Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
y por las calles voy sin nutrirme, callado,
no me sostiene el pan, el alba me desquicia,
busco el sonido líquido de tus pies en el día.
Estoy hambriento de tu risa resbalada,
de tus manos color de furioso granero,
tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
quiero comer tu piel como una intacta almendra.
Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
la nariz soberana del arrogante rostro,
quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas
y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
buscándote, buscando tu corazón caliente
como un puma en la soledad de Quitratúe.
¡Si tienes sed, Adán, abrévate de mi boca! ¡Ten fe y obra el milagro! ¡Mis besos serán buenos como el agua que un día brotara de la roca y como la que el Hijo de humildes nazarenos,
que será, de amar tanto, Dios mismo, cambie en vino! ¡Si tienes hambre, toma: mi corazón es vianda! ¡Mis ojos son antorcha de luz en tu camino! ¡Y el camino soy yo! —¡Oh, bebe y come y anda!
¡En mis débiles brazos está tu fortaleza, por mí lo serás todo y triunfarás en todo; por mí tus ojos pueden descubrir la belleza,
tus pasos echar alas, tu suavidad ser fuerte!... Yo soy quien te completa, ¡mortal! ¡Desde que el lodo Se llenó del aliento de Dios contra la muerte!
¿Quién rompió las doradas vidrieras
del crepúsculo? ¡Oh cielo descubierto,
de montes, mares, vientos, parameras
y un santoral de par en par abierto!
Tres arcángeles van por las praderas
con la Virgen marina al blanco puerto
del pescado; ayunando, entre las fieras,
se disecan los Padres del desierto.
El Santo Labrador peina la tierra;
Santa Cecilia pulsa los pinares,
y el perro de San Roque, por el río,
corre tras la paloma de la sierra,
para glorificarla en los altares,
bajo la luz de este soneto mío.
¿Quién manchó, quién rasgó mis sábanas de lino? donde esperé morir —¡Oh, mis lienzos castos! De mi exiguo jardín los girasoles altos ¿Quién los arrancó y los echó al camino?
¿Quién rompió (¡qué furor cruel y simiesco!) la mesa donde ceno —tabla tosca de pino? ¿Y esparció la leña? ¿Y derramó mi vino? —De mi viña el vino acidulado y fresco...
De tu sepultura, no te levantes pobre madre mía, mira la noche, mira el viento. La casa nueva ardía y el fuego de mis huesos va a extinguirse en breve.
No vengas más al lar. No vagabundees más. Alma de mi madre... no andes ya en la nieve mendigando de noche a las puertas de los demás.
Todo en ti me conturba y todo en ti me engaña, desde tu boca, donde la pasión se adivina que empurpura los pétalos de esa rosa felina, hasta la rubia movilidad de tu pestaña.
Todo en ti me es adverso, tu sonrisa me daña como un hechizo, y en tu plática divina por un campo de flores la falacia camina fríamente cual una ponzoñosa alimaña.
Con tu rostro de mártir eres una venganza. Tus manecitas estrangularon mi esperanza, y es tu flor un euforbio semioculto entre tules.
Tu lámpara alimentan alas de mariposa, arda en ella este verso que me inspiró tu prosa: ¡eres una mentira con los ojos azules!
Fuera vara de nardo, si no fuera
mástil, felicidad, sin par badajo,
dedo de luz divina, ¡qué carajo!
que tan sólo en ausencia sabe a tuera.
Nadie ignore su don, ninguna muera
ajena a las delicias del colgajo,
que en mostrando su afán no habrá destajo
ni hospitalario hogar pondrá barrera.
¡Danzad doncellas junto al palo santo!
Vuestra frente inclinad ante el icono
que izará desigual con vuestro abono.
Pues sólo así sabrá animarse tanto,
rendid honores, gusto, pleitesía,
hasta que os dé tributo en ambrosía.
¡Pobre Satán!, botado del escaño
del trono del Señor de las mercedes,
tú que ablandar con lágrimas no puedes
el temple diamantino de tu daño.
Que no puedes llorar. Satán huraño,
preso del miedo único en las redes,
del miedo á la verdad, a que no cedes
¡pobre Satán, padre del desengaño!
A vivir condenado sin remedio
contigo mismo sin descanso lidias
y buscando olvidarte y para el tedio
matar es que la vida con insidias
nos rodeas, teniéndola en asedio
mientras el ser mortal nos envidias.
(25 de marzo)
Todo el aire es caricia,
pluma, polen, canción, y, mientras vuela,
igual fecunda ramos
que se inflama de abejas.
Todo lo que ha de ser jugoso y dulce
como un niño de dios o una promesa
primero es soplo que la carne halaga,
primero es flor que la mirada incendia.