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La ternura – Josefina Romo Arregui

Y pensar cómo te busqué, con qué ciega esperanza
hice resonar el silencio con mi llamada;
cómo he sabido abandonar el penetrante fuego apasionado
por seguir tu sendero sencillo con musgo verde
y pájaros escondidos en sus árboles,
llegando hasta tu agua mi rostro
para aliviar las sienes agobiadas e infelices…
Ahora sé que solo eres un fugitivo temblor,
una buena mentira para acallar infantiles congojas;
que nadie puede aprisionarte, pájaro desmesurado en vuelo,
y que en la mano tu limosna no cae
más que en los sueños imposibles.
Solo es cierto el agrio sabor de la manzana verde,
de las grosellas fragantes y luminosas,
y el ácido escalofrío del membrillo duro y oloroso.
Solo es cierto el amor, áspero y fuerte, inconstante y dolorido,
que troncha el esbelto talle de los árboles jóvenes
como el viento del Sur, ardiente e impetuoso.
Solo es cierta la acongojada duda,
la irrazonable pregunta de los celos,
el encuentro de dos pleamares con distinto equinoccio,
de dos hambres que nada sacia,
de una sed diferente y conjunto que se abreva de vino áspero.
Ternura, tú no existes: es tan solo tu nombre
un ojo de agua quieta que se pierde en el llano,
un ojo gris que se estanca y se pudre.
Las nubes te visitan como mi sueño
y mis manos se llegan a tu cauce
hasta romper la dura realidad de un espejo,
de un espejo vulgar, mentira de agua clara.
Y la sed infinita va agrietando mis labios
y retuerce mis manos como secas raíces.
¡Oh, mi agua soñada de ternura!,
pequeña voz del arroyo naciente
que peinabas dichosos tréboles en tu orilla.
Nada tengo, porque no sé si te he perdido por no merecerte,
o acaso no has existido más que en mi anhelo impetuoso,
dulce ser de agua, suave espuma de nube, fugitiva ala de pájaro,
risa de niño, palabra no pronunciada,
voz que nació sin garganta del temblor de las primeras flores de almendro.
Ternura, tú.

Ser fea – Josefina Romo Arregui

Hoy he sentido todo el amargo pesar
de saber que es mi rostro casi feo, vulgar;
tal vez tú no comprendas lo hondo de la herida
no sabiendo que adoro el amor y la vida,

la belleza hecha carne de plástica asombrosa,
de suavidad de bruma y de aroma de rosa.
Por eso me he sentido encogida de pena
cuando él me decía, la mirada serena:

no eres bella, más luce sobre tu frente
la magnitud de tu alma escogida y consciente.
¡Ay! La amargura toda se ha agolpado en mi pecho
y el castillo de naipes ha quedado deshecho.

He golpeado mi cuerpo con sañuda fiereza
hasta quedar rendida de dolor y tristeza.
Por ser hermosa, hermosa, de atractivos sin cuento
diera todo este espíritu que tan solo es tormento

que me retiene en hondas meditaciones graves,
mientras las flores mecen sus contornos suaves.
¡Oh! En la Armonía Eterna de ser un triste designio
y en la bella Natura no encontrarse a sí mismo.

Por eso hoy he sentido tan amargo pesar
al saber que es mi rostro casi feo, vulgar,
y llevaré en mi alma el rastro de la herida,
en mi alma enamorada del amor y la vida.

El mar ausente del Sahara – Josefina Romo Arregui

Sí. Yo tuve un mar sobre mi arena.
Un mar grande sin límites, compacto.
La tierra de oro que abrasa soledades
estuvo henchida augusta del mar que ya no soy.

Picaban gaviotas mi cuerpo remeciente,
movíanse las naves arriba de mis olas.
Pues yo era el mar que hervía sobre la arena rubia,
la arena saturada que hoy clama por su agua.

¡Oh el mar aquí fantasma, el mar que finge el viento
desmelenando dunas al aventar mi arena!
¡Ay mar del agua espesa, la que corpórea y dura
ansían los caminantes de mi desierto blando!

¿Qué arcángeles de fuego evaporar pudieron
tanto mar que hube, llevándolo a un abismo?
Es mi arena abrasada la más sedienta boca
que gime por un agua que le bebieron dioses.

Los hombres me caminan soñándome poblado
de aquel mar que fue mío, el mar sobre el desierto.
Yo les mullo mi carne, les recibe mi arena,
y se quejan de sed junto a mi sed sin huelgo.

¡Oh gran mar de mi génesis, el mar que me escurrieron
a una zanja de llamas: cuánto pesa la arena!