No olvidé su ternura
cuando, en la edad florida,
sentí la calentura
del amor juvenil; ¡ay! que no dura
más que un instante hermoso de la vida.
Todo es fuego y placer. Su antorcha enciende
el sol primaveral: ráuda desciende
de la encumbrada sierra
la nieve, en arroyuelos desatada,
y siembra de pasada
yerbas de olor y flores en la tierra.
Pian ya las caseras golondrinas,
arrullan las palomas,
las cogujadas salvan las colinas,
y con nuevos aromas
bajan de allí las áuras campesinas.
Aman todos los seres: el que huella,
leve insecto, las húmedas corolas
de los lirios que bordan las umbrías,
y el sol que va, como fugaz estrella,
del mar del éter las inmensas olas
surcando entre celestes armonías!
Se esponja el corazón, y á las dulzuras
ábrese de la vida: las regiones
del alma se matizan de ilusiones,
como de azul y rosa las alturas
de la montaña; pasan por la frente,
cual encendidas ráfagas, sonrojos
que al fuego brotan de mirada ardiente,
y se pinta en los ojos
la imágen sonriente
de una mujer...Oh! Es ella! ¿Quién no adora
sil semblante en que el mundo se recrea?
Su faz luce las tintas de la aurora;
el sol en sus pupilas centellea;
en un hoyuelo de su barba mora
la gracia; suelto su cabello ondea;
es su talle, cimbrándose, la palma...
¡Quién sereno la vé, nació sin alma!
¡Vedla! Siempre delante!
Doquiera su belleza retratada
se mira, y perseguimos anhelante
la luz de su mirada,
su blanca vestidura,
su pálido semblante;
y del valle cruzamos por la hondura,
dó azucenas brotáran á su paso,
y trepamos las rocas de la altura,
y más allá... su espléndida hermosura
se refleja en las tintas del ocaso!...
El ánsia crece, y crece,
y tendemos las manos tras la hermosa
visión que á nuestros ojos resplandece,
ya asimos su ropage,
¡y entre el azul y rosa
del último celage
la adorada ilusión se desvanece!...
Mas no, que toma, y la beldad hechiza
otra vez y cien y otras al mancebo,
y brota nueva flor; renace Febo,
¡y la ilusión hermosa se realiza!
.....Corren los dias. Ya no se dilata
por los aires la dulce cantilena;
ni alegre serenata
la quietud arrebata
de la noche serena;
que del plácido mar sobre las olas
pasó ya la barquilla,
al son de enamoradas barcarolas,
huyendo de la orilla...
Los locos devaneos
cesan ya: de los celos la inclemencia,
la agitación febril de los deseos,
la inquietud, la impaciencia,
el palpitar nervioso de la ausencia;
que ya, la fé en el alma,
sucede á los amores procelosos
esa celeste calma
del bendecido amor de los esposos!