Les agradezco estar, amanecer.
Puros, azules, limpios, asomándose
detrás de la camisa, con la sonrisa puesta,
el pájaro en su sitio, el asombro en su lugar.
Bajo sus delantales la ternura hace ruido,
y todavía creen en el aire,
en la flor, en el cielo, en los rincones.
¡Vivan! ¡Vivan los niños y su gran campana,
tocando a muerto, a hombre, cuando crecen!
Dejad entonces, ciegos, que yo vaya a los niños.