tábata – Saul Ibargoyen

La añosa animala
con su oscura pelambrera
de estos últimos días:
la anciana virgen
como aquella reina apegada
a su único poder:
la añeja bicha
que no pudo ser persona
de falda volandera
o ajustado pantalón:
que no compró perfumes
ni cremas de marca
ni insultó a la torpe sirvienta
ni exigió calmantes
para un frívolo dolor:
la mamífera destetada
con sus temblantes patas
con sus orejas plenas
de sonidos ocultos
de aullares distantes:
la extraña gruñidora como una emanación
o un golpe de vida
que jamás comprenderemos:
la antiquísima sombra de todos los perros
que gritan mean babean huelen
fornican y pasan
por la neblina de las ciudades enfermas:
una perra nada más
llorándose lágrima adentro
en un sitio solo:
ladrándose en medio
de un silencio de cáscaras negras:
gimiéndose en este mes de mayo
porque cada mes es siempre
el mes más cruel.

Y SEGUIRA SIN MÍ – Idea Vilariño

Me moriré y él seguirá cantando
bueno
digo
Carlitos
y Jorge seguirá haciendo el amor
como si se muriera
y seguirá sin mí este mundo mago
¿este mundo podrido?

Tanto árbol que planté
cosa que dije
y versos que escribí en la madrugada
y andarán por ahí como basura
como restos de un alma
de alguien que estuvo aquí
y ya no más
no más.

Lo triste lo peor fue haber vivido
como si eso importara
vivido como un pobre adolescente
que tropezó y cayó y no supo
y lloró y se quejó
y todo lo demás
y creyó que importaba.

La inquietud fugaz – Juana de Ibarbourou

He mordido manzanas y he besado tus labios.
Me he abrazado a los pinos olorosos y negros.
Hundí, inquieta, mis manos en el agua que corre.
He huroneado en la selva milenaria de cedros
que cruza la pradera como una sierpe grave,
y he corrido por todos los pedrosos caminos
que ciñen como fajas la ventruda montaña.

¡Oh amado, no te irrites por mi inquietud sin tregua!
¡Oh amado, no me riñas porque cante y me ría!
Ha de llegar un día en que he de estarme quieta,
¡ay, por siempre, por siempre!
con las manos cruzadas y apagados los ojos;
con los oídos sordos y con la boca muda,
y los pies andariegos en reposo perpetuo
sobre la tierra negra.
¡Y estará roto el vaso de cristal de mi risa
En la grieta obstinada de mis labios cerrados!

Entonces, aunque digas: -¡Anda!, ya no andaré.
Y aunque me digas: -¡Canta!, no volveré a cantar.
Me iré desmenuzando en quietud y en silencio
bajo la tierra negra,
mientras encima mío se oirá zumbar la vida
como una abeja ebria.

¡Oh, déjame que guste el dulzor del momento
fugitivo e inquieto!

¡Oh, deja que la rosa desnuda de mi boca
se te oprima a los labios!

Después será ceniza sobre la tierra negra.

Londres – Ida Vitale

I

La cabeza en la almohada,
veo un cielo ajeno, enajenada
en un maravilloso sueño breve
bajo el que brevemente me transformo.
Yo soy bajo otro cielo.
Éste lo miro
como desde una mirilla subrepticia.

¿Acepto almohada y sueño?
Quizá esté yo en la mira del Gran Ojo
–esa posible almendra intermitente o nada–,
que sabe que no estoy donde debiera
y usurpo un imprevisto edén.
Será lejano ayer el hoy perfecto.

II

Ser en el intolerable hoy
o recorrer pasados como brisa
–quizás como burbuja que estalla si la rozan—:

aquel jardín donde al amanecer andaba el zorro
y yo escondía los brillos,
cuando lo memorable hubiera sido
que me robara al vuelo
la blanquinegra urraca.