Archivo de la categoría: Poesía Mexicana

Canción del tentador – ROSARIO CASTELLANOS

Habitación de duendes 
barre tu casa;
deja ya de gemir porque no tienes 
un manojo de espigas en la falda.

Borra de esas paredes 
calaveras pintadas,
cesa de pisotear racimos secos, 
lleva tus pies a la piadosa grama.

Hurgas en ti y encuentras 
alacenas saqueadas
y en el hogar un copo de ceniza
y un haz de leña verde y hogueras apagadas.

Abre tu puerta y oye:
alguien tiende los brazos y te llama. 
Es el mundo que pide su rescate 
como Moisés perdido entre las aguas.

Hoja de diario – Julia Santibáñez

Lunes
Noto que F. me ronda de nuevo. De espalda
dos números más grande, tan sin respiro.

Martes
Tiene manos sólidas. Cuando lo noto me
quedo inmóvil, como un insecto que ante el
peligro finge estar muerto.

Miércoles
Miles de pájaros. Y vértigo. Quiero que él
huela mi cabello.

Jueves
Como si fuera el aire y yo apenas, su beso es
ávido.

Viernes
Todo siempre, para siempre. Es tan acérrimo.

Sábado
Persevera en sus pequeños defectos, como un
héroe en casa.

Domingo
El aliento pesa cuando espesa. Tan cómodo.

Lunes
L. es de ojeras fúnebres. Me inquieta su
sombra.

Uno es el hombre – Jaime Sabines

Uno es el hombre.
Uno no sabe nada de esas cosas
que los poetas, los ciegos, las rameras,
llaman "misterio", temen y lamentan.
Uno nació desnudo, sucio,
en la humedad directa,
y no bebió metáforas de leche,
y no vivió sino en la tierra
(la tierra que es la tierra y es el cielo
como la rosa rosa pero piedra).

Uno apenas es una cosa cierta
que se deja vivir, morir apenas,
y olvida cada instante, de tal modo
que cada instante, nuevo, lo sorprenda.

Uno es algo que vive
algo que busca pero encuentra,
algo como hombre o como Dios o yerba
que en el duro saber lo de este mundo
halla el milagro en actitud primera.

Fácil el tiempo ya, fácil la muerte,
fácil y rigurosa y verdadera
toda intención que nos habita
y toda soledad que nos perpetra.
Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende
-alegría y dolor- toda presencia;
el corazón constante, equilibrado y bueno,
se vacía y se llena.

Uno es el hombre que anda por la tierra
y descubre la luz y dice: es buena,
la realiza en los ojos y la entrega
a la rama del árbol, al río, a la ciudad
al sueño, a la esperanza y a la espera.

Uno es el destino que penetra
la piel de Dios a veces,
y se confunde en todo y se dispersa.

Uno es el agua de la sed que tiene,
el silencio que calla nuestra lengua,
el pan, la sal, y la amorosa urgencia
de aire movido en cada célula.

Uno es el hombre -lo han llamado hombre-
que lo ve todo abierto, y calla, y entra.

Los ruidos del alba – Efraín Huerta

                              I

Te repito que descubrí el silencio
aquella lenta tarde de tu nombre mordido,
carbonizado y vivo
en la gran llama de oro de tus diecinueve años.

Mi amor se desligó de las auroras
para entregarse todo a su murmullo,
a tu cristal murmullo de madera blanca incendiada.

Es una herida de alfiler sobre los labios tu recuerdo,
y hoy escribí leyendas de tu vida
sobre la superficie tierna de una manzana.

Y mientras todo eso,
mis impulsos permanecen inquietos,
esperando que se abra una ventana para seguirte
o estrellarse en el cemento doloroso de las banquetas.
Pero de las montañas viene un ruido tan frío
que recordar es muerte y es agonía el sueño.

Y el silencio se aparta, temeroso
del cielo sin estrellas,
de la prisa de nuestras bocas
y de las camelias y claveles desfallecidos.

                              II

Expliquemos al viento nuestros besos.
Piensa que el alba nos entiende:
ella sabe lo bien que saboreamos
el rumor a limones de sus ojos,
el agua blanca de sus brazos.

¡Parece que los dientes rasgan trozos de nieve.
El frío es grande y siempre adolescente.
El frío, el frío: ausencia sin olvido.)

Cantemos a las flores cerradas,
a las mujeres sin senos
y a los niños que no miran la luna.
Cantemos sin mirarnos.

Mienten aquellos pájaros y esas cornisas.
Nosotros no nos amamos ya.
Realmente nunca nos amamos.

Llegamos con el deseo y seguimos con él.
Estamos en el ruido del alba,
en el umbral de la sabiduría,
en el seno de la locura.

Dos columnas en el atrio
donde mendigan las pasiones.
Perduramos, gozamos simplemente.

Expliquemos al viento nuestros besos
y el amargo sentido de lo que cantamos.

No es el amor de fuego ni de mármol.

El amor es la piedad que nos tenemos.

Indicio – Rubén Márquez

Mi boca besó de ti la tarde
aquello de humedad fundida
que tienen las horas transcurriendo entre tu falda.

Siempre fuiste aquel momento
ese silencio escondido tras la brisa
ese dulzor que duele de tanto repetirse
como la lluvia que nos cambia.

Mis besos estuvieron tan presentes          
que tocaron tu presencia y abrigaron tu partida
dejando huellas de humedad que se evapora.

Pero hoy el viento se escabulle
es un oleaje que te toca
un indicio
una mirada del tiempo que regresa.

 

Expectación – Amado Nervo

Siento que algo solemne va a llegar a mi vida.
¿Es acaso la muerte? ¿Por ventura el amor?
Palidece mi rostro, mi alma está conmovida,
y sacude mis miembros un sagrado temblor.

Siento que algo sublime va a encarnar en mi barro
en el mísero barro de mi pobre existir.
Una chispa celeste brotará del guijarro,
y la púrpura augusta va el harapo a teñir.

Siento que algo solemne se aproxima, y me hallo
todo trémulo; mi alma de pavor llena está.
Que se cumpla el destino, que Dios dicte su fallo,
para oír la palabra que el abismo dirá.