UN rostro sin efecto no es un rostro.
Una madre sin amor no es una madre, es una extraña.
Pero el dolor de la madre sí existe y yo lo veo:
se multiplica y se expande, se traga la luz,
nos arrastra.
En la penumbra él la mira, pero no la reconoce,
y a pesar del sufrimiento trata al rostro
incierto con cuidado. Lo interroga,
intenta comprender lo inexplicable.
La extrañeza: una grieta imperceptible, un sendero,
y al final sus ojos azules, agotados,
cálidos como nidos y profundos.