1
Arcilla roja soy en las manos inquisitivas del dolor.
Me hacen sentir la tormenta inmóvil de su fuerza
tan delicadamente, sin quebrarme.
Acaso
reservan mi sangre para otras fiestas de más hermosa agonía
o acaso sufrir es sólo el peor engaño,
la mentira incurable
que para mejor clavar las manos taladradas
arranca el clavo.
2
Fuera la alegría finísimo cuchillo
que separase mi carne fibra a fibra
siguiendo cada hilo hasta su origen secreto
desenredando cada turbio ovillo de dolor
y ondeara luego nuestro así sobrecuerpo
como una gloriosa cabellera agónica
libre a todo viento sensible a todo sol.
3
Bello como el
suicidio. Solamente
después, hermana, de amarte
—mendaz como quienes sustituyen
el pensamiento haciéndose por una frase hecha
iba a decir: ángel negro,
cuando tu vida entera es una explosión blanca,
blanca violencia tu cuerpo
de diosa degollada,
blanco sacrificio tu rebelión
inerme y cotidiana y absoluta—
sólo después de lamer la noche salada en tus ingles
he entendido la imagen.
4
A las pruebas de la muerte sucedieron
los hermosos dientes de la California.
«Es raro» me dijo
«que no llores nunca y no sientas
tal carencia como mutilación».
Ella arrojó los dados fracturantes:
no volví a despertar.