RETORNASTE sumisa
como nocturna vara,
sollozo de la tierra
con velillo de alga.
Corría una aceituna
por tu luciente cara
y en tu pecho, una pena
de luz te levantaba.
Un subterráneo río
en ti iba y llegaba
y era yo los dos remos
de tu imposible barca.
Que eres y no eres
bajo la noche clara,
lo que sueña mi día
y mi noche no alcanza.
Por oscura escalera
al sueño te elevaste;
los brazos de la sombra
ampararon tu gracia;
que no fueron los míos
esos gloriosos brazos!
Y diluida toda
en monte de noche alta,
desnuda de recuerdos
y de juncos colmada,
piedra de peregrino
ausente, te quedaste.
Yo vagué sobre siglos
de perdidos amantes,
rumbo al sereno mar
por las más tristes calles,
y en las dulces arenas
escribió mis nostalgia
estos versos tan viejos
que el viaje me dictara,
para que tu memoria
los encienda en tu entraña.