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Glorias de la mañana – Mary Oliver

Azul y azul oscuro
rosa y rosa profundo
blanco y rosado están

en todas partes en el laborioso
trigal alzándose y meciéndose
en su confiable

forja en el pequeño
arrojo de sus cuerpos sus
propios aparejos

atrapados en los tallos de trigo.
La historia del segador es la historia
del infinito trabajo de

tarea cuidadosa y dura pero el
segador no puede
separarlas ahí están

en la historia de su vida
brillantes fortuitas inútiles
año tras año

tomadas con las serias toneladas
malezas sin valor graciosas
bellas malezas.

Árboles de invierno – Sylvia Plath

Las tintas del húmedo amanecer lavan su azul.
En su secante de niebla los árboles
semejan un dibujo botánico:
recuerdos que avanzan, anillo tras anillo,
una serie de bodas.

Sin saber de abortos ni malignidad,
más sinceros que las mujeres,
¡siembran con tan poco esfuerzo!
Paladeando los vientos, que carecen de pies,
hundidos hasta la cintura en la historia.

Repletos de alas, de otro mundo.
Son Ledas en eso.
Oh, madre de las hojas y la dulzura,
¿quiénes son estas piedades?
Sombras de tórtolas que salmodian,
pero que nada alivian.

Confesión – Charles Bukowski

Esperando a la muerte
como un gato
que saltará sobre la
cama.

Estoy apenado por
mi esposa.
Ella verá este
cuerpo
rígido
y blanco.

Lo sacudirá una vez, entonces
quizás de nuevo:
“Hank”
Hank no
contestará.

No es mi muerte lo que
me preocupa, es mi esposa
sola con esta
pila de nada.

Quiero que sepa
que todas las noches
durmiendo a su lado.
Incluso las discusiones
inútiles
fueron cosas
espléndidas.

Y las duras
palabras
que siempre tuve miedo de
decir
pueden ahora ser
dichas:

“Te amo”

¿Así que quieres ser escritor? – Charles Bukowski

Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del computador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa solo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.

No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

Una novela – Louise Elisabeth Glück

Nadie podría escribir una novela sobre esta familia:
hay demasiados personajes parecidos. Además, todos son mujeres.
Tan sólo un héroe hubo.

Y el héroe ya murió. Las mujeres, como ecos, duran más;
resisten demasiado por la cuenta que les trae.

Y a partir de aquí, nada cambia:
sin héroe, no hay argumento.
Y en esta casa argumento significa historia de amor.

Las mujeres no evolucionan.
Oh sí, se visten, comen, guardan las apariencias.
Pero no hay acción, no hay desarrollo en los personajes.

Todas han decidido suprimir
la crítica del héroe. El problema reside
en que el héroe es débil, sus escenas indican
su función, no su carácter.

Quizá eso explique por qué su muerte no fue conmovedora.
Primero está sentado en la proa de la mesa,
donde más se necesita el mascarón.
Luego, a pocos metros, agoniza y su mujer
le acerca un espejo a los labios.

Asombroso, cómo se afanan estas mujeres, la esposa y las dos hijas.
Ponen la mesa, retiran los platos.
Una espada les perfora el corazón.

Sentí un funeral en mi cerebro… – Emily Dickinson

Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían
arrastrándose — arrastrándose — hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente —

y cuando todos estuvieron sentados,
una liturgia, como un tambor —
comenzó a batir — a batir — hasta que pensé
que mi mente se volvía muda —

y luego los oí levantar el cajón
y crujió a través de mi alma
con los mismos botines de plomo, de nuevo,
el espacio — comenzó a repicar,

como si todos los cielos fueran campanas
y existir, sólo una oreja,
y yo, y el silencio, alguna extraña raza
naufragada, solitaria, aquí —

y luego un vacío en la razón, se quebró,
caí, y caí —
y di con un mundo, en cada zambullida,
y terminé sabiendo — entonces —