De esta invernal mañana, amable y tibia,
por favor, no te vayas,
quédate sumergida en este patio
como si hubieses naufragado
dentro de nuestra vida.
Bajo el laurel, entre las aspidistras
de verdes hojas, anchas y románticas,
por favor, no te vayas, no te vayas.
Todo está preparado para ti.
Quédate, por favor, y no te vayas.
Tu fugaz triunfo sobre el nunca más,
dime si lo recuerdas: necesito
unas palabras con la clara y honda
voz de tu ausencia. Pero te recoges,
callada, en el pasado,
un lecho de tristeza fulgurante.
Así fuiste encerrándote, a lo largo de ocho meses,
en el capullo de la oscuridad,
y ahora, horrorizada por la luz,
surge aleteando la furiosa,
pálida mariposa de la muerte.
Pero, si estás muriéndote, aún vives,
y hago estallar la última alegría
de tu rostro cansado y las pequeñas
manos entre las mías. Y repito:
estar muriéndote es vivir aún.
De esta invernal mañana, amable y tibia,
por favor, no te vayas, no te vayas.
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Horarios nocturnos – Joan Margarit
Acostado a tu lado, oigo los trenes.
Cruzan mi frente sus fugaces luces
rasgando el horror tibio de esta noche.
La pausa de silencio me deja una luz roja,
una nota sobre este pentagrama
de cables y de vías oscuras y brillantes.
Acostado a tu lado,
oigo cómo se alejan con el ruido más triste.
Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos.
Quizá el último acierto
sea -abrazado a ti-
dejar pasar los trenes en la noche.
Invierno – Pere Gimferrer
Precisa cual la escarcha, noche estricta,
Árboles: alegorías del camino.
La luz, cuajada, este silencio dicta.
Mi ser todo renuncia a su destino.
La espera – Joan Margarit
Te están echando en falta tantas cosas.
Así llenan los días
instantes hechos de esperar tus manos,
de echar de menos tus pequeñas manos,
que cogieron las mías tantas veces.
Hemos de acostumbramos a tu ausencia.
Ya ha pasado un verano sin tus ojos
y el mar también habrá de acostumbrarse.
Tu calle, aún durante mucho tiempo,
esperará, delante de tu puerta,
con paciencia, tus pasos.
No se cansará nunca de esperar:
nadie sabe esperar como una calle.
Y a mí me colma esta voluntad
de que me toques y de que me mires,
de que me digas qué hago con mi vida,
mientras los días van, con lluvia o cielo azul,
organizando ya la soledad.
Muchacha rusa en el Montseny – Marià Manent
Traje florido, cara bruna y salvaje:
tu perfume campestre del viento y de la estepa
invade estas colinas y el caminito fresco
y la nube viajera.
Traje de margaritas y de estrellas de mar:
en medio de las flores tu piel morena exuda.
Claveles de pastor al azar tiemblan
en tu pierna desnuda.
Y te fundías, suave, en la paz del paisaje
ojos grises de sueños y de gusto a morir;
o huías por la senda, en tu reír-
ruiseñor triste y tórtola salvaje.
El paso del tiempo – Miquel Martí i Pol
Se hace, pues, inútil
retomar aquellos versos
que guardamos muchos años atrás
e intentar adaptarlos
al nuevo ritmo del tiempo.
Quiero decir que, en conciencia,
ya no puede decirse ahora caridad
ni amor ni libertad como entonces.
Envejecen los versos
y la voz se nos deforma
si no tratamos, tenaces, de entender
que ha cambiado el sentido
vital de las palabras.
Es una pendiente fácil
y resbaladiza, que no nos deja
crecer. Para los que luchan
siempre se hace corto el tiempo;
los otros se extasían
y protestan, airados,
contra cualquier viento que agite
el agua del pilón que los conserva.
Y se mojan entre sí,
displicentes, con las viejas
palabras. Porque el juego
consiste en sentirse
siempre húmedo, convencido, inefable.
La acacia llena de luna… – Mariá Manent
La acacia llena de luna
gime en la noche de plata.
Setiembre pasa con una
vibración de viento, larga.
Luce dispersa la bóveda
y mi aliento se recoje,
oyendo la vaga charla
entre acacia, viento y noche.
¡Ay, que mi alma lloraría
y me pesa como el barro,
frente a la noche, que avanza
toda vestida de blanco!
¿Ha sido la acacia bruna
o de mi alma un lamento?
Setiembre pasa con una
larga vibración de viento.
Primer verano sin ti – Joan Margarit
I
Acantilados de un verdoso gris,
igual que grandes hachas prehistóricas,
se hunden en el agua.
Como quien pela fruta,
la carretera ciñe una curva, y otra,
por las viejas colinas abrasadas.
El coche se detiene ante la playa
y en el retrovisor no están tus ojos.
Enfrente, blanco, La Gambina
con su letrero -HOTEL- color azul
mirando, en la azotea, hacia el mañana.
II
Estás sentada enfrente de las olas:
las nubes se amontonan sobre el pueblo,
pero tú estás de cara al horizonte,
debajo aún del cielo del pasado,
que es nuestro mejor tiempo.
El mar, la gente, las embarcaciones,
todo se está moviendo
en esta última postal de ti.
El viento ensaya ráfagas
que se llevan volando una sombrilla.
Gotas frías de lluvia sobre la piel caliente
son como la advertencia de las madres
recogiendo en los ojos la sombra del peligro
en una playa abandonada al viento.
III
Joana, ahora el temporal resbala
bajo tus pies cansados.
Te veo huir: vas con tu lentitud
cruzando la mirada de la lluvia.
De pronto ya no estás ni en casa ni en la playa,
tus retratos sonrientes
los baten tramontanas del espanto.
Muchos años clavaste tus muletas
entre cantos rodados para llegar al mar.
Bajo el puente de hierro
-te lo dirán las golondrinas muertas-
tu amado pueblo de Colera
nunca más cambiará para tus ojos.
Rondó – Pere Gimferrer
Quisiera tener un revólver para escuchar solamente
el sonido de la sangre, y saber que no moriré:
que el chasquido de las cápsulas o el fogonazo sulfúreo,
como guardado por ángeles, no arrasarán mi jardín.
Qué claridad de relámpagos cuando mis ojos se cierran.
Tan cercanas las imágenes del amor, aquí, en mi pecho,
como canto de sirenas o recuerdos de niñez.
Con paso quedo, despacio: no despertéis a las rosas.
El momento de la lluvia tras los cristales velados,
y el momento en que se escuchan tu mirada y tu sonrisa,
y el momento en que tu voz descubre cielo y planetas,
y el momento en que tu piel gime un fulgor susurrante,
y el momento en que tus labios, y tus ojos, y la lluvia…
Quisiera tener un revólver para escuchar solamente
el sonido de la sangre, y saber que no moriré.
Las claras palabras – Miquel Martí i Pol
Hay más polen en el aire que en las flores
esta tarde y cualquier certeza
depende del gesto con que la aceptemos.
Tan dulcemente como decirte algún secreto
al oído y sentir que la piel
se te enciende otra vez de deseo.
Cuando cese el viento, la noche, con lentos pasos,
nos devolverá el espacio de los sueños
casi perdido pero aún meciéndose
en los confines del cuarto.
Será entonces el momento de decir las claras
palabras tan sabidas, las mismas
palabras con que hemos compartido
por igual, quizá sin saberlo,
destinos oscuros y brillantes sorpresas.