Archivo de la categoría: Poesia argentina

Dulce tortura – Alfonsina Storni

POLVO de oro en tus manos fué mi melancolía;
Sobre tus manos largas desparramé mi vida;
Mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
Ahora soy un ánfora de perfumes vacía.

Cuánta dulce tortura quietamente sufrida,
Cuando, picada el alma de tristeza sombría,
Sabedora de engaños, me pasaba los días
¡Besando las dos manos que me ajaban la vida!

Capricho – Alfonsina Storni

ESCRÚTAME los ojos, sorpréndeme la boca,
Sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
Dame a beber, el malvado veneno
Que te moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
De por qué lloré tanto en la noche pasada;
Las mujeres lloramos sin saber, porque sí:
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
Un mar un poco torpe, ligeramente estulto,
Que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
Y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes, amado, lo debes sospechar:
En la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
Un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
Nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
Decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
Movilidad absurda de inconsciente coqueta.
Deseamos y gustamos la miel de cada copa
Y en el cerebro habernos un poquito de estopa.

Bien; no, no me preguntes, Torpeza de mujer,
Capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría... ¿No ves qué tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame esa rosa.

Dime – Alfonsina Storni

DIME al oído la palabra dulce;
Camoatí zumbador,
Las letras que se asomen a tus labios
Han de oler a malvón,
Y empacarán insectos en el rojo
Panal del corazón.
Dime al oído la palabra tenue,
Gasa, bruma, vapor...
Fineza de sus signos como leves
Alas de mariposa en la tensión
Del vuelo recto. Peligrosa tela
Urdida en los telares del amor.
Ay, que en los finos hilos de la malla,
Puede morir sin aire el corazón.
Dime al oído de palabras todas
La palabra mejor.
Si puedes, que se escurra de los labios
Modulada sin voz.
Música, de tu boca a mis oídos
Todas palabras son.
Música que adormece bajo el fino,
Rubio vellón,
De los cabellos de la primavera:
Gracia y olor.

Poema de amor desesperado – Silvina Ocampo

Todas, todas las tardes con su fases,
alucinantes y ceremoniosas,
con sus reinos de nubes ingeniosas
lejos de tu presencia son falaces
y fatuas y espantosas.

Las vi con pena, pero atentamente,
como en las galerías, mal pintadas,
se ven sobre las telas arrumbadas,
las guirnaldas, las frutas y la fuente
con flores nacaradas.

Las vi en la circular paz de las plazas
donde los árboles escrupulosos
elevan sus follajes venturosos
ocultando en los muros de las casas
balcones tenebrosos.

En vano las he visto y demasiado
a través del cristal enrojecido
de las ventanas, o en un desvalido
jardín entre las rejas olvidado
como un niño perdido;

debajo de los plátanos dorados
las vi aspirando en la fragancia pura
del follaje esa insólita amargura
que sólo han de sentir los desterrados
con igual desventura.

Cuando elevan los vientos sus murallas
nocturnas en el agua azul del mar,
yo las he visto en vano iluminar
con esplendores largos, en las playas,
la arena sublunar;

las vi en la levedad de las espumas,
en los acantilados donde velan,
en las piedras, palomas que revelan
el mar, el aire, el cielo, hechos de plumas,
trémulas, cuando vuelan.

Mientras pensaba en dónde vagarías
contemplando las mismas deslumbrantes
virtudes de la tarde, suplicantes,
rutilaban vedadas lejanías
para mí en sus diamantes.

Las vi en los cielos de oro perdurables
con nubes que pendían como flecos
purpúreos entre rocas o en los huecos
donde nace en reflejos memorables
la hermana voz del eco.

En sus rosados y altos frontispicios
los cupidos, los leones, las sirenas
dieron formas de sueños a mis penas
en las molduras de los edificios
que creí ver apenas.

Podría dibujarlas una a una
con sus volutas de humo alambicados
en largos arrabales alumbradas
por el fulgor naciente de la luna,
con ramas abrazadas.

Como en los libros más arrobadores
de la infancia, en que todos los objetos
conservan en las láminas secretos
que atesora el amor —con los colores
de algunos alfabetos—,

grabados por tu ausencia en mi memoria
están la esfinge, el quiosco verde, el puente,
el terreno baldío en la pendiente,
la rosa, cualquier rosa invocatoria,
y la estatua obsecuente.

En los senderos grises del invierno
están las plantas del jardín botánico
donde canta un zorzal dulce y tiránico
que podría agravar cualquier infierno
con su canto mecánico.

Están en las anchas márgenes del río
con suaves y patéticas neblinas,
como en un marco de oro las glicinas,
en la desolación del caserío
final de las esquinas;

en el boscaje, oculta está la flor—
cuyo nombre jamás he conocido—
esa flor que el silencio ha conmovido
y que satura el aire de frescor.
¡Oh tardes que no olvido!

Tardes en que las calles habituales
llenas de vanidad y de banderas
tiznan de hollín las plácidas palmeras
y el cielo que se mira en los claustrales
patios con sus higueras.

Tardes en que la música es palpable
como una joya de oro entre las manos,
o un jazmín o el teclado de los pianos
o el agua donde el sol dibuja un sable
de luz en los veranos.

Tardes en que mi oscuro corazón,
al sentir mis tristezas tan ajenas,
se helaba de congoja entre mis venas
viendo la impura representación
lejana de mis penas.

Cuánta felicidad me prometieron,
cuántos milagros mientras he esperado
que retornen estando yo a tu lado
no vanas mas hermosas como fueron
en mi amor conjurado.

Vida – Alfonsina Storni

MIS nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta a mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas
que de donar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuando escancio en su trova de hechicera.

Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera.

El talismán – Claudia Masin

Los ojos de los que estamos continuamente al borde de la caída
o del tropiezo, no saben despegarse de la tierra. De qué sirve
una belleza material que no pueda tomarse entre las manos
como una piedra y ser llevada siempre encima del cuerpo
igual que esos objetos insignificantes
que un niño acarrea consigo donde vaya, y que lo hunden
en el terror o el desconcierto si se pierden.
No hay belleza para mí en las cosas
que no pueden volverse talismán contra las fuerzas
del desamparo o de la pena, y ninguna palabra podría hacer eso,
sólo la presencia física de lo que fue elegido por un amor oscuro,
cuyas leyes desconocemos, para preservar nuestra vida intacta
entre todos los peligros y accidentes que la acechan, a pesar
de que es ella, esa presencia amada, el peligro mayor,
porque no puede protegernos de su pérdida.

Días contra el ensueño – Alejandra Pizarnik

No querer blancos rodando
en planta movible.
No querer voces robando
semillosas arqueada aéreas.
No querer vivir mil oxígenos
nimias cruzadas al cielo.
No querer trasladar mi curva
sin encerar la hoja actual.
No querer vencer al imán
la alpargata se deshilacha.
No querer tocar abstractos
llegar a mi último pelo marrón.
No querer vencer colas blandas
los árboles sitúan las hojas.
No querer traer sin caos
portátiles vocablos.

Claro fue nuestro amor; y al fresco halago… – Leopoldo Lugones

Claro fue nuestro amor; y al fresco halago
plenilunar, con música indecisa,
el arco vagaroso de la brisa
trémulas cuerdas despertó en el lago.

En la evidencia de sin par fortuna,
dieron senda de luz a mis afanes
tus ojos de pasión, ojos sultanes,
ojos que amaban húmedos de luna.

Con dorado de joya nunca vista,
tu mirada agravaba su desmayo.
y removía su ascua en aquel rayo
la inquietud de león de mi conquista.