Archivo de la categoría: Poesia española

Cuerpo – Antonio Martínez Sarrión

Se intentó lo posible, lo imposible:
negarlo, sublimarlo, resaltar su vigor,
su decaimiento.
Soldar la intolerable dualidad,
exaltar en las artes sus más bajas funciones
a fin de redimirlo una vez cuando menos
de los grilletes de la opacidad.

Fue inútil. Ahí está marcando el paso,
imposible es poner cotos a un fundo
lluvioso, soleado, sibilante, en silencio.
Es igual: terco siempre y correoso,
reñido a muerte -sólo ésta fatal-
con cuanto aspire a límite o a cifra.

Resurrección – Antonio Gracia

Cuando yo muera quiero
que olvides que existí.
Estaré en tu memoria,
la que no recordamos,
la que nos hace ser
quien somos porque fuimos.
En tu cuerpo, mi piel
continuará abrasándote.
Viviré en tus entrañas
y estaré en las palomas,
dondequiera que mires
y no esperes hallarme.
Por eso yo te digo
que cuando muera quiero
que me olvides, que abraces
los cuerpos de otros hombres
que te sigan amando
con la furia del tigre
y el tacto de las rosas.
Piensa que si viviera
querría oír tu risa
y saber que en el mundo
permanece el aroma
de tus senos de mar
y tus muslos de escarcha
y el orgasmo estridente
de la creación forjándose.
Escúchame, alma mía:
déjame que me vaya
sabiendo que mis dedos
moldearon tu carne;
que mi vida creció
en tu vida y que existo
a pesar de la muerte
en la vasta armonía
de la existencia: tú.

Formulación del mecanismo del tiempo – Felipe Benítez Reyes

Lo que se va. Esta fuga. Cuanto mueve
el viento que va huyendo hacia su ayer.
Lo que deja de ser nada más ser.
Los días que se funden con la nieve.

Lo veloz, lo no visto, lo olvidado.
Lo que fue a su acabarse. Cuanto vino
y suplantó el anhelo de un destino.
Lo rápido en huir, el delicado

morirse de tan poco tanta vida...

Hay algo en la verdad que no es verdad:
si el tiempo es siempre un punto de partida,
¿qué hora marca tu tiempo, eternidad

mía, que ya no
eres eternidad?

Finis Terrae – Bibiana Collado Cabrera

EMPEÑADOS con vehemencia en el olvido,
guardamos las fronteras con dragones.

Los mapas de nuestros pasados
rebosan de finis terrae,
cada amor agotado en su sierpe.

Vencido el breve espacio del ahora,
confusa en la conquista de los límites,
habrá que dejar de luchar
contra mí misma.

Abandono la ficción de las fronteras.
Cada uno de los confines
de esta tierra me señala.

El sol poniente – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

A los remotos mares de Occidente
llevas con majestad el paso lento,
¡oh sol resplandeciente!,
alma del orbe y de su vida aliento.

Otro hemisferio con tu luz el día
espera ansioso, y reverente adora
ya un rayo de alegría
con que te anuncia la risueña aurora.

Sobre ricas alfombras de oro y grana
que ante tus plantas el ocaso extiende,
tu mole soberana
lentamente agrandándose desciende.

La tierra que abandonas te saluda,
el mar tus rayos últimos refleja,
y la atmósfera muda
ve que contigo su esplendor se aleja.

Del lozano Posílipo la cumbre
ya oculta tu magnífica corona,
pero tu sacra lumbre
aún deja en pos una encendida zona;

y aún dora del Vesubio la agria frente,
y aún brilla en el espléndido plumaje
de humo y ceniza ardiente,
que sube hasta perderse en el celaje;

y aún esmalta con vivos resplandores,
y perfila con oro y con topacio,
los nítidos colores
de las nubes que cruzan el espacio.

Pero, a medida que de aquí te alejas,
tu regia pompa tras de ti camina,
y tan solo nos dejas
tibia luz pasajera y blanquecina.

Y queda sin color la tierra helada,
sin vislumbres la mar y sin reflejos,
y con niebla borrada
Capri se pierde entre confusos lejos;

mas también el crepúsculo volando
va en pos de ti, y al mar y tierra y cielo
la noche amortajando
con su impalpable y pavoroso velo.

¿Y no te siguen del mortal los ojos
anhelantes, confusos, arrasados;
y, al ver tus rayos rojos
desparecer, no quedan consternados?

¿No tiembla el hombre, y puede en su demencia
al sueño y al placer y a los amores
darse, sin que la ausencia
le aterre de tus puros resplandores?…

¿Quién la seguridad le da patente
(ni aun el orgullo de su ciencia vana)
de que al plácido Oriente
a darle vida y luz vendrás mañana?

¡Ay!… ¡Si el Criador del universo, airado
de ver tan solo en la rebelde tierra
el triunfo del malvado,
y la inicua ambición, y la impía guerra,

la inmensa hoguera en que ardes apagara
de un soplo, o de la ardiente
melena te llevara
a otro espacio su mano omnipotente!…

Mas no, fúlgido sol: vendrás mañana,
que no trastorna, no, su ley eterna
la mente soberana
que formó el universo y lo gobierna.

Mil veces y otras mil vendrás, en tanto
el plazo designado se consuma
que el Dios tres veces santo
dio a la creación en su sapiencia suma.

Sí; volverás y durarás, que tienes,
criatura predilecta, el don de vida,
y hermoso te mantienes,
burlando de los siglos la corrida.

No así nosotros, míseros humanos,
polvo que arrastra el hálito del viento,
efímeros gusanos
cuya vida es un rápido momento.

Nuestro afán debe ser solo, al mirarte
trasmontar y dejarnos noche umbría,
si aún vivos admirarte
no será concedido al otro día.

¡Ah!… ¿Quién sabe?… Tal vez, sol refulgente,
que has hoy mi pensamiento arrebatado,
mañana desde Oriente
darás tu luz a mi sepulcro helado.

Historia de amor – Antonio Colinas

Pesaba en nuestros cuerpos la hermosura
de un nuevo atardecer estremecido. 
Cruzábamos aquellos matorrales 
altos, desnudos, que en la primavera 
se aroman todos, se hacen más profundos 
con el trino y el juego de los pájaros. 
Brotaba una gran luna amoratada 
detrás de los zarzales y en el césped 
había escarcha, estrellas diminutas, 
hojas brillantes, mínimas de fuego 
que tanto nos gustaba contemplar. 
Volvíamos del río, de la orilla 
húmeda y vaporosa de los álamos. 
Luego, ya por las calles, todo el pueblo 
quedaba sorprendido, nos pedía 
razón de aquella luz que en nuestros ojos, 
apaciguada, estaba delatándonos. 
En nuestros rostros se alió el rubor 
con la alegría temerosa y clara 
del que le han sorprendido en buen secreto. 
Aquel tesoro acumulado lento, 
los callados instantes del abrazo, 
cada hora que el amado dio a la amada, 
quedaron descubiertos para siempre.
Alguien habló, dijeron que nosotros 
éramos de otro mundo, que en las frentes 
nos brillaba una luz desconocida. 
Hubo un júbilo extraño y cada casa 
abrió todas sus puertas a la historia 
fantástica y veraz de nuestro amor.



Balada – Francisco Villaespesa

Llamaron quedo, muy quedo,
a las puertas de la casa.
-¿Será algún sueño- le dije-
que viene a alegrar tu alma?

-¡Quizás! -contestó riendo...
Su risa y su voz soñaban.
Volvieron a llamar quedo
a las puertas de la casa...

-¿Será el amor?-grité, pálido,
llenos los ojos de lágrimas...
-Acaso- dijo mirándome...
Su voz de pasión temblaba...

Llamaron quedo, muy quedo,
a las puertas de la casa.
-¿Será la Muerte? -le dije...
Ella no me dijo nada...

Y se quedó inmóvil, rígida,
sobre la blanca almohada,
las manos como la cera
y las mejillas muy pálidas.

De poder elegir… – José María Parreño

De poder elegir
sería una brizna
una gota
una gata

belleza
o no belleza
sin esfuerzo
armonía inédita
de la casualidad

de poder elegir
habría sido un paul klee:
un universo de colores libres
roturado sin vergüenza ni pena
un espacio tensado con humor

de poder elegir:
una patria digna
un rictus jovial
un pecho bastante para el corazón

de poder elegir

Himno a la castidad – Juan Gil-Albert

La canción ignorada entre las valvas
del corazón sospecho floreciente
como un ímpetu ciego que me tienta.
Que sea no lo sé, pero me llama
esta fruición oculta que sorprendo
dentro de mí tendiéndome en sus brazos
como en lecho de sierpes entre cercos
de algún rosal. Tristeza o alegría,
no sabría decirlo cuando sopla
un viento rumoroso en que vacila
el torpe sueño y déjame sumido
en una despiadada trascendencia,
mientras yo estoy rendido y arrullado
por unas leves coplas que acompañan
al feliz corazón. ¿Qué inarmonía
junta la desazón y el entusiasmo
en estas largas noches en que gime
la castidad? Las voces interiores
dícenme un embeleso de palabras
que cual un vino sienten derramarse
por los lánguidos miembros. Vanas ansias
del pecador mordido por el fuego
de aquella fuerza ignota cuando sangran
sus ilusiones. Mas todo se nubla,
y suspenso en su flor se desvanece
si una voz misteriosa nos convida
a sonreír cubiertos de laureles
como un fiel desposado al que se rinde
la falaz apariencia.