Llevo casi mil noches fabulando,
me duele la cabeza, tengo seca
la lengua y agotados los recursos
y la imaginación. Y ni siquiera
sé si me salvaré con mis mentiras.
Todas las entradas por Ricardo Fernández
Divagaciones sobre el príncipe azul – Jenaro Talens
Está sentada en medio de la alfombra,
con una mano sobre sus cabellos y
en la otra un anillo
que hace girar con un furor mecánico
bajo la luz escueta de la lámpara.
Murmura con excesiva lentitud,
oigo su voz, golpea
como la lluvia contra los cristales,
empañando sus gafas con una incómoda humedad.
Ah, la emoción del trance, o quizá sólo
es el calor que viene de la estufa.
Él se levanta, dice, cuánto sufres;
dice, perdona, voy a hacer café,
necesitamos un descanso; vuelve;
es hora, piensa, de una pausa; y ella
no escucha, dice, mi tragedia es no
saber si el sexo satisface o si
es prescindible en su ilusión; escúchame,
ignoro incluso en quién o dónde estoy
cuando hago o digo cosas como ésta,
todo resulta tan confuso, intenta comprender.
Él pone azúcar en la taza, dice,
admiro tanto tu sinceridad.
Unos soportales – Andrés Trapiello
Mi vida son ciudades sombrías, de otro tiempo.
Como se acerca una caracola
para escuchar el mar, así por ellas
vago yo muchas tardes. Ya no tienen farolas
con esa luz revuelta ni tampoco los coches
antiguos de caballos. Todavía conservan
sus negros soportales donde se huele a gato
y donde aún se abren misteriosos comercios
iluminados siempre con penumbra de velas.
Son ciudades levíticas, sin porvenir y tristes,
con cien zapaterías y tiendas de lenceros
cada cincuenta metros. Todas tienen conventos
con los muros muy altos donde crecen las hierbas,
jaramagos y cosas así. No son modernas,
pero querrían serlo. Yo las recorro solo,
e igual que suenan olas en una caracola,
así mis emociones me parecen eternas.
De la tristeza del regreso – Eloy Sánchez Rosillo
Extraña conjunción, pueblo de ríos
fluyendo hacia ese centro, bajo un astro
que derrama su luz sobre las rocas.
Eterno mar, quimera de otro tiempo,
sombra asustada, oscuridad que sufre.
Acercarse hasta allí, viajar al fondo
de nuestra soledad, de nuestro miedo,
y encontrarnos de pronto frente a frente
con la mirada de la inmensidad.
Aventura de andar a ciegas por el borde
de una palabra llena de gritos y caricias,
de una fascinación antigua y poderosa.
Y más tarde volver al lugar conocido
-casa apagada, seca geometría-
con los ojos más viejos, sin nada entre las manos,
y seguir contemplando con dolor y en silencio
nuestro propio cadáver: la muerte acostumbrada.
Rondador por el aire – Pilar Paz Pasamar
Donde te encuentro es en
el instante preciso
que no te reconozco.
Cuando las cosas tienen
tanta fuerza que casi
parecen ellas solas.
Pero apenas mi mano
roza la superficie,
tú asomas desde el fondo
de la materia, y vienes,
y brotas como el agua
de dentro de la tierra
cuando se la socava.
A hurtadillas te miro
saltando por las hojas,
mirlo imprevisto, ave
impuntual y ligera.
—Buenos días, nos das.
—Hasta luego. Y regresas.
Pareces la alegría
que tantas veces vuelve
inesperadamente.
—¿Nunca podremos, di,
pasar sin tu sorpresa?
¿Seguirás destapando
nuestros ojos y huyendo
y regresando apenas
se vuelvan a cerrar?
¡Oh, estrenador ligero
de párpados! Mi vida
se sorprende a tu paso
cuando en ella resbalas,
pero te reconoce
viajero y piensa que
tu brevedad es más
fija que la costumbre.
No intenta retenerte
y sabe que acostumbras
a venir si el olvido
prolonga demasiado
su oscura sombra en los
seres que tú visitas.
La tierra, aunque no sabe
el porqué de la lluvia,
se puebla agradecida.
Yo, que también ignoro
a qué vienes, me dejo
cruzar por el instante.
Después vuelvo a las cosas.
A mirar, a mirarte,
rondador por el aire.
Himno de la espía – Leopoldo María Panero
No hay nadie en el mundo, se diría
salvo la Espía.
¿Quién es la Espía?
Olana, se diría.
Posada en el techo hay una mosca
Olana allí me espía.
Miro al cielo, y él me mira:
¿no será Olana que me observa
quizá, tal vez, desde una nube
en forma de Espía?
Porque el cielo a nadie mira.
Recorro el mar con grandes piernas
son dos las piernas, mas de pronto
descubro al lado una tercera: mía no es,
luego es de Olana, que me espía,
ya no sé qué hacer sin esos ojos
que allí en el frío me vigilan;
mi figurón tiembla y vacila
no sé quién soy ya sin la Espía.
Los esbeltos fantasmas de la lluvia… – Carlos Pujol
Los esbeltos fantasmas de la lluvia
van y vienen en gris, y se saludan
ceremoniosos por entre el hayedo.
Todos viven en casas con buhardillas
y jardines que alfombra la hojarasca,
son de frío y nostalgia de otros climas
donde la luz es esplendor del aire
y puede herir lo mismo que un cuchillo.
Pero Suabia es su reino,
su verde paraíso, sombras fieles
al parque, las callejas,
las vírgenes barrocas,
noviembre, el alto cielo
del color de sus almas,
y su ambiguo vagar entre nosotros.
Pequeña maraña – Bibiana Collado Cabrera
LA pequeña maraña nerviosa
de mi cuerpo colapsa.
Desde niña, el aire se me quiebra
en la boca y los ojos
rompen en mil pedacitos
las formas que me rodean.
Cuando deseo muy fuerte,
ese minuto, justo antes,
cuando retrasas el momento
de leer el mensaje, de apagar
la luz, de guardar por fin aquel
vestido en el armario.
Cuanto mayor es la certeza
de la futura herida,
más honda es la ceguera del sonido,
más oscura la cueva que lo alberga.
Y a veces, la imagen se ha enturbiado
de tal modo que, aunque no me espere
el filo hundido en la otra parte,
tardo más tiempo del que debo
en recomponer los prismas del mundo.
Por eso, retraso el momento de bajar
y espero a que el vagón se vacíe
mientras recompongo la forma
de mi abrigo, con la misma ansiedad
con la que recompondré el mundo
cuando baje y no te vea en la salida.
Luna de agosto – Carlos Barral
Insistió en no acercarse demasiado,
temerosa de la intimidad caliente del esfuerzo,
pero los que pasaban
cerca con los varales y las pértigas
nos sonreían,
y sentía con orgullo su presencia
y que fuese mi prima (aún recuerdo
sus ojos en la linde
del círculo de luz, brillando
como unos ojos de animal nocturno).
Yo quería que viese
aquel vivo episodio de argonautas
que era mi propiedad, de mi experiencia:
Primero las antorchas,
la llama desigual de gasolina,
luego, súbitamente,
la luz del petromax, violenta,
haciendo restallar los colores, el brillo
de la escama pegada a las amuras,
y los hombres,
veinte tal vez, que intentan,
azuzándose a gritos,
mover el casco hacia la mar
que latía detrás como un espejo.
-Mira, ya arranca-.
Una espina de palos
que caen en el momento
preciso, y gime la madera y cantan
los garfios en cubierta.
Verde
esmeralda el agua
como menta al trasluz, y ellos
tensos como en un friso
segado por sus hojas, o trepando
desnudos mientras boga
suave olas adentro…
Luego, mientras la lancha se alejaba
se vieron cruzar cuerpos bajo el fanal,
músculos dilatados, armonía
física, y sentimos
que la brisa, como un objeto amable,
se apoderaba del lugar en que dejaron
una estela de huellas y carriles.
Miré a la altura de su voz. -¿Nos vamos?-
dijo, y la sombra azulada del cabello
la recortaba en una mueca triste.
Dulce.
Me conmovió que fuera
cosa de la naturaleza, como parte
de su incierto castillo de hermosura.
Pero ahora que la hermosura me parece
cosa de la naturaleza sin misterio,
pienso si no sería por contraste,
si estaría pensando en las medidas
de su gloria cercana, en los silencios
de un atento aspirante al notariado
con zapatos lustrosos y un destino
decente…
Caminaba
despacio hacia la calle alborotada.
Las luces del festejo
brincaban en su blusa
como una gruesa sarta de abalorios.
Es un río interminable el silencio… – María Cinta Montagut
Es un río interminable el silencio
en cuyas aguas sólo la vida,
sólo los minutos cada día aprendidos
traducen el destino y lo anuncian
más allá de la muerte.
También es río el camino del mar
como la sangre o las palabras.
Pero sólo el silencio es la suma
de todo cuanto el tiempo ofreció
y negó el tiempo.