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Una novela – Louise Elisabeth Glück

Nadie podría escribir una novela sobre esta familia:
hay demasiados personajes parecidos. Además, todos son mujeres.
Tan sólo un héroe hubo.

Y el héroe ya murió. Las mujeres, como ecos, duran más;
resisten demasiado por la cuenta que les trae.

Y a partir de aquí, nada cambia:
sin héroe, no hay argumento.
Y en esta casa argumento significa historia de amor.

Las mujeres no evolucionan.
Oh sí, se visten, comen, guardan las apariencias.
Pero no hay acción, no hay desarrollo en los personajes.

Todas han decidido suprimir
la crítica del héroe. El problema reside
en que el héroe es débil, sus escenas indican
su función, no su carácter.

Quizá eso explique por qué su muerte no fue conmovedora.
Primero está sentado en la proa de la mesa,
donde más se necesita el mascarón.
Luego, a pocos metros, agoniza y su mujer
le acerca un espejo a los labios.

Asombroso, cómo se afanan estas mujeres, la esposa y las dos hijas.
Ponen la mesa, retiran los platos.
Una espada les perfora el corazón.

Sirena – Louise Elisabeth Glück

Me convertí en una criminal al enamorarme.
Antes de eso era camarera.

No quería irme a Chicago contigo.
Quería casarme contigo, quería
que tu mujer sufriera.

Quería que su vida fuera como una obra de teatro
en la que todas las partes son partes tristes.

¿Piensa una buena persona
de esta manera? Me merezco

que se me reconozca la valentía.

Me senté a oscuras en tu porche delantero.
Lo tenía todo clarísimo:
si tu mujer no te dejaba libre
eso era prueba de que no te amaba.
Si te amaba
¿no querría que fueras feliz?

Ahora me parece
que si sintiera menos sería
una mejor persona. Era
una buena camarera
era capaz de cargar con ocho copas.

Solía contarte mis sueños.
Anoche vi a una mujer sentada en un oscuro autobús:
en el sueño ella llora, el autobús en el que va
se aleja. Con una mano
dice adiós; con la otra acaricia
un cartón de huevos llenos de bebés.

El sueño no supone la salvación de la doncella.

Medianoche – Louise Elisabeth Glück

Háblame, corazón dolorido: qué
ridícula misión te has inventado para estar
llorando en el oscuro garaje
con tu bolsa de basura: no es cosa tuya
sacar la basura, tu trabajo es
vaciar el lavavajillas. Otra vez alardeas,
exactamente igual que en tu niñez; ¿dónde
está tu lado complaciente, tu famoso
distanciamiento irónico? La luz de la luna alcanza
la ventana rota, una luna de verano, delicados
murmullos de la tierra con su pronta dulzura.
¿Es ésta la manera en que te comunicas
con tu marido, negándote a responder
cuando llama, o es esta la forma de comportarse
de un corazón apenado: queriendo estar
a solas con la basura? Si yo fueras tú,
miraría al futuro. Después de quince años,
su voz puede que empiece a cansarse; alguna noche
si no contestas, alguna otra sí lo hará.

Parábola del Rey – Louise Elisabeth Glück

El gran rey al mirar hacia delante
vio no el destino sino simplemente
el reluciente amanecer sobre
la isla desconocida: como rey
pensaba en imperativos; mejor
no reconsiderar el mundo, mejor
seguir yendo hacia adelante
sobre el resplandor del agua. De todos modos,
qué es el destino sino una estrategia para ignorar
la historia, con sus dilemas
mortales, una forma de entender
el presente, donde se toman
las decisiones, como el necesario
vínculo entre el pasado (imágenes del rey
como un joven príncipe) y el glorioso futuro (imágenes
de jóvenes esclavas). Fuese lo que fuese
lo que tenía en frente, ¿por qué tenía que ser
tan deslumbrante? ¿Quién iba a saber
que no se trataba del sol de siempre
sino de las llamas en ascenso sobre un mundo
a punto de extinguirse?

Tranquilo atardecer – Louise Elisabeth Glück

Me tomas de la mano, estamos solos
en el peligro mortal del bosque. Casi inmediatamente

estamos en una casa; Noah es
ya mayor y se ha marchado; las clematis tras diez años
dan flores blancas de repente.

Más que cualquier otra cosa en el mundo
amo estos atardeceres en que estamos juntos,
los tranquilos atardeceres de verano, el cielo iluminado
aún a estas horas.

Así que Penélope tomó la mano de Odiseo,
no para retenerlo sino para grabarle
esta paz en la memoria:

a partir de este punto, el silencio que atravieses
será mi voz que te persigue.

La canción de Penélope – Louise Elisabeth Glück

Pequeña alma, siempre desvestida,
haz esto que te ordeno, trepa
por los estantes de las ramas del abeto;
aguarda en la copa, atenta, como un
centinela o un vigía. Pronto llegará a casa;
te corresponde a ti ser
generosa. Tampoco tú has sido del todo
perfecta; con tu problemático cuerpo
has hecho cosas de las que no deberías
hablar en los poemas. Así que
llámalo a través del mar abierto, del mar resplandeciente
con tu canción oscura, con tu avariciosa,
forzada canción: apasionada,
como María Callas. ¿Quién
no te desearía? ¿A qué apetito
demoníaco no corresponderías? Pronto
regresará de allí por donde transcurra su viaje,
bronceado por el tiempo fuera de casa, reclamando
su pollo asado. Ah, tendrás que darle la bienvenida,
tendrás que sacudir las ramas del árbol
para captar su atención,
pero con cuidado, con cuidado, no sea
que desfiguren su hermoso rostro
demasiadas agujas al caer.

Amor perdido – Louise Elisabeth Glück

Mi hermana pasó toda una vida en la tierra.
Nació, murió.
Entremedias,
ni una mirada alerta, ni una frase.

Hacía lo que hacen los bebés,
lloraba. Pero se negaba a comer.
Aun así, mi madre la abrazaba, tratando de cambiar
el destino primero, luego la historia.


Y algo cambió: al morir mi hermana
el corazón de mi madre se quedó
muy frío, muy rígido,
como un pequeño colgante de hierro.

Me pareció entonces que el cuerpo de mi hermana
era un imán. Podía sentir cómo atraía
el corazón de mi madre hacia la tierra,
para hacerlo crecer.

Día y noche… – Louise Elisabeth Glück

Día y noche llegan
de la mano como un niño y una niña
que se detienen solo para comer moras de un plato
decorado con dibujos de aves.

Suben la alta montaña cubierta de hielo,
luego salen volando. Pero tú y yo
no hacemos esas cosas…

Subimos la misma montaña;
entono una oración para que el viento nos eleve
pero no sirve de nada;
tú escondes la cabeza para no
ver el final…

Hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo
es donde nos lleva el viento;

trato de consolarte
pero las palabras no son la solución;
te canto una canción como las que me cantaba mi madre…

Tienes los ojos cerrados. Adelantamos
al niño y a la niña que vimos al principio;
ahora están parados en un puente de madera;
a su espalda alcanzo a ver su casa:

qué rápido vais, nos gritan,
pero no, es el viento en los oídos
lo que escuchamos…

Y luego simplemente caemos…

Y el mundo pasa de largo,
todos los mundos, cada cual más hermoso;

te acaricio la mejilla para protegerte…

El espino – Louise Elisabeth Glück

Al lado tuyo, pero no
de tu mano: así te miro
andar por el jardín
de verano: las cosas
que no pueden moverse
aprenden a mirar. No necesito
perseguirte a través
del jardín; en cualquier parte
los humanos dejan
señal de lo que sienten, flores
esparcidas en el polvo del camino, todas
blancas y doradas, algunas
levemente alzadas
por el viento de la tarde. No necesito
seguirte adonde estás ahora,
hundido en la ponzoña de este campo, para
saber la causa de tu huida, de tu humana
pasión, de tu rabia: ¿por qué otra cosa
dejarías caer todo aquello
que has acumulado?

Malahierba – Louise Elisabeth Glück

Algo
llega al mundo sin ser bienvenido
y llama al desorden, al desorden.

Si tanto me odias
no te molestes en buscar
un nombre para mí: ¿necesitas
acaso un desdoro más
en tu lenguaje, otra
manera de culpar
a la tribu por todo?

Ambos lo sabemos,
si adoras a un dios, necesitas
sólo un enemigo.

Yo no soy el enemigo.
Sólo soy una treta para ignorar
lo que ves que sucede
aquí mismo en esta cama,
un pequeño paradigma
del fracaso. Una de tus preciosas flores
muere aquí casi a diario
y no podrás descansar
hasta enfrentarte a la causa, es decir,
a todo lo que queda,
a todo aquello que es más fuerte
que tu pasión personal.

No estaba escrito
permanecer para siempre en este mundo.
Pero por qué admitirlo, si puedes seguir
haciendo lo de siempre,
lamentándote y culpando,
las dos cosas a la vez.

No necesito que me alabes
para sobrevivir. Llegué aquí primero,
antes que tú, antes
de que sembraras un jardín.
y estaré aquí cuando el sol y la luna
se hayan ido, y el mar, y el campo extenso.

Y yo conformaré el campo.