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Canción apasionada – Xavier Villaurrutia

COMO la primavera, ponía
en cada espíritu un azoro;
en su sonrisa desleía
la miel del ansia que encendía
en un relámpago sonoro.

Y como la noche, callaba,
y en el silencio azul y fuerte
de sus pupilas, concentraba
un temblor mayor que la muerte…

Su voz era mansa y cercana;
tenía brillos de manzana.
Y mi fervor asiduo ardía
en su carne como una llama
que ningún soplo inclinaría.

¡Qué fiel el zumo que su boca
exprimió en la mía temblorosa!
Su calor en mi alma coloca
reminiscente y roja rosa.

¡Qué firme apego el de sus brazos!
Lo siente ahora el desamor
en que se inundan mis ribazos
y en que se calla mi clamor…

Parábola del semáforo – Joaquín Antonio Peñalosa

en aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos
no he visto nada tan hermoso después de las estrellas
como un semáforo
la llama roja congelando las sandalias
la llama amarilla precaviendo el semáforo del ojo
la llama verde poniendo en marcha el bosque de los báculos
para el diluvio de las máquinas
repetid en cada esquina el arcoíris
y no emprendáis camino
sin alzar el candelabro de las tres pupilas.

Arroyo – Tomás Segovia

En la prisa de su ímpetu tiránico
No oye nada el arroyo
Desde el foso sin bordes de su propio fragor
Desde aquí arriba
Se ve el tropel de espaldas líquidas
Sin cesar arrojándose
Con la monótona constancia
De un perpetuo desorden

Esta vehemencia se abalanza
Hacia un túnel del tiempo
Que no debiera tener término

El arroyo perpetuamente empieza
Por siempre su después es otra vez ahora

¡Ah sí! resiste
No te dejes salvar por mis palabras
No cedas uno solo de tus ansiosos rasgos
A la imagen de ti
En la que te amaré luego

Te juro que estoy mirándote
Fuera de este poema
Donde corro contigo
Abrazado a un impulso y ciego a toda meta

Queriendo que mi vida igual que tú
No sepa nunca dónde acaba el tiempo.

Lugares – Ulalume González de León

No sé donde está el árbol
que me hace estar tán lejos
ahora que se acerca

No sé si yo lo traigo
o si es él quien me lleva

Un hilo desde el fondo de su tiempo
tira de mí y me arrastra

mientras tiro de un hilo
para arrancarlo al fondo de su tiempo

Él llega -árbol entero
Yo de mí misma falto

La memoria nos cambia de lugares
sin movernos de nuestros sitios

Cuando yo digo amor – Margarita Michelena

Cuando yo digo amor
identifico
sólo una pobre imagen sostenida
por gestos falsos,
porque el amor me fue desconocido.

Cuando yo digo amor
sólo te invento
a ti, que nunca has sido.
Y cuando digo amor
abro los ojos
y sé que estoy en medio
de mis brazos vacíos.

Cuando yo digo amor
sólo me afirmo
una presencia impar
como mi almohada.
Cuando yo digo amor
olvido nombres
y redoblo vacíos y distancias.

Cuando yo digo amor
en una sala
llena de rostros fútiles
y pisadas oscuras en la alfombra.

Cuando yo digo amor
crece la noche
y mis manos encuentran
para su hambre doble y prolongada
mi pobre rostro solo
repetido por todos los rincones.

Cuando yo digo amor
todo se aleja
y me asaltan mi nombre y mis cabellos
y las hondas caricias no nacidas.

Cuando yo digo amor
soy como víctima.
La inválida en salud.
El granizo y la rosa paralelos.
La dualidad del árbol y el paseante.
La sed y el parco refrigerio.
Yo soy mi propio amor
y soy mi olvido.

Cuando yo digo amor
se me desploma
la ascensión de las venas.
Sobreviene, un otoño
de fugas y caídas
en que yo soy el centro
de un espacio vacío.

Cuándo yo digo amor
estoy sin huellas.
De porvenir desnuda
e indigente de ecos y memoria.

Cuando yo digo amor
advierto inútil
la palma de mi mano ‒que es convexa‒
e increíble
ese girar soltero
del pez en su pecera.

El otro – Rosario Castellanos

¿Por qué decir nombres de dioses, astros
espumas de un océano invisible,
polen de los jardines más remotos?
Si nos duele la vida, si cada día llega
desgarrando la entraña, si cada noche cae
convulsa, asesinada.
Si nos duele el dolor en alguien, en un hombre
al que no conocemos, pero está
presente a todas horas y es la víctima
y el enemigo y el amor y todo
lo que nos falta para ser enteros.
Nunca digas que es tuya la tiniebla,
no te bebas de un sorbo la alegría.
Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.
Lo que él respira es lo que a ti te asfixia,
lo que come es tu hambre.
Muere con la mitad más pura de tu muerte.

En una de esas tardes… – Carlos Pellicer

En una de esas tardes
sin más pintura que la de mis ojos,
te desnudé
y el viaje de mis manos y mis labios
llenó todo tu cuerpo de rocío.
Aquel mundo amanecido por la tarde,
con tantos episodios sin historias,
fue silenciosamente abanderado
y seguido por pueblos de ansiedades.
Entre tu ombligo y sus alrededores
sonreían los ojos de mis labios
y tu cadera,
esfera en dos mitades,
alegró los momentos de agonía
en que mi vida huyó para tu vida.
Estamos tan presentes,
que el pasado no cuenta sin ser visto.
No somos lo escondido;
en el torrente de la vida estamos.
Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí
toda el agua que va rumbo a tus cántaros.
Tu nombre, tu alegría…
Nadie lo sabe;
ni tú misma a solas.

River Rouge – Gilberto Owen

Cómo llega a pesar un haz de brisa
contra un río sin tacto a la cintura
a estatura de alas cómo rueda Cristóbal
a ras de todavía corazón
a mil por hora
su voz sin sueño
mi voz sin tiempo
a sueño de constelación
esa mano clava cuatro mil cuatrocientos tornillos al día
y ése escribe la ese de stop ocho mil
y esos cilindros que no han bailado en Chalma ni en
Palestina
y una mujer se enciende
duérmete al sur
duérmete duérmete niño Jesús
o es verdad el behaviorismo
y llega el frío llamado Ford
y hay la mirada fría y plana del acero
que nos unta a su espejo sin amor
y cuando salimos tenemos tres dimensiones
pero la tercera es el tiempo no más
cómo duele el haber jugado a ángeles
si ellos no juegan a ser hombres ya