evohé (selección) – Cristina Peri Rossi

Una mujer me baila en los oídos
palabras de la infancia
yo la escucho
mansamente la miro
la estoy mirando ceremoniosamente
y si ella dice humo
si dice pez que cogimos con la mano,
si ella dice mi padre y mi madre y mis hermanos
siento resbalar desde lo antiguo
una cosa indefinible
melaza de palabras
puesto que ella, hablando,
me ha conquistado
y me tiene así,
prendido de sus letras
de sus sílabas y consonantes
como si la hubiera penetrado,
me tiene así prendido
murmurándome cosas antiguas
cosas que he olvidado
cosas que no existieron nunca
pero ahora, al pronunciarlas,
son un hecho,
y hablándome me lleva hasta la cama
adonde yo no quisiera ir
por la dulzura de la palabra ven.


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La mojo con un verso,
y ella, húmeda de mí,
rencorosa, me da la espalda.
Le digo que prefiero las palabras,
entonces se burla de ellas con gestos obscenos.
La persigo por el cuarto
y así, desnuda y herida,
con el cuerpo lleno de señales
le tomo una fotografía.
Un día seré un escultor famoso,
y ella posará para mí,
muerta de palabras,
llena de letras como despojos.



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Por la calle, venían tantas mujeres
que no puedo pronunciarlas a todas,
en cambio, las amé una por una.

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Las mujeres vienen de lejos,
a consolar a los poetas
de la decepción de las palabras.

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Las palabras vienen desde lejos,
a consolarnos de la decepción de las mujeres.

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Los poetas aman las palabras
y las mujeres aman a los poetas
con lo cual queda demostrado
que las mujeres se aman a sí mismas.

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La palabra está sola.
El poeta         ausente.
La mujer en tinieblas.

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Las mujeres, son palabras de una lengua antigua
y olvidada.
Las palabras, son mujeres disolutas.

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Era ciego, y como la única realidad es el lenguaje,
no veía una mujer por ningún lado.

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Los ciegos no pueden amar a las mujeres
porque no ven las palabras, bajo las que ellas andan
disfrazadas.

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y húmeda de la lluvia de palabras,
en tu vientre crecen los sonidos
con que empezar
modestamente
a nombrar las cosas.

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Cuando te nombro,
y quedas anegada,
como después de la lluvia.


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Silencio.
Cuando ella abre sus piernas
que todo el mundo se calle.
Que nadie murmure
ni me venga
con cuentos ni poesías
ni historias de catástrofes
ni cataclismos
que no hay enjambre mejor
que sus cabellos
ni abertura mayor que la de sus piernas
ni bóveda que yo avizore con más respeto
ni selva tan fragante como su pubis
ni torres y catedrales más seguras.
Silencio.
Orad: ella ha abierto sus piernas.
Todo el mundo arrodillado.

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