Creí que era por juego por lo que se entregaba,
que ella misma era un juego hermoso y divertido,
que de verdad era mía sin pedir nada a cambio.
Lejos mi adolescencia y aquel deslumbramiento.
Ahora conozco al fin su frialdad y su orgullo,
su hastío y su miseria. Ha arrojado su máscara.
Lo que exige es mi vida, eso me pide a cambio,
mi vida en cada verso. Y no se saciará
por mucho que le ofrezca de mí mismo pues sabe
su poder sobre mí. Hasta la extenuación
querrá ser poseída y poseerme. No, no era un juego.
Aún no ventea sangre la jauría
ni la trompa resuena por el bosque
y en su temblor la corza presiente ya la herida.
Aún no me has mirado con esos ojos tuyos,
tan hermosos que duele contemplarlos,
y ya mi vida toda presiente qué locura,
qué iluso y torpe afán será quererte.
Qué atroz y exacto laberinto
de ternura, de muerte y de deseo.
Poesía de todas la épocas y nacionalidades