Todas las entradas por Ricardo Fernández

Aficionado a la ciencia ficción desde hace más de 40 años. Poeta ocasional y lector de poesía, novela negra, ensayo, divulgación científica, historia y ciencia ficción.

Mujer – Ángela Figuera Aymerich

¡Cuán vanamente, cuán ligeramente
me llamaron poetas, flor, perfume...!

Flor, no: florezco. Exhalo sin mudarme.
Me entregan la simiente: doy el fruto.
El agua corre en mí: no soy el agua.
Árboles de la orilla, dulcemente
los acojo y reflejo: no soy árbol.
Ave que vuela, no: seguro nido.

Cauce propicio, cálido camino
para el fluir eterno de la especie.

En Pascua resucitan las cigarras – Ernesto Cardenal

En Pascua resucitan las cigarras:
millones y millones de cigarras
que cantan y cantan todo el día
y en la noche todavía están cantando.
Sólo los machos cantan:
las hembras son mudas.
Pero no cantan para las hembras:
porque también son sordas.
Todo el bosque resuena con el canto
y sólo ellas en todo el bosque no los oyen.
¿Para quién cantan los machos?
¿Y por qué cantan tanto? ¿Y qué cantan?
Cantan como trapenses en el coro
delante de sus Salterios y sus Antifonarios
cantando el lnvitatorio de la Resurrección.
Al fin del mes el canto se hace triste,
y uno a uno van callando los cantores,
y después sólo se oyen unos cuantos,
y después ni uno. Cantaron la resurrección.

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?… – Sor Juana Inés de la Cruz

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Blancanieves jugando con el trofeo del padre(Paula Rego), 1995 – Verónica Aranda

Junto a una cabeza de venado,
se hace presente Blancanieves.
Toma el trofeo y el sillón del padre,
prueba la autoridad, se muestra indócil
con su vestido blanco de satén.
Toma la muerte expuesta, rematada
con dos ojos de vidrio,
sujeta al animal por la pala del cuerno.

Unos segundos antes del disparo,
atravesó un pomar.

Cantábile – Rosa Díaz

Busca el amante el prolongado extremo
que sostuvo a la amada. Por eso va
al escueto sugerir de sus ropas
por si llegó a quedarse.

Mas desiste y se vuelve con su dolor de hombre,
mientras que abril se quita su faca de perfumes
y va la amada dentro.

Prendedor
de abril se hizo ya la amada.

Por las quintas y por las huertas
se subió hasta la fruta madura
y sazonó las puntas de los árboles.
Bajó por los regatos
hasta el plumón primero que sacuden los pollos.

A la noche
regresará en el leve abanico del frío.

Y le abre las ventanas por si acaso pasara
con sus mil pebeteros.

Poesía – Laila Belghali

La tarde va cayendo lentamente.
El sol, sobre la mar, ensangrentado,
agónico, acabado.
De darse a todo totalmente por él
se hunde en el abismo.
Mi corazón cansado,
quemado, roto, herido mortalmente.
Después de haberte amado,
rendido y fracasado
se hunde hoy, definitivamente.
Volviste a mí porque eras y eres mía:
ya no me dejes nunca poesía.

Autorretrato – Rosa Díaz

Cruza el semáforo.
Aleja la falda y el pelo
del parabrisas de tu coche.

Tiene la lluvia
y el ejemplo fresco de sus gotas.
La arisca sensación de los felinos,
siempre en fuga: de Bach a Bach.

Ella no sabe
de la estúpida luz
del cielo de Beatrice.
Su cuerpo es la corteza
de un árbol retorcido.
Pasa de sus infiernos
a ciertos purgatorios.

Si la incitas
es una virtuosa meretriz.
Si la escuchas,
suele ser genial treinta minutos,
las otras veintitrés horas y media
se le hacen como a ti y como a todos,
normalmente vulgares.

Sabrás que se enamora fácilmente,
pero siendo educadamente sincera
miente con cierta cortesía.

Ella existe, si llega a tu pensamiento
con la fuerza del rayo
o si en él la refugias
como una enfermedad.

Lleva el rostro esculpido,
inteligentemente maquillado
y no es casualidad la desgana
con que se cuelga el bolso,
la imperfección
con la que usa la ropa
ni la mezcla medida en el perfume:
sino pura matemática.

Transita en los pasillos
de tu último sueño.

Espabila tu instinto
cuando la sientes venir
del lavadero del amanecer,
con su pájaro agüero
o su buen augur.

Es fatalista.
Imposible como una copla de posguerra.
Seguramente merecería
una antigua y arrebatadora metáfora.

Ahora llegará hasta ti
igual que un zarpazo.
Pues vigila tu espera,
la mano que llevas al bolsillo,
el gesto que guarda
la comisura de tu boca
y el perfil con el que le golpeas el corazón.

Cruza,
se acerca y le sorprende la vida,
te dice que te ama y deberías creerla.

Tierra – Susana March

No importa. No eres tú quien me daña…
Soy un puñado de tierra que pisa tu pie ligero,
algo que te sustenta y que apenas conoces,
algo que acaso nunca comprenderás del todo.

No importa. ¡No eres tú quien me daña!
Me hicieron campo de lucha para tu sangre joven
campo para morir y para erguirte
como un árbol gozoso de ti mismo.

Por todos mis caminos me recorres
hiriéndome, sangrándome…
¡No importa!
Me alimento en el daño que me haces,
¡me alimento en el daño!