Pequeña dama tú sin uñas, sin anillos,
sin nada que no sea ese solo de ti.
Viene y va en tu mirada, diluido
el llanto que no cesa sosteniendo
tu boca malva y blanca. Y en el confín
del blanco, tu cuello:
desvaído mástil de la blancura.
Pequeña dama tú sin uñas, sin anillos,
sin nada que no sea ese solo de ti.
Viene y va en tu mirada, diluido
el llanto que no cesa sosteniendo
tu boca malva y blanca. Y en el confín
del blanco, tu cuello:
desvaído mástil de la blancura.