UN rostro sin efecto no es un rostro.
Una madre sin amor no es una madre, es una extraña.
Pero el dolor de la madre sí existe y yo lo veo:
se multiplica y se expande, se traga la luz,
nos arrastra.
En la penumbra él la mira, pero no la reconoce,
y a pesar del sufrimiento trata al rostro
incierto con cuidado. Lo interroga,
intenta comprender lo inexplicable.
La extrañeza: una grieta imperceptible, un sendero,
y al final sus ojos azules, agotados,
cálidos como nidos y profundos.
OTRA muerte. Tal vez
el comienzo de otra vida.
La decisión última de saltar
a otros lugares, de emprender
el sinuoso camino
que lleva hacia el descanso.
El cuerpo suspendido en el aire,
vivo todavía unos segundos, y luego, poco después,
inerte. Una imagen inmóvil rodeada de edificios,
un rostro que era de alguien,
unas manos que horas antes sostenían
un tazón de leche, un billete de metro, el rostro de otra joven...
ahora yacen frías, ocultas por el polvo,
y entre ellas la vida se desliza
como entre las cañas el lomo de la serpiente.
Poesía de todas la épocas y nacionalidades