Qué desgracia, cuando estabas hecho
para hermosas y grandes obras,
ese destino tuyo injusto siempre
negándote el estímulo y el éxito;
que los hábitos despreciables te lo impidan,
y la indiferencia, y la desidia.
Y qué terrible el día cuando cedas
(el día en que claudiques y te rindas)
y vayas a Susa a presentarte,
a unirte al gran rey Artajerjes,
y éste graciosamente te depare un lugar en su corte,
y te ofrezca satrapías y seguridad.
Y tú aceptes sin esperanzas
todo eso que no deseabas.
Busca tu alma otras cosas, por ellas llora;
los elogios del pueblo y de los sofistas,
difícil e inestimable aplauso;
el Agora, el Teatro, la Corona.
Cómo puede Artajerjes darte todo eso,
dónde lo encontrarás en una satrapía;
y sin eso qué vida puedes llevar.