La niebla cayó sobre el lago,
tus ojos grises se llenaron de sombras
al ver pasar una canoa blanca,
el remero de pie,
sentadas en silencio dos siluetas lánguidas.
Ignoro si el amor huyó esa tarde
temeroso del cielo y sus presagios,
o tal vez fue el alarido de ese pájaro.
Tardó la luna en asomarse.
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Istmo de Tehuantepec – Irene Selser
Insaciable es tu amor al filo de la aurora,
la barba amanecida en cantinas
de voz aguardentosa,
los ojos embriagados de mezcal y tequila.
A un paso del adiós decidí amarte,
salió a pastar mi cuerpo en la cima de tu hombría.
Excomulgada y sucia, dejé hacer a tus manos
navegantes sin rumbo.
Cansancio – Oliverio Girondo
Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo bazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.
Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.
Cansado.
¡Sí!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.
Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.
Pasiones terrestres – Enrique Molina
A Vahine
(pintada por Gauguin)
Negra Vahíne,
tu oscura trenza hacia tus pechos tibios
baja con su perfume de amapolas,
con su tallo que nutre la luz fosforescente,
y miras melancólica cómo el clima te cubre
de antiguas hojas, cuyo rey es sólo
un soplo de la estación dormida en medio del viento,
donde yaces ahora, inmóvil como el cielo,
mientras sostienes una flor sin nombre,
un testimonio de la desamparada primavera en que moras.
¿Conservará la sombra de tus labios
el beso de Gauguin, como una terca gota de salmuera
corroyendo hasta el fondo de tu infierno
la inocencia -el obstinado y ciego afán de tu ser-;
ya errante en la centella de los muertos,
lejana criatura del océano...?
¿Dónde labra tu tumba
el ácido marino?
Oh Vahíne, ¿dónde existes
ya sólo como piedra sobre arenas azules,
como techo de paja batido por el trópico,
como una fruta, un cántaro, una seta
que pueblan los espíritus del fuego, picada por los pájaros,
pura en la antología de la muerte...?
No una guirnalda de sonrisas,
no un espejuelo de melosas luces,
sino una ley furiosa, una radiante ofensa al peso de los días
era lo que él buscaba, junto a tu piel,
junto a tus chatas fuentes de madera,
entre los grandes árboles,
cuando la soledad, la rebeldía,
azuzaban en su alma
la apasionada fuga de las cosas.
Porque ¿qué ansía un hombre
sino sobrepujar una costumbre llena de polvo y tedio?
Ahora, Vahíne, me contemplas sola,
a través de una niebla azotada por el vuelo de tantas invisibles
aves muertas.
Y oyes mi vida que a tus pies se esparce
como una ola, un término de espumas
extrañamente lejos de tu orilla.
Voces – Juan Gelman
eugenio triste era un
triste que a veces preguntaba
si solamente era verdad
la lejanía el cierto olvido
más cierta la hoja seca que
el brote nuevo preguntaba
eugenio el harto mi reDiós
de tanta técnica o científica
o máquinas que nunca le
devolvieron la mujer muerta
de su mujer nacían números
otros abstractos sin calor
color olor o simple vida
a modo de ruido insolente
o gran saliva en el amor
o equivocadas dolorosas
las dos distancias que se ataban
o ardían sin cuidar el arte
del rizo o raso sobre el labio
sin cuidar fuegos como lujos
ah camarada en la tristeza
linda podrida del revés
le subían exactitudes
planetas ya vacíos como
los vestidos sin cuerpo donde
amarilleaban los aromas
los encuentros los desencuentros
que hubo o hubieron como hubiesen
o celebrando la pasión
o las porfías espantosas
eh camarada triste triste
eh triste eugenio raro es
el mundo el barro el río el tiempo
que te dio vuelta el rostro para
que te miraras el través
la espalda que latía bajo
el diente que le hincaron y
agujeritos como perros
que no respetan dioses se
cubren de dorados ungüentos
¿también a usted lo preocupaba
el rigor mortis conturbat me
a manera de perfección
de grande pájaro en su luz
quieto en innúmeras regiones
del corazón acomodado
mientras rumores en la noche
crecían como desamparos
y se desceñían los mirtos
que lo honraban especialmente?
ah caballadas del pesar
lo galoparon o dejándole
un gran polvo en la boca o
una verdad como una furia
o sea como una tristeza
le taparon el ojo del
alma como se dice y un
tajo hondo le dejaron donde
pasa volando el amor de oro
¡oh niño tierno ciego no!
con eugenio hicieron un vuelo
que buscaba una amiga dulce
para dormir para dormir
de las que ven la luz del sol
no tienen doble la salud
y fluyen como ríos como
los animales en su pico
gallos que anuncian la mañana
también para el silencio hay
una recompensa sin riesgo
¿cuándo levantarás un palo
con tu pedazo ya mitad
en los cajones de la cielo
y no apagando nunca lámparas
como cenizas triste triste
y de las manos te salieran
toda la ausencia como miel
la dolor como suave pájaro
la sufrimiento como mundo
y el adverbio con yerba encima?
así quisieron verte eugenio
los insectos alados que
por los caminos más oscuros
las algas viejas las ballenas
las dos maneras de la mar
los matrimonios instantáneos
buscan comer vírgenes suaves
goletas delirantes antes
de convertirse en sus retratos
como espectros los más humanos
ah pobres de la tierra nunca
terminarían de pagar
himnos que hacen brillar al sol
como bandidos que vigilan
viejos tesoros escondidos
puros terribles como plantas
curanderas del corazón
para el eugenio triste triste
al que jamás le devolvieron
la esposa muerta muerta muerta
ojos orejas para quién
boca nariz hacia qué carne
y así el eugenio se encerró
como rodeado de injusticias
se le caían astros antiguos
que él no iba a levantar
y una silencio lo envolvió
que lo hizo hablar por una vez
sin saber quién lo trajo o
como empezando su defensa
cuando sus palabras se hundieron
en la tierra que lo esperó
aún tuvo tiempo de mirar
la luz que le subía del pecho
afirmando que todo es muerte
afirmando que todo es vida
como una última mujer
o esposa con la que bajara
ya libres de escaleras por
lo que come a buenos y a malos
¿Y tú? – Alfonsina Storni
SÍ, yo me muevo, vivo, me equivoco;
Agua que corre y se entremezcla, siento
El vértigo feroz del movimiento:
Huelo las selvas, tierra nueva toco.
Sí, yo me muevo, voy buscando acaso
Soles, auroras, tempestad y olvido.
¿Qué haces allí misérrimo y pulido?
Eres la piedra a cuyo lado paso.
El mar – Jorge Luis Borges
El mar. El joven mar. El mar de Ulises
y el de aquel otro Ulises que la gente
del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar. El mar de grises
olas de Erico el Rojo, alto en su proa,
y el de aquel caballero que escribía
a la vez la epopeya y la elegía
de su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra
cantó a lo largo de su larga historia,
el arduo mar que ensangrentó de gloria
en el diario ejercicio de la guerra.
El incesante mar que en la serena
mañana surca la infinita arena.
Otra vez cúpulas en el poema, otra vez la ciudad… – Paulina Vinderman
Otra vez cúpulas en el poema, otra vez la ciudad.
Las travesías se volvieron copias
de ciudades tocadas sólo por supervivencia,
para regresar a la mía.
Como si ella contuviera todos los números, los secretos,
las pasiones del mundo.
Alguna vez una calle me devuelve el desierto
y cuando oscurece,
las sombras de las bolsas de basura
son instalaciones de museo, que sólo puedo ver
cuando mi memoria agotada olvida el mar, aquellas grúas
detrás de las cercas, la mujer del turbante azul que
me vendió la caja mágica y la oportunidad
de atesorar mis miedos como mariposas atrapadas
en la belleza de su oro.
Hay que aprender la asfixia como se aprende un idioma.
Nadie llorará por la ausencia de las alas contra el cielo.
Palabras de Caín- Silvina Ocampo
He visto morir pájaros en el sol que apresura
la muerte de las hojas, morir plantas enormes,
y en la pequeña muerte de mundos multiformes
he visto la apariencia de la verdad futura.
Con un dolor celoso, con un brillo sediento,
ya me escoltan los buitres, ya contemplan mis ojos
la sangre ineludible entre los pastos rojos
y esta insólita sangre hace llorar el viento.
Yo no elegí a mi hermano, yo no elegí esta senda.
Logré con esta piedra que mi hermano muriera
pero con él no ha muerto lo que en mí desespera.
¡Dios agresivo y cruel, declinaste mi ofrenda!
Sobre el follaje lloran incestuosos amores.
¡Por qué tienen memoria el canto de tus aves
y por qué esas memorias tienen acentos graves!
¡Ah, por qué me conturba la dicha de las flores,
el gusto de la lluvia y el puñado de tierra,
y por qué me conturba la calma de la tarde,
el calor de la piedra después del día que arde!
Jehová, tu espacio pérfido como un antro me encierra.
En la colina oscura mi madre se lamenta
del cielo sobre el agua que en barro se diluye
y la majada pálida que entre las hierbas huye
lleva el color del polvo y de su mano atenta.
Con invisibles armas Jehová solo ha matado
las bestias y los árboles con su soplo divino,
infligiendo su amor injusto, adamantino.
No ve mi sacrificio, ni mi amor desolado.
En el espacio estrecho me persigue la vida,
todavía no ha muerto Abel muerto en el suelo.
Nítidamente he visto su ojo azul en el cielo
con una extraña luz de amor indefinida.
Los caballos me temen, se afligen a mi lado
y la sombra feliz de las plantas me deja
quemaduras ardientes en mi frente y se aleja
hostilmente de mí todo lo que he admirado.
Más fuerte que mis fuerzas es esta penitencia:
me persigue en la noche y el día oscurecido
la voz divina y trémula de un Dios enfurecido.
La soledad no existe, y si existe la ausencia
sólo es la mutación persiguiendo mi vida
de estos campos borrosos, de este sol que asegura
la muerte de la rosa, que pudre el agua pura
y la ternura hipócrita de Abel que no me olvida.
Siento crecer la inmóvil tristeza en mis cabellos,
y en mi cara, en el frío, el ardor del verano.
Como una incierta fruta que devora un gusano
siento en mi pecho ansioso un horrible destello.
El reproche ha vedado en mí el remordimiento
alejando el fulgor dulce de la confianza,
ha destruido el pudor de mi desesperanza.
No puedo ya vivir sin él: es mi sustento.
Mora ya en mis futuros hijos, en mis amores,
en la irascible llama del ansia que no apaga
la implacable agresión de la palabra vaga,
en la fidelidad del trigo, en los alcores.
Mora ya en la sustancia del agua, en las cisternas,
en la brisa callada que por las tardes pasa
detrás de las montañas y a las ramas enlaza,
mora ya en el color de aquella órbita eterna.
Ciudades – Juan Gelman
Así, ternura de Lisboa en medio del espanto.
El mundo está nublado, menos aquí
donde se adensa la tristeza del mundo.
¿Tanta luz dejó el ángel que vuela
hacia la suspensión de la infancia
en el hueco de un canario dormido?
La lengua vive en la boca
calcinada por la curva del sol.
Junto al río o tajo que habla con la ciudad
hay algo de lejano implacable
en que pase lo que no pasa.
¿Cómo se ata lo que soy para mí
con lo que no soy para mí?
Aquí me cansa la muerte, que no tiene nada adentro,
y por mi cuarto se pasea uno que usa mi pasado.
Ah, transparencia mecida por
la huella de animal
que busca lo encontrado. Decires
que velan lo que muestran. Lenta
felicidad de calles contagiadas
de lo que no se espera.