Archivo de la categoría: Poesia española

Con once heridas mortales – Ángel de Saavedra (Duque de Rivas)

Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.

Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.

Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.

Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.

Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma".

La pajarita de papel – María Elvira Lacaci

Con el trozo de un diario,
una leve pajarita
hice hoy. Voló bajita.
¡Planeó sobre mi armario!

Luego la cogí. Sus alas
letras tenían, oscuras.
Hablaban de sendas duras.
y de silbidos de balas.

De soldados, de aviones.
Pajarita, ¿por qué hay guerra?
¡Tan bonita está la tierra
sin herirla los cañones!

Entre trigo y amapolas
—en los surcos— juego al tren.
Si el viento sopla hay vaivén
¡de mar verde y blancas olas!

Palmeras – Luna Miguel

Por el camino una granja de palmeras
y en ellas se cría la luz
cómo se llama el matadero de las flores
me las he puesto todas en los labios
y no quiero más
están rojos porque simplemente son labios
la música lo eléctrico es lo que menos duele
por el camino una granja de palmeras
me casaría rodeada de ellas
fábricas
el humo el mar
aquí firmo el temor de cuando estoy fuera
el humo el mar
nadie sabe a qué se parece un espejo
ni siquiera los gatos que buscan
con sus pupilas la noche he visto la luz
he visto mucha más luz
por sus arterias flexibles y en las palmeras
aplastemos las palmeras con nuestras botas
de verano
los gatos tienen un dios en los ojos
su luz es el color de mi estómago.

Sublevación – Antonio Gamoneda

Juro que la belleza		
no proporciona dulces		
sueños, sino el insomnio		
purísimo del hielo,		
la dura, indeclinable		
materia del relámpago.		

Hay que ser muy hombre para		
soportar la belleza:		
¿quién, invertido, separa,		
hace tumbas distintas		
para el pan común y la		
música extremada?		

Ay de los fugitivos,		
de los que tienen miedo		
de sus propias entrañas.		
Si una vez el silencio		
les hablase, ¿sabrían		
respirar la angustiosa		
bruma de los espíritus?		
¿Cantarían su propia		
conversión al espectro?		

Y aquellos otros, estos		
miserables amados,		
justificados por el dolor:		
advertid que tan sólo		
a los perros conviene		
crecimiento de alarido.		

Algo más puro aún		
que el amor, debe		
aquí ser cantado;		
en cales vivas, en		
materias atormentadas,		
algo reclama curvas		
de armonía. No es		
la muerte. Este orden		
invisible		
        es
           la libertad.

La belleza no es		
un lugar donde van		
a parar los cobardes.		

Toda belleza es		
un derecho común		
de los más hombres. La		
evasión no concede		
libertad. Sólo tiene		
libertad quien la gana.		

Solicito		
una sublevación		
de paz, una tormenta		
inmóvil. Quiero, pido		
que la belleza sea		
fuerza y pan, alimento		
y residencia del dolor.		

Un mismo canto pide		
la justicia y la		
belleza.		
       Sea la luz
un acto humano.		
            Se puede
morir		
    por esta
libertad.

Miedo a partir – Dionisia García

Hemos llegado al fin de este mar de canícula
que ha de quedarse solo al doblar el otoño;
descolorido y zarco, el cielo de septiembre
llorará soledades, añorará los cuerpos
cansados o turgentes entre vuelos de espuma.

Otro verano más buscando la calina,
barajando colores sobre lechos de arena
en la casa del mar, choza de agua
donde tu piel ungiste con acopio de sal.

Tengo miedo a partir, quizá por si no vuelvo
a enhebrar con el mar la voz de mis amigos.
Me duele ser del tiempo, rastrear el espacio,
alojarme en un grito que apagará la noche
sin escuchar siquiera la curva de palabras.

Solo cuenta contigo para mi referencia,
el único viajero atado a este navío
que no tiene más ancla que la boca del viento
y un pedregal de sueños cerca del horizonte.

Hemos llegado al fin de este presente,
curtidos en amor desde este mar de sures,
donde cualquier ausencia es un hueco de ola,
estría señalada sobre su cuerpo abierto.

Completa tu equipaje con líquenes y arena;
ellos serán la huella cuando duerma el estío
y la ciudad se meza entre humareda y lascas.

¡Ella es! – Pedro Casariego

¡Detrás de un cristal hay tres!
¡Es la tercera!
¿Ella es?
¡Roja como un diccionario
y mucho más suave que el papel!
¡Ojos en cuclillas y grises!
¡Ella es!
¡Muchos días tiene el 16 de enero
en el sueño de Manuela!
Y el hielo...
ahora juegan al ajedrez
el hielo y su noche
¡Trabajadora su cuna,
perezosos los pasos de Manuela!
Dinos qué exclama tu silencio,
dinos cómo será tu voz.
El universo hambriento...
¿cuándo le darás una cucharada de tu risa?
¡Que espere el universo!
¡Paciencia, luna! ¡Manuela duerme!

 

Los olivos – Antonio Machado

           I

¡Viejos olivos sedientos
bajo el claro sol del día,
olivares polvorientos
del campo de Andalucía!
¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olvidar y de olvidar!
Son las tierras
soleadas,
anchas lomas, lueñes sierras
de olivares recamadas.
Mil senderos. Con sus machos,
abrumados de capachos,
van gañanes y arrieros.
De la venta del camino
a la puerta, soplan vino
trabucaires bandoleros!
Olivares y olivares
de loma en loma prendidos
cual bordados alamares.
Olivares coloridos
de una tarde anaranjada;
olivares rebruñidos
bajo la luna argentada.
Olivares centellados
en las tardes cenicientas,
bajo los cielos preñados
de tormentas...
Olivares, Dios os dé
los eneros
de aguaceros,
los agostos de agua al pie,
los vientos primaverales
vuestras flores racimadas;
y las lluvias otoñales,
vuestras olivas moradas.
Olivar, por cien caminos,
tus olivitas irán
caminando a cien molinos.
Ya darán
trabajo en las alquerías
a gañanes y braceros,
¡oh buenas frentes sombrías
bajo los anchos sombreros!...
¡Olivar y olivareros,
bosque y raza,
campo y plaza
de los fieles al terruño
y al arado y al molino,
de los que muestran el puño
al destino,
los benditos labradores,
los bandidos caballeros,
los señores
devotos y matuteros...
Ciudades y caseríos
en la margen de los ríos,
en los pliegues de la sierra!...
Venga Dios a los hogares
y a las almas de esta tierra
de olivares y olivares!

           II

A dos leguas de Úbeda, la Torre
de Pero Gil, bajo este sol de fuego,
triste burgo de España. El coche rueda
entre grises olivos polvorientos.
Allá, el castillo heroico.
En la plaza, mendigos y chicuelos:
una orgía de harapos...
Pasamos frente al atrio del convento
de la Misericordia.
¡Los blancos muros, los cipreses negros!
¡Agria melancolía
como asperón de hierro
que raspa el corazón! ¡Amurallada
piedad, erguida en este basurero!...
Esta casa de Dios, decid, hermanos,
esta casa de Dios, ¿qué guarda dentro?
Y ese pálido joven,
asombrado y atento,
que parece mirarnos con la boca,
será el loco del pueblo,
de quien se dice: es Lucas,
Blas o Ginés, el tonto que tenemos.
Seguimos. Olivares. Los olivos
están en flor. El carricoche lento,
al paso de dos pencos matalones,
camina hacia Peal. Campos ubérrimos.
La tierra da lo suyo; el sol trabaja;
el hombre es para el suelo:
genera, siembra y labra
y su fatiga unce la tierra al cielo.
Nosotros enturbiamos
la fuente de la vida, el sol primero,
con nuestros ojos tristes,
con nuestro amargo rezo,
con nuestra mano ociosa,
con nuestro pensamiento
– se engendra en el pecado,
se vive en el dolor. ¡Dios está lejos!-
Esta piedad erguida
sobre este burgo sórdido, sobre este basurero,
esta casa de Dios, decid, ¡oh santos
cañones de von Kluck, ¿qué guarda dentro?