Tú, desde lejos, mirando
pasar lo mismo que un río
mi corazón mientras llegan
abriéndose en grandes círculos
de brazos todas las cosas
que pudieron ser testigos
sin nosotros. Tú, tan lejos,
y yo, tan cerca, te miro
como a un sueño. Tú, tan cerca,
yo, tan lejos —vives— vivo
de ti, sintiendo tus ojos
de par en par detenidos
sobre mi memoria. Lejos
estás, pero yo te sigo
teniendo cerca, sintiéndote
cerca como los latidos
de mi corazón. Y llamo
tu nombre a voces, a gritos
por el aire, que tan cerca
lleno tus ojos de olvido.
¿De dónde sacas el aire
para mover la alegría?
Todo es asombro. Las cosas
tocadas con manos limpias
permanecen inmutables
para el hombre. ¿Quién olvida
que estamos haciendo uso
de lo que no se termina
en nosotros? ¿Para nada
ha de servir la bebida
del amor? Asombro todo
porque todo nos fascina.
Esa luz que resplandece,
si es estrella o es bujía,
¿sabe más de Dios? Misterio
y asombro de las divinas
cosas que el hombre maneja.
Llevemos las manos limpias
para estrechar a los seres
que desde su ser nos miran.
Llevemos limpio el espíritu.
Sólo asombro y alegría
del corazón. Quien se esfuerce
más se cansará. Sencilla,
como la luz de la tarde,
y como la luz, tan limpia,
ha de estar el alma a punto
para atravesar la vida,
que si nos llega el asombro
y nos invade, medida
es de que estamos amando
lo que vive en la otra orilla
de uno mismo; es tropezar
de ojos con lo que respira
y que sustenta en el aire
su asombro también. Cautiva
cada cosa está, y se esfuerza
porque parezca mentira.
Deja que vibren y sueñen,
deja que sueñen y vivan.
¡Y que el asombro que daña
hoy, mañana nos redima!
Poesía de todas la épocas y nacionalidades