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Satrapía – Constantino Cavafis

Qué desgracia, cuando estabas hecho
para hermosas y grandes obras,
ese destino tuyo injusto siempre
negándote el estímulo y el éxito;
que los hábitos despreciables te lo impidan,
y la indiferencia, y la desidia.
Y qué terrible el día cuando cedas
(el día en que claudiques y te rindas)
y vayas a Susa a presentarte,
a unirte al gran rey Artajerjes,
y éste graciosamente te depare un lugar en su corte,
y te ofrezca satrapías y seguridad.
Y tú aceptes sin esperanzas
todo eso que no deseabas.
Busca tu alma otras cosas, por ellas llora;
los elogios del pueblo y de los sofistas,
difícil e inestimable aplauso;
el Agora, el Teatro, la Corona.
Cómo puede Artajerjes darte todo eso,
dónde lo encontrarás en una satrapía;
y sin eso qué vida puedes llevar.

En la demente dispersión… – Giorgos Seferis

En la demente dispersión
a diestra y a siniestra por encima y abajo
revolotean las basuras.
Sutiles humos deletéreos
paralizan los miembros de los hombres.
Las almas
apresuradas a dejar el cuerpo
tienen sed y no hallan agua por ningún sitio;
fíjanse acá fíjanse allí a la ventura
pájaros atrapados en varetas;
inútilmente se debaten
tanto que no resisten más sus alas.

La región se reviene sin cesar
jarro de tierra cocida.

La hoja del álamo – Giorgos Seferis

Temblaba tanto que se la llevó el viento
temblaba tanto cómo no se la iba a llevar el viento
allá lejos
un mar
allá lejos
una isla al sol
y las manos aferradas a los remos
muriendo a la vista del puerto
y los ojos cerrados en anémonas marinas.

Temblaba tanto y tanto
la he buscado tanto y tanto
en la acequia de los eucaliptos
en primavera y en otoño
en todos los bosques desnudos
cuánto la he buscado, Dios mío.

La mesa vecina – Constantino Cavafis

No puede tener más de veintidós años.
Y sin embargo estoy seguro, hacé esos
años gocé este mismo cuerpo.

No me ciega el deseo.
Apenas he llegado a este local;
no he tenido ni tiempo de beber suficiente.
He gozado este cuerpo.

Y no recuerdo dónde —y qué más da.

Ah, pero mirándolo sentado en la mesa vecina
reconozco todos sus movimentos —y bajo su ropa
de nuevo veo los amados miembros desnudos.

Contemplé tanto – Constantino Cavafis

Contemplé tanto la belleza,
que mi visión le pertenece.

Líneas del cuerpo. Labios rojos. Sensuales miembros.
Cabellos como copiados de las estatuas griegas;
hermosos siempre, incluso despeinados,
y caídos apenas, sobre las blancas sienes.
Rostros del amor, tal como los deseaba
mi poesía... en mis noches juveniles,
en mis noches ocultas, encontradas...

Recuerda, cuerpo… – Constantino Cavafis

Recuerda, cuerpo, no tan solo cuánto te han amado
no solamente las camas en las que te acostaste,
sino también tantos deseos que por ti
hacían destellar tanto los ojos,
y que temblaban en la voz —y algún
obstáculo casual los anuló.
Ahora que todo ya al pasado pertenece,
parece como si a aquellos deseos
te hubiera entregado —qué destellos,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo.